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Eduardo Escobar

Cuento de Navidad

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En una entrevista para la televisión con el ex Rolling Stones Ron Wood, Paul McCartney recordó a su amigo John Lennon, un diciembre, en Liverpool, donde debieron conocerse por la gracia de Dios. Allí, Paul contó algo que quizás usted no sabía. Lennon era uno de esos miopes extremos que nadie comprende cómo sobreviven en el abigarramiento del mundo: era ciego como un murciélago. Ciego como un murciélago, fue la tierna expresión que usó Paul, entrecerrando los ojos para acentuarla.

Eran dos jóvenes apasionados por la música que más tarde se atreverían a declararse más famosos que Jesucristo, aunque ya Charlie Chaplin había tenido la osadía de decirlo. Lennon usaba entonces unas gafas de carey que le daban un cierto aire de desamparo. Unas gafas muy semejantes, según creo, a las que llevaba el subnormal de Clark Kent, el novio de Luisa Lane, cuando no le entraban los arrebatos de Supermán. Y que jamás le vimos puestas sobre la recta nariz anglosajona porque, coqueto e inseguro como fue, las evitaba, sobre todo cuando había muchachas cerca.

Cuando ya lo abrumaban la gloria, los honores cortesanos y los ceros a la derecha del saldo bancario, Lennon se dejó fotografiar con anteojos. Pero no con los horribles que soportó de mala gana cuando era un pobre rutinario como Clark Kent. Sino con unos quevedos livianos, de tungsteno, oro o plata, que le concedieron el aspecto de un intelectual trotskista de última generación.

Los dos escribían canciones en casa de Paul mientras los demás dormían en Inglaterra, la reina, los caballos de la reina y el primer ministro. Ensayaban acordes, hacían arreglos de las canciones que habían oído sus padres, parodias magistrales. Contó Paul. Y cuando los cogía el sueño, John regresaba a su hogar bajo el cielo helado, en esta época del año sobre todo, con sus anteojos de lechuza. A esas horas no esperaba encontrar muchachas en el camino pidiéndole un beso inolvidable y efímero, un autógrafo en el soporte de un seno rosa o una flor verbal en un álbum empastado en ubre de vaca. Aún no lo merecía. Era apenas un muchacho con unos pocos sueños más bien modestos. Que preocupaba a su familia porque no trabajaba. No vas a ganarte la vida con la guitarra, le reprochaban con angustia.

Como a veces nos sucede a los miopes, una noche John olvidó las antiparras en casa de su amigo. Y deshizo el camino en las sombras, a tientas, orientándose por el olor del mar o ayudado por la fuerza del hábito. Pero como Liverpool no era la Bogotá de Petro, el poeta no perdió la vida en una alcantarilla sin tapa ni paró en las antípodas por un hueco del pavimento ni fue atracado por un niño borracho de pegante, y al llegar a su casa llamó a Paul para confirmarle que había llegado bien, y prometerle que se verían al otro día para seguir la tarea de apaciguar con melodías la soberbia cacofonía del mundo y contarle algo muy raro que había visto.

Cuando se encontraron al día siguiente, John le preguntó. A qué horas dejé tu casa anoche, Paul. Y este respondió: pasada la una, según creo. Y John dijo. Y fíjate que a tales horas y con ese frío, esos chicos vecinos tuyos, tan extraños, estaban jugando cartas en el porche, tan abstraídos que no contestaron mi saludo.

Y Paul lo tomó del brazo, lo llevó al porche de sus vecinos, le devolvió las gafas descuidadas y dijo sonriendo: Mira bien, brother. No son unos chicos jugando cartas. Es un pesebre. Estamos en Navidad. Esos jugadores que viste son María y José inclinados sobre el Niño. Y John montó sus lentes de Clark Kent y se sintió ridículo y le hizo prometer a Paul, quién sabe, que no le contaría a nadie la historia mientras él viviera. Paul debió pensar: no te preocupes, muchacho. Eres ciego como un murciélago. Pero no sordo.

Feliz Navidad.