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Eduardo Mayobre

Cuento de Navidad

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Cuando los revolucionarios antigomecistas que venían desde Danzig, Polonia, desembarcaron en Cumaná el 11 de agosto de 1929 el combate duró muy poco tiempo. Casi enseguida murieron en los extremos opuestos del puente que atraviesa al río Manzanares, por impacto de balas enemigas, el jefe de la insurrección, Román Delgado Chalbaud, y el presidente del estado y jefe de las fuerzas gubernamentales, general Emilio Fernández. Al día siguiente, las fuerzas terrestres revolucionarias, comandadas por el civil cumanés Pedro Elías Aristeguieta tomaron la ciudad. Pero no pudieron resistir ante el avance de los refuerzos gubernamentales y Aristeguieta murió en la retirada. Al acontecimiento, que la mayoría de los venezolanos conoce como la “invasión del Falke”, los cumaneses de entonces lo llamaban la “guerra de Pedro Elías”.

Para reemplazar al general Fernández como presidente del estado Sucre, el general Gómez nombró a Antonio Alamo, civil, hombre conciliador, abogado, historiador y político, quien había sido presidente del Congreso Nacional y ministro de Fomento. Al llegar a Cumaná el doctor Alamo encontró que a la señorita María Josefa Aristeguieta le tenían un policía en la puerta de su casa, por ser hermana de los revolucionarios Pedro Elías y Francisco de Paula, el último de los cuales huía de las fuerzas del gobierno. Inmediatamente mandó a quitar al policía. Agradecida, María Josefa, quien ayudaba a los insurgentes, fue a visitar a la señora Iginia Bartolomé de Alamo. Se hicieron amigas.

Pasado el tiempo, con la muerte del general Juan Vicente Gómez, los Alamo cayeron en desgracia. Y en 1936 la señora Alamo y sus hijos más pequeños fueron a refugiarse en Caracas en la casa de una hermana de María Josefa Aristeguieta, donde también ella vivía. Por sus consejos pasaron el exilio en Costa Rica, donde ella, Pedro Elías y la mamá de ambos habían vivido el exilio de Gómez. Incluso les recomendó a una amiga costarricense que acogió a la familia. La historia me la contó la escritora Alicia Alamo, hija del ex gobernador de Cumaná, quien concluye: “Eran otros tiempos. No se había perdido la bonhomía ni había los odios de ahora”.

Buena lección para esta Navidad. El respeto mutuo y el reconocimiento son capaces de superar los odios de quienes anteponen los intereses económicos, políticos o ideológicos a la simple compasión de encontrarse ante otro ser humano. El perdón, pieza crucial del cristianismo, es superior a los gritos de guerra y a las demandas de eficiencia capitalista o revolucionaria que incendian los odios y atizan los rencores.

Antes de la invasión del Falke un terrible terremoto había asolado Cumaná a principios del mismo año 29. La casa de mis abuelos fue destruida. En ella murió Julieta Lares, prima de mi padre. A mi tío Ramón Augusto Mayobre lo dieron por muerto. Pero una dama que pasaba, María Josefa Aristeguieta, se compadeció del adolescente, le sacó la tierra de la boca y descubrió que respiraba. Salvó su vida.

El círculo virtuoso de decencia que encierran las historias anteriores nos señalan que es posible escapar de los círculos viciosos de odios y enfrentamientos en los cuales pretenden hundirnos quienes ahora nos gobiernan. Aun dentro de la tremenda dictadura de Juan Vicente Gómez era posible por parte de un alto funcionario de gobierno el respeto y decoro. Como lo demostró Antonio Alamo en su relación con María Josefa Aristeguieta. Y como ella correspondió protegiendo a la familia del presidente del estado cuando cayó en desgracia.

Esa amistad, simplemente humana, entre adversarios es lo que ahora nos hace falta. El cultivo del odio, hasta ahora casi inocuo, puede conducir a asesinatos y genocidios como los que asolaron el Cono Sur del continente durante la segunda mitad del siglo XX. Una actitud decente como la de Antonio Alamo pudiera evitar tal desenlace.