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Raúl Fuentes

Cuéntennos una de vaqueros

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En La decadencia de la mentira, texto en forma de diálogo más bien breve, pero lo suficientemente extenso para ser apreciado como su más significativa contribución a la crítica estética y comprender por qué el autor escandalizaba a sus contemporáneos, Oscar Wilde se pasea por las relaciones entre el arte y la naturaleza, entre creación y existencia para poner de cabeza el aristotélico concepto de mímesis que postula la imitación de la naturaleza como fin esencial del arte, y colegir que –las mayúsculas son del autor o del traductor– “la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida”. Y hemos elegido esta afirmación, con lo mucho de provocación y paradoja que contiene, porque, a partir de un amable comentario que nos hiciese llegar Luis Betancourt Oteyza en relación con nuestra afición al cine, y tratándose de un escritor cuya vida y obra han sido versionadas para la gran pantalla en incontables oportunidades, pensamos que se trata de un apropiado punto de partida para tratar de explicar que esa cinefilia obedece a que, probablemente, el nuestro se ha convertido en un país de película o de comiquitas.

Pensemos en quien se las echa de presidente y en su pinta de Juan Charrasqueado con pretensiones de bailarín en la onda de Resortes; comparemos los desvaríos lingüísticos de los representantes catapultados al Capitolio por el dedo de quien parece mandar desde ultratumba –como en una cinta de terror–  con los geniales disparates de Cantinflas en Si yo fuera diputado; detengámonos en la rutinaria monotonía de las comparsas rojas a sueldo que, como los muertos vivientes de la producciones de George Romero, se mueven sin orden ni concierto para hacer bulto en actos oficiales; repasemos, en fin, esos hechos y circunstancias para darnos cuenta de que si no vivimos en un film en blanco y negro de la serie B, entonces lo estaríamos haciendo en uno de esos cómics con ideología subyacente, al estilo de Anita la huerfanita o Terry y los piratas que engrosaban –cuando había acceso al papel– las ediciones dominicales de los periódicos.

Admirado por Orson Wells, Charles Chaplin y John Steinbeck, quien no solo era un fanático de su trabajo sino que llegó a sostener que se trataba del mejor escritor del mundo y, por ello, en 1953 propuso que se le concediera el Premio Nobel de Literatura, Al Capp –para muchos el mejor historietista de todos los tiempos– creó, hacia 1934, una memorable tira cómica llamada L’il Abner (Chiquito Abner); en ella, entre variados caracteres, destacaba por surrealista la figura de Joe Bflspk quien, sin importar dónde se encontrase ni qué estuviese haciendo, estaba condenado a cargar sobre su cabeza una nube desde la cual caían continuamente lluvias y relámpagos. Así, como este muñequito de apellido impronunciable, podemos imaginar al mascarón que los militares han emplazado en la proa gubernamental para navegar, quién sabe hasta cuándo, en la política nacional, asumiendo papeles abiertamente contrarios al orden constitucional; Maduro, amenazado invariablemente por su atroz tormenta particular, porfiando sísificamente por un reconocimiento y una legitimidad inalcanzables y tratando de impedir –con el diálogo como cortafuego– que el fragor de las protestas se expanda hasta alcanzar proporciones apocalípticas, es irrefutable prueba de que la razón asistía al autor de La importancia de llamarse Ernesto.

Algunos realizadores cinematográficos hacen que sus personajes salgan de las pantallas para interactuar con espectadores de ficción, como en La rosa púrpura de El Cairo (Woody Allen, 1985) o El último gran héroe (John McTiernan, 1993), y hacernos sentir que el séptimo arte es una metarrealidad donde todo es posible, incluso materializar héroes y evaporar villanos; de modo inverso, el señor que duerme como un bebé sueña que las manifestaciones que lo desbordan no son más que una diversión fugaz que cesará cuando se enciendan las luces del cine (si es que hay electricidad). Entre tanto, espera ansioso el desenlace de una trama que lo implica, pero de la cual no participa –o finge que lo hace distanciándose, a modo brechtiano, de su papel– y se pregunta a quién ha de culpabilizar por el estancamiento de unas conversaciones aconsejadas por estrategas cubanos para ganar tiempo a ver qué vaina inventamos, oye tú, y nos recuperamos. Y hete aquí que, mientras esto escribo, se reanudan conversaciones donde no están todos los que son, la rebeldía se mantiene en ebullición, el Ejecutivo intenta “definir 11 motores productivos para la economía” que, cuando comiencen a roncar, seguramente desembocaran en otro Dakazo, y, como quien no quiere la cosa, los legisladores oficialistas discuten una Ley Orgánica de Ordenación y Gestión del Territorio que contempla la subordinación de gobernaciones y alcaldías al poder comunal… ¿qué tal si, en vez de tanta cómica, nos cuentan una de vaqueros? 

 rfuentesx@gmail.com