¿Cuánta verdad se puede soportar?
16 de agosto 2012 - 19:23
Se reconoce una tiranía por su afán monumental. Por su empeño en marcar la memoria con piedra y concreto, y por su inclinación a representarse hiperbólicamente, es decir, mediante grandes números, grandes hazañas, grandes transformaciones.
Tiene hambre de grandeza porque proviene de la carencia imaginada. Pero no por imaginada es menos sentida. Y lo mismo se puede decir de su propia imagen gigantesca: se convierte en la verdad dentro de la cual todos debemos vivir.
Es obvio que la repetición incansable de los grandes números, de los millones, de lo masivo, funciona como un tejido de verdades aplastantes para los que quieren creerlas, o sea, los que han decidido vivir en esa versión de la realidad. A lo que voy es que hay un deseo de creer y una satisfacción en hacerlo. Realmente, lo que destilan los medios del Gobierno es un único mensaje: "Cree".
Y lo que vives todos los días, esa vida polvorienta de colas, de distribuciones mezquinas, de degradación diaria cuando agarras el Metro, cuando llegas a tu casa sin agua, cuando no consigues la medicina que necesitas, cuando tu mundo de relaciones se ha reducido al cálculo de cómo sacar provecho del otro o evitar que otro te quite lo tuyo, te quite la vida, esa indefensión, eso sobre lo cual se desliza tu existencia, no es la verdad.
Porque en la medida en que la verdad se vuelve aquella cosa monumental, incontable, innumerable, inconmensurable, la vida de todos los días se hace más microscópica e insoportable, pero sobre todo, más inverosímil. Se hace ficción, como un cuento cruel que se repite día a día. Y se vuelve también más incontrolable.
Se rompe esa premisa básica de la autonomía que tiene que ver con la certeza de que uno es agente de su propia vida. En el relato faraónico ya no hay esa convicción; la vida de uno es una función de las decisiones de otro. De un Gran Otro. Entonces lo que está en juego entre nosotros es el monopolio de la verdad. Cada vez que el candidato de la unidad democrática rompe ese telón siniestro del gran escenario, mostrando los tenebrosos bastidores que aquel oculta, la reacción faraónica es la misma: "¡Mentiras. Engaños. Ilusiones!", mientras multiplica las mentiras, los engaños y las ilusiones en cadena nacional.
La "verdad" es una complicidad basada en un pacto indigno que degrada los derechos y el bienestar a una mercancía de ciegas lealtades. Como en la historia del rey desnudo, sólo que en este caso los espectadores aceptan la desnudez para no ver la propia. Y hay algo cierto: una vez roto el velo no se puede remendar.
Cuando se restablece la ponderación de las cosas y la vida de cada uno adquiere frente a sus ojos la densidad que tiene, licuando el cinismo que yace en la ecuación "yo te doy, luego eres", los números colosales, las cuentas exorbitantes, las genuflexiones de agradecimiento, las identidades vacías que se han repartido a sangre y fuego para dividir a este país, todo eso queda atrás. Se transforma en un recuerdo que seguirá cambiando.
Habrá nostálgicos; habrá, sin duda, cínicos recalcitrantes y cenáculos para continuar en la adoración perpetua de lo que nunca fue. Pero habrá sobre todo una versión compartida de la realidad, en la que las pirámides y los retratos y los hospitales y las medallas olímpicas son eso mismo y no emanaciones del poder.

