• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Crueles placeres

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Así el DRAE define “cruel”: “Que se deleita en hacer sufrir o se complace en los padecimientos ajenos”. Una dirigente estudiantil de San Cristóbal declara en privado: “Una muchacha que estaba con nosotras y es hija de un guardia, al principio decía que, bueno, era su papá y estaba cumpliendo su deber aunque ella no estaba de acuerdo. Un día él llamó a la esposa la cual tenía puesto el altavoz del teléfono. La muchacha escuchó. Él le decía: que no, que agarré a un estudiante y vieras, eso le di palo y vieras todo lo que le hice. Ese día a la muchacha la botaron de su casa porque ella habló con su papá y le dijo: ¿Sabe qué? Una cosa es que cumpla con su deber y otra cosa es que disfrutes lo que estás haciendo. Eso es lo peor”. Esa joven había entendido en qué consiste la crueldad.

El Che Guevara en conocida carta a su padre: “Descubrí que realmente me gusta matar”.

Hemos visto en videos, oído en grabaciones y leído en la prensa, manifestaciones de una repulsiva mezcla de saña y placer en agentes de los cuerpos de seguridad del Estado al reprimir manifestaciones tanto contra estudiantes como contra ciudadanos comunes, niños, adolescentes, adultos y ancianos, incluso discapacitados y autistas.

En múltiples ocasiones, los testigos de un crimen cometido por malandros han comentado: “Matan por placer”, “lo hacen por gusto”, “disfrutan matando”. La literatura, el cine y una diversidad de medios nos han descrito con finura, detalle y precisión la personalidad y la conducta refinadamente criminal de una gran variedad de personajes. La psicología y la psiquiatría por su parte han estudiado con seriedad científica al psicópata sádico que encuentra el mayor placer en hacer sufrir a sus víctimas. Nosotros, en el Centro de Investigaciones Populares, hemos llegado también a la conclusión de que varios de nuestros sujetos de estudio, los delincuentes violentos que hemos definido como estructurales, llegan al disfrute del placer en cometer el crimen cuando ya están de lleno en lo que ellos llaman “la vía”, o la inmersión en el camino del delito homicida como destino irreversible. Sin duda, para la gran mayoría de las personas, semejante disfrute resulta incomprensible, es más, impensable, por muy bien que sea ilustrado en la pantalla o descrito en la novela. Es quizás el punto más extremo de la degradación humana.

No hace falta, sin embargo, ser un psicópata redomado, para caer en bajezas similares si se dan ciertas situaciones. Cuando una fuerte tensión producida por la acumulación excesiva de una rabia incontenible logra descargarse contra la persona o personas que la causan, habrá una sensación de placer en la descarga. Será la descarga lo placentero, no necesariamente el sufrimiento del otro. Otra cosa es la fruición en: “Lo que le hice”. No es de extrañar que algo semejante esté presente en situaciones de conflicto prolongado cuando la violencia es estimulada por mensajes de la autoridad, devaluación sistemática del otro descrito con rasgos inhumanos y la posesión de armas con las cuales se descarga al mismo tiempo el proyectil y la rabia. ¿Se está convirtiendo a nuestros guardias en malandros comunes?

Alguno ha confesado que al salir a la calle les hacen ingerir una pastilla “para que tengan energía”. ¿Anfetaminas? ¿Un estimulante más duro aún? Les dan también un número determinado de cartuchos todos los cuales tienen que detonar. ¿De ahí la profusión de heridos? Algunos dicen que los disparan al aire para no herir. Sea dicho en su honor. No todos los soldados, se sabe, disparan en una guerra. Por eso se les dio siempre coñac u otro alcohol.

¿Degradarán hasta el fondo al venezolano por la revolución?

ciporama@gmail.com