• Caracas (Venezuela)

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José Valor Oquendo

Crónica de un trámite “sencillo”

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7:00 am: Ya tengo casi 30 minutos en la cola. Ninguna de las personas que hacen la cola conmigo me da respuestas sobre el horario de trabajo en el cual funciona la oficina del mejor conocido como Saime (Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería en Venezuela). Presumo que es porque la mayoría de las personas tiene tanto sueño como yo y les encantaría dedicar el tiempo que están perdiendo ahorita a otras actividades más importantes y relevantes para sus vidas, como, no sé, dormir. Sospecho de entrada que este no va a ser el trámite “sencillo” que suponía que iba a pasar por palabras de familiares que habían insistido en la sencillez del proceso, y empiezo a entender que me hicieron la broma que le hago a todo el que me pregunta mi opinión acerca de una película mala; siempre digo que es excelente y que la recomiendo a ojos cerrados, provocando que la persona me llame con toda la rabia del mundo a exigir las dos horas que perdió en semejante tortura visual. Me quedo allí, esperando, esperando y esperando... Mirando a los carros que pasan, sorteando de nuevo al tipo que alquila los banquitos para sentarse mientras se espera, que es parte del equipo de trabajo del centro de copiado que queda justo en frente de la sede de pasaportes y a su vez vende chucherías, cepillados, tiene un habla pegado (que por lo general es usado por la gente que se le olvidó un requisito y necesitan que se los lleven de inmediato antes de que se le pase el turno) y además te verifica que los requisitos estén en orden en una suerte de predespacho antes de enfrentarte con la maraña de burocracia que todos los días se forma con la intención de hacerte sentir mal en un buen día. Señor, señora, le advierto, usted se va a sentir mal. Se lo prometo. Usted pudiera decirle ese día que se ganó una herencia de una tía que usted estaba esperando que se muriera por rancia, y ellos van a lograr quitarle la alegría. No crea que soy pesimista, vaya y diríjase a cualquier oficina donde estas personas son reyes, príncipes o lo que sea y comprobará lo que le estoy diciendo.

9:00 am: Ya llevo casi 2 horas en la cola y por más que la mañana haya sido fresca (con fresca me refiero a unos 4.000 grados bajo sombra, típica de Maracaibo) ya el calor empieza a pegar. La incomodidad del silencio absoluto en toda la mañana ha hecho que algunas personas se quiebren bajo la presión y empiezan a hablar con las personas que tienen delante o detrás. Se van formando minigrupos en toda la cola que se vuelven amigos del momento y por ese día únicamente. He comprobado que solamente son amigos ese día porque en otras oportunidades me he encontrado a la gente que han hecho colas conmigo haciendo algún trámite donde se pierde todo el día y no me reconocen. Y yo se los he dicho: “Pana, soy yo, el que te cuidó el puesto mientras ibas a orinar 40 veces haciendo la cola en el Inces” y la respuesta que he obtenido es como preguntarle a Winston Vallenilla por su tiempo en RCTV; no se acordaban de esa época porque la borraron de su memoria. Los minigrupos que se forman en la cola tienen entre sus funciones cuidar el puesto del que va al baño, comprobarse entre unos y otros que todos los requisitos están en las carpetas y el orden correcto, identificar cuál es el que llega coleao porque conoce a alguien dentro de la oficina que le hace los trámites mientras los demás hacemos cola, etc. Algunas veces estos minigrupos tienen a alguien que usa un celular como equipo de sonido durante todo el día o personas que prueban todas las delicateses que ofrece la cola: frituras, donas, café, termos de té, mango con adobo, ustedes saben, cosas nutritivas. La desesperación me empieza a agobiar y me uno a estos grupos ante el temor de quedar solo durante el resto del tiempo que esté en la cola y tenga que recurrir al teléfono para sentirme acompañado en la soledad. Esa decisión nunca la tomen. El que recurre al teléfono no solo se expone a la delincuencia, sino a que los funcionarios que trabajan en la oficina lo tilden de sifrino con el resentimiento que los caracteriza. También ocurre que los teléfonos inteligentes son la mejor invención que ha hecho el hombre, con la excepción de que 90% de la batería dura menos de lo que dura el último 10%, así que usted se va a quedar expuesto, sin teléfono y sin hablar con nadie. Además, usted no es Bocaranda. No hay viejitas esperando que usted tire un tubazo por el Twitter, así que déjese de eso y sucumba a los grupos, es mi recomendación.

11:00 am: La cola ha avanzado dos metros. Por algún motivo, desde el último paso que dimos todos quedamos más pegados los unos con los otros. La ansiedad de salir de un trámite donde se ha perdido la mañana sobrepasa las ganas de seguir haciendo la cola y creemos que estando más pegados los unos de los otros le va a hacer la idea al empleado público de que ya le queda poco trabajo antes de que suelte el sello que maneja con recelo y vaya a su casa. Hemos quedado tan pegados que fui a sacarme una estampilla del bolsillo y saqué la partida de nacimiento de la señora que tengo al lado. Estamos más cerca de la puerta, pero esta fue tomada por un funcionario del Saime que con actitud de “bouncer” de discoteca la controla como si fuéramos a entrar a ver a Beyoncé. Él es el primer chequeo de documentos. Revisa que todo está bien pero a la señora que viene detrás de mí (parte de mi grupo) le faltó una foto tipo carnet. Afortunadamente, el dueño de la fotocopiadora/ cepillaero/ vendedor de chucerías/ chequeador de documentos/ dueño del habla pegado ha traído una webcam donde toma fotos y las imprime para la dicha de toda la población que asiste día a día allí. El tipo me deja entrar. En el camino me ilusiono con todas las cosas buenas que están por venir una vez que cruce la puerta: dicha, felicidad, comodidad, televisor pantalla plana con un Directv para cada uno de los que entra, jugos, té, agua, aire acondicionado. Bromeo un poco conmigo mismo y digo que eso no va a ser así, que por favor me olvide de la pantalla plana por lo menos. La realidad es totalmente otra, como me lo debí esperar: un ventilador que chilla, moscas, una señora que coletea el piso cuando la cola está más incómoda, pero que no limpia, y una silla. ¡Una silla! No importa que no tuviese lo demás, ¡tengo una silla! ¡Qué dicha! ¡Qué felicidad! ¡Después de casi seis horas parado, al fin! Lanzo un comentario cuando me siento en esa pequeña silla diseñada para mucho menos peso que el mío: “¡Ya sé cómo se siente un militar en una cadena!”, y luego me doy cuenta de que estoy en el Saime, donde muy probablemente los funcionarios no comulguen conmigo, o quizás sí, pero en secreto.

1:00 pm: Hora del almuerzo. No tengo mucho qué contar de esta hora, puesto que todos esperamos pacientemente a que los funcionarios terminen sus viandas para que nos sigan atendiendo. Algunas personas abandonan la cola luego de que se corre el rumor de que en el supermercado cercano llegó la leche, la harina y la mantequilla, o como les llamo yo: la Pinta, la Niña y la Santa María. Me veo tentado por algunos segundos a dejar la cola pero luego desecho esa tentación justificando en mi cabeza mi accionar. (Me tomo el café negro, me como la arepa con harina integral y la unto con salsa de tomate y mayonesa). No me gusta mucho la idea, pero no voy a perder la cola. Obviamente, me quedo cuidándole el puesto a la señora de la foto pero con la advertencia que todos hemos lanzado alguna vez: “Si la llaman y no está, voy a pasar yo”.

2:30 pm: ¡Por fin me llaman! Una mujer me hace señas y me invita a sentarme en el banquito de su puesto. Es una mujer que desafía las leyes de la física: está sentada en una silla donde su cuerpo dejó de caber hace tiempo, con una cascada de pelo marrón con amarillo que cubre su visión y teclea con unas uñas de por lo menos ocho centímetros en cada dedo. Cuando le digo mi nombre, apellido, número de cédula y demás datos presumo que su incomodidad va a hacer que anote cualquier otra cosa que jamás le dicté, pero no, escribe todo correctamente, y allí es donde entiendo por qué no la han botado. Es buena en su trabajo. Yo con la mitad de esos impedimentos hubiese renunciado seguro. Me atiende con desgano y con apatía, pero con mis chistes de cola y volviéndome cómplice de su situación, me quejo de la gente que no trae los requisitos completos y atrasan toda el trabajo de los demás. O sea, por un breve instante me vuelvo un empleado público. Ella sonríe y le falta un diente en señal de simpatía con lo que le digo. Qué bonito paisaje. Acelero la conversación y le entrego todo lo que llevo en la carpeta, que es la misma de Cadivi, del Seniat, de bomberos, de lo que sea. Revisa todo y me da la orden de que me tome la foto en, sí, una webcam, igual a la que toma las fotos afuera, pero plastificada en tirro de todos los colores para sostenerla y evitar sus intentos de suicidio anteriores donde ella misma se tiró por voluntad propia del paral magullado que la sostiene, pero no logró dañarse por completo. Me toma la foto, salgo con el cuello de la camisa torcido pero no importa, lo que importa es el pasaporte. Firmo y me imprimen alguna hoja que muy pronto perderé porque es mi costumbre. Me explican que se tarda entre dos y cinco semanas en llegar y que puedo estar pendiente en la página web del procedimiento para tener una idea de cuándo lo puedo buscar. Son las 4:00 pm.

De salida me cruzo con el “bouncer” de la entrada y se me ocurre preguntarle de nuevo por la rapidez del pasaporte y me dice que efectivamente se tarda entre dos y cinco semanas en llegar, pero que si le doy algo, me puede llegar antes. De lo contrario, tendré que hacer la cola del otro lado para buscarlo cuando llegue. Y yo le respondí: “¿Qué? ¿Tú estás loco? ¿Y perderme de la aventura que es hacer un trámite sencillo en Venezuela? ¡Jamás! ¡En otro país tú tienes que pagar para vivir experiencias como esta! ¡Aquí las vives de gratis! ¡Nos vemos en dos o cinco semanas, compadre!”.