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Esteban Tomic

Crónica peregrina

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Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano que vivió el exilio, afirmó en alguna ocasión: “Yo no soy planta para tener raíces”…

Pues bien, a diferencia de Cabrera Infante, creo que los seres humanos sí echamos raíces en el terruño que nos vio nacer y crecer, y que cuando nos arrancan súbitamente del mismo dejamos raíces al aire.

Pero esa exposición de raíces desnudas, y el dolor consiguiente, hacen, en ocasiones, que la persona crezca y sea capaz de logros que tal vez en su tierra natal jamás hubiese soñado alcanzar.

Esta es la historia de Chileno, un exiliado de esa nacionalidad que llegó a Venezuela en busca de refugio, al igual que miles de sus compatriotas, con 32 años, en 1975, y que contribuyó  a introducir un cultivo, la palma africana o palma aceitera, que hoy es de primera importancia en la economía de ese país.

Chileno, abogado, sin conocimientos de agronomía, fue contratado por una empresa italiana especializada en desarrollos agrícolas para ayudarla a obtener un contrato de asesoría en Venezuela. El contrato se obtuvo, y durante cinco años Chileno pudo tomar conocimiento de la institucionalidad encargada del sector agrícola venezolano, tanto a nivel central, como estadual. Conoció, asimismo, la mentalidad venezolana, pueblo cordial, despreocupado del mañana, y muy desconfiado, rasgo que es propio del mestizaje latinoamericano. 

Terminado el vínculo con los italianos, Chileno quedó “en el mercado”, y en breve lapso fue contactado por una empresa brasilera, Cotia Trading, de Sao Paulo, que quería instalarse en Venezuela para fomentar un cultivo, la palma africana (elaeis guineensis), la oleaginosa de mayor productividad del mundo.

Los dueños de Cotia Trading eran ganaderos y “traders”, y tenían conocimientos tan sólo  marginales del cultivo de la palma aceitera, aunque poseían plantaciones en Brasil. La asistencia técnica especializada la obtenían de la empresa holandesa HVA (Handels Verein Amsterdam), que sí disponía de especialistas y una larga experiencia en la materia. Holanda, potencia colonial, a lo largo de un par de siglos había introducido estos cultivos en Malasia e Indonesia. Empresas holandesas mantenían desde entonces una posición dominante en el mercado mundial del aceite de palma.

El propósito de Cotia Trading era introducir en Venezuela el cultivo de la palma africana para, al cabo de unos años, cuando las primeras plantaciones hubiesen entrado en producción, vender la industria procesadora de origen brasilero. Para ello, creó una empresa ad hoc que se llamó Cotia Venezuela. 

En resumen, los brasileros pretendían hacer negocio de “trading” en un plazo de 5 a 7 años, que era la época en que se estimaba que madurarían las primeras plantaciones.

La tarea de Chileno, en su capacidad de buen conocedor del medio venezolano relacionado con la agricultura, consistía en “vender” la idea, en lo posible a alguna Corporación de Desarrollo, que eran entes estatales de carácter regional, verdaderos motores de la incipiente producción agrícola en la Venezuela de aquellos años.

Para ubicarnos en el contexto, en aquellos años Venezuela se ufanaba de tener una paridad fija entre el dólar y el bolívar: 4.30 bolívares por dólar. Con el correr de los años, como también ocurrió en Chile cuando el cambio se fijó en 39 pesos por dólar, el dólar se transformó en una mercancía muy barata. Se suponía que los dólares nunca faltarían, porque para eso estaba la producción de petróleo que se estimaba inagotable. Por tal razón, convenía mucho más importar todo, desde los alimentos hasta la maquinaria pesada, en lugar de producir internamente.

De hecho, aunque parezca increíble, Asograsas, la asociación de los industriales venezolanos de esta rama productiva, se oponía a la introducción en el país de esta oleaginosa, pues su negocio principal consistía en importar aceite crudo para refinarlo en el país. Esto mismo hacía que, fuera del sector público, no hubiese interlocutores interesados en introducir este nuevo cultivo.

La tarea de Chileno consistiría, pues, en presentar la idea ante órganos estatales demostrar la conveniencia regional y también nacional de que el Estado se hiciese cargo del fomento de un bien tan básico de la canasta familiar y, finalmente, conseguir un contrato para Cotia Venezuela.

Dos escenarios enfrentó  para llevar a cabo su tarea y con dos interlocutores diferentes. Corporiente y su Presidente, Adel Mohamad, hombre de unos 35 años, afable, resuelto, competente. Corpoandes y el suyo, el abogado Fabio Méndez Moncada, de unos 55 años, formal, severo, de trato seco y distante.

Le fue bien: las dos corporaciones de desarrollo, Corporiente, con sede en Cumaná, y Corpoandes, con sede en San Cristóbal, aceptaron financiar sendas experiencias piloto del cultivo.

Ambas Corporaciones disponían de condiciones aptas para el cultivo de la palma africana: terrenos planos, con alta radiación solar y un abundante régimen pluviométrico (al menos 1.800 milímetros anuales).

Corporiente escogió una localidad llamada Caripito para llevar a cabo la experiencia. Corpoandes hizo lo propio con un terreno ubicado en el estado Apure, en la ribera del río Arauca, por donde pasa la frontera entre Venezuela y Colombia.

Aunque pertenecen al mismo país, las regiones de Oriente y de los Andes presentan grandes diferencias entre sí. La primera es ribereña del mar Caribe, con un alto porcentaje de población afroamericana, lo que se refleja en el característico modo de hablar de los habitantes de la costa. La región andina, en cambio, está lejos del mar y es vecina de Colombia, lo que se refleja en un español bien pronunciado y muy castizo. Los costeños, en Venezuela, son alegres y gozadores de la vida. Los andinos, en cambio, tienen fama de autoritarios y resueltos. Baste decir que, durante buena parte del siglo XX, políticos andinos  gobernaron Venezuela, entre ellos dictadores de oscura reputación, como Cipriano Castro (1899-1908) y Juan Vicente Gómez (1908-1935).

Chileno había contado en su tarea con la ayuda de Robert Bronkhorst, ingeniero agrónomo de HVA, holandés de 48 años, curtido en el complejo mester de elaborar ofertas y presentarlas ante las autoridades de gobierno en diferentes latitudes.

También contó con el apoyo de Euclides Ojeda, un ingeniero agrónomo venezolano, especialista en oleaginosas, que trabajaba para el Ministerio de Agricultura y Cría.

Ambas Corporaciones se encargarían de todos los preparativos agronómicos: despejar el terreno para instalar los previveros, entrenar al personal obrero, comprar las bolsas de polietileno donde se plantarían las semillas, todo lo cual estaba descrito detalladamente en las instrucciones dadas por Bronkhorst.

Cotia Venezuela  tenía, por su parte, que comprar las semillas en su lugar de origen, Costa de Marfil, y hacerlas llegar tanto a Caripito como a la ribera del Arauca en el plazo previsto en el cronograma que había dejado Bronkhorst antes de regresar a Holanda.

Esta última era una tarea particularmente delicada, pues las semillas tenían que ser llevadas a su destino y plantadas en las bolsitas antes de que transcurrieran 48 horas de su arribo por vía aérea al aeropuerto de Maiquetía.

Todo marchaba bien, Gustavo González, un guajiro de baja estatura, piel tostada, voz profunda y voluntad de hierro, respondía que los obreros de Corporiente harían todo lo necesario para recibir las semillas en tiempo y forma. Su experiencia también sería aprovechada más adelante por Corpoandes.

A Chileno lo atormentaba la idea de que los sacos con semillas no pudiesen ser retirados a tiempo del aeropuerto, problema que podría presentarse, dada la lentitud de la burocracia encargada de la recepción y despacho de las mercaderías. Pero Euclides Ojeda acudió en su ayuda con un consejo muy original: “Los caballos de carrera tampoco pueden quedar muchas horas retenidos. Y son muchos los que se importan en el año. Conozco un agente de aduana portugués, especialista en caballos, que puede ayudarte a pasar las semillas de palma rápidamente por la aduana”.

Tal cual: Chileno y Euclides se apersonaron muy temprano en las oficinas del portugués, próximas a la aduana, y éste se las arregló para que en pocas horas las semillas ya estuviesen desaduanadas y listas para partir a su destino.

Así fue como, en una acción coordinada, ambas Corporaciones de Desarrollo pudieron iniciar la introducción de este cultivo en Venezuela, donde hasta entonces existía solo una antigua plantación muy pequeña, llamada Bananera, de 700 ha, y de escaso rendimiento, ubicada en el estado Yaracuy.

A partir de entonces,  la preocupación fue que las semillas fuesen plantadas correctamente en bolsitas de polietileno que habían sido previamente rellenadas con tierra preparada, y luego colocadas en hileras, protegidas de la luz del sol. Al cabo de un par de meses, cuando despuntasen las primeras hojitas verdes, habría llegado el momento indicado para pasar de la fase de previvero a la de vivero.

Chileno, asesorado por Euclides y desde Holanda por Bronkhorst, mantenía contacto con las dos Corporaciones, ubicadas a considerable distancia de la capital, realizando en ocasiones visitas a  terreno.

Todo marchaba bien, hasta que el día 2 de febrero de 1982, Chileno, que en el intertanto había sido promovido a gerente general de Cotia Venezuela, recibió desde Sao Paulo la llamada telefónica de un alto ejecutivo de la casa matriz:

“Llamo para informarte que nuestra sucursal de Venezuela ha sido cerrada... ¡ayer!”.

¿Qué había ocurrido? Cotia Trading y HVA, ambas de gran tamaño y con negocios en diferentes partes del mundo, habían tenido un brutal desacuerdo por un negocio en Nigeria, a consecuencia de lo cual los brasileros decidieron cortar abruptamente toda relación con sus consultores holandeses en cualquier parte del mundo.

En Venezuela, el único negocio era la palma africana. Los responsables de la casa matriz consideraban que, sin la asistencia técnica de los holandeses, no tenía sentido seguir presentes en dicho país.

A Chileno le aseguraron que no tenía de qué preocuparse, que recibiría un arreglo suficiente.

Chileno protestó y argumentó, sin resultado: la decisión había sido tomada por el directorio de Cotia Trading. Ante una negativa tan cerrada, Chileno le comunicó a su interlocutor telefónico que viajaría al día siguiente a Sao Paulo para entrevistarse con Paulo Brito, el dueño de la empresa. El tema era demasiado urgente y grave, pues dos Corporaciones de Desarrollo venezolanas habían confiado en su palabra y, a través suyo, en Cotia Trading. Los proyectos pilotos ya estaban en marcha, los dineros presupuestados y en parte gastados, y no se les podía comunicar intempestivamente a dichas Corporaciones que todo quedaba en nada.

No bien arribó a Sao Paulo, un viernes a mediodía, Chileno se dirigió a las oficinas de Cotia Trading que ocupaban varios pisos de un edificio céntrico. Allí lo esperaban sus amigos brasileros Ricardo Montoro, Toni Tilkian y Sergio Nascimento, con quienes había compartido, ora en Venezuela, ora en Holanda, durante la fase preparatoria del proyecto.

Conformaban una camada de jóvenes ejecutivos, menores de cuarenta, inteligentes, simpáticos y, sobre todo, eficientes. Estaban informados de la decisión del directorio y eran pesimistas en cuanto a la posibilidad de revertirla, pero no se oponían a la idea de Chileno de entrevistarse con Paulo Brito. La confirmación no se hizo esperar: Paulo Brito recibiría a Chileno el domingo a mediodía en su residencia.

No es preciso describir  Sao Paulo. Su perfil de urbe repleta de rascacielos, de gente y de actividad es ampliamente conocido. Por lo mismo, Chileno se sorprendió, al llegar el domingo a la dirección indicada, de que Paulo Brito viviese en una casona rodeada de un gran jardín. Al tocar el timbre salió a abrir la reja un mozo de chaqueta blanca y botones  dorados. ¡Esta no era una casa, era una “villa” italiana en medio de Sao Paulo!

El mozo lo llevó a un amplio living donde, sobre finos muebles de caoba, se veían retratos de niños rubios en marcos de plata. Le sirvió un café.

Poco más tarde ingresó al living Paulo Brito.

Era un hombre de unos 34 años, de estatura mediana, moreno de tez, de pelo muy negro, delgado. Vestido a la usanza de los facendeiros, de blanco y con camisa sin cuello, emanaba de él una sensación de poder y formalidad a la vez.

“¿Qué te trae por acá?”, dijo cortésmente, abriendo el diálogo.

Chileno explicó sucintamente a lo que venía, y Paulo Brito explicó: “Lo que HVA nos ha hecho en Nigeria afecta el nombre de nuestra familia. Sin el apoyo técnico de HVA no hubiésemos decidido incursionar en Venezuela. Faltándonos este apoyo, hemos decidido retirarnos de ese país”.

Chileno creyó descubrir en esas palabras un argumento que le podía servir para su causa: “Paulo, también mi nombre está en juego. Tome en cuenta que he visitado personalmente a dos Corporaciones de Desarrollo y que, luego de intensas negociaciones, nos ganamos su confianza y aprobaron los proyectos que les presentamos. ¿Con qué cara les puedo decir que abandonamos todo porque Cotia Trading se peleó con HVA por un desacuerdo en África?”.

Paulo observó atentamente a Chileno, y replicó: “¿Tu nombre en juego?” y, tras una pequeña pausa: “Mañana vamos a ver el tema en el directorio”. Dicho esto, lo acompañó a la puerta.

Brasil, no hay que olvidarlo, fue imperio hasta fines del siglo XIX, rasgo que ha quedado en el ADN de su clase dirigente.

Por cierto, al día siguiente –lunes– la decisión del directorio de Cotia Trading fue que se mantenía el cierre de la filial venezolana. En todo esto no había otro nombre en juego que el de la familia Brito.

Chileno había cometido el error de creer que su argumento iba a ser tomado en cuenta en el seno de ese Directorio, donde aún había resonancias de la época imperial.

Ese mismo día le fueron entregadas instrucciones para proceder al cierre de la oficina en Caracas, junto con el cheque de sus prestaciones de desahucio. Lo que seguramente su interlocutor no esperaba, fue la pregunta que le formuló Chileno, con el cheque de sus prestaciones en la mano: “¿Cuánto me cuesta un ingeniero agrónomo vuestro por un mes?”. Hechas las consultas internas, apareció la cifra y también el nombre del ingeniero: Paulo Camarero.

Chileno procedió a pagar ese honorario anticipadamente, tomó pasajes aéreos para Paulo Camarero, y partió con él al día siguiente rumbo a Caracas.

Una sola condición pusieron los brasileros: que Chileno operase, a partir de ese momento, con una figura legal distinta de Cotia Venezuela. Así lo hizo: regresando a Caracas, fundó la empresa CV Agro (un acrónimo de Cotia Venezuela), mantuvo las oficinas de la Avenida Libertador, y confirmó en su puesto a la excelente secretaria de origen catalán, Adela.

Una etapa completamente nueva había comenzado. El importe del desahucio recibido tendría que financiarla inicialmente.

Lo primero era asegurarse de que ambos previveros no sufriesen menoscabo. Para ello, Camarero era fundamental. Era un agrónomo joven, que había recibido entrenamiento de los holandeses y que podía ejercer la supervisión requerida. Sin embargo, Camarero necesitaba un asistente que conociese bien las condiciones en que había que llevar adelante este trabajo en Venezuela. Punto principal: cómo ganarse el respeto y la confianza de los obreros.

Providencialmente se presentó la solución en la persona de Gustavo González. Este, como dijimos, era empleado de Corporiente, llevaba varios años sin pedir vacaciones y había acumulado lo suficiente como para pedir licencia por un par de meses. Por los próximos dos meses cumpliría las mismas funciones que había desempeñado hasta ahora, pero esta vez pagado por CV Agro, y en ambas Corporaciones.

Estando asegurado lo anterior, había que aprovechar los treinta días que Camarero estaría a cargo de ambas plantaciones para formar un equipo que lo pudiese sustituir cuando partiese de regreso a Brasil.

El puesto principal era el del ingeniero experto en el cultivo de la palma africana. ¿De dónde sacarlo?

Euclides Ojeda se ofreció para viajar a Maracay, donde se encontraba la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela. Buscaría entre los egresados de la especialidad de oleaginosas.

Chileno, por su parte, concertó una cita con Federico Boccardo, gerente general de Bananera, la antigua plantación ubicada en Yaracuy.

Federico era un hombre grande, joven, voluminoso, expansivo y cordial: “por cierto que conozco a alguien que le va a encantar tu proyecto, chico. Trabajó con nosotros hasta hace poco tiempo. Es belga, casado con venezolana, y conoce bien la parte agronómica del tema, pero también la industrial. Se fue de aquí, porque su mujer no soportaba la vida en la plantación, lejos de la ciudad. Hoy tiene un negocio de flores en San Felipe, te puedo dar su dirección. Se llama Michel Delvigne”.

Bananera no quedaba lejos de San Felipe. Hacia allá se dirigió Chileno. Cerca de la plaza principal de esa ciudad provinciana, no tan diferente de la San Felipe de su país natal, Chileno encontró el negocio del que le había hablado Federico Boccardo.

Entró, y un hombre joven de su misma edad se le acercó:

—Busco a Michel Delvigne.

—¿Para qué sería?

—Tengo proyectados unos desarrollos de palma africana y….

—¡Coño! ¡Yo soy Delvigne! ¡Salgamos del negocio para que no escuche mi mujer! ¡No hallo la hora de volver a lo mío! ¡Estoy harto de las flores!

Así fue reclutado el profesional que sustituiría a Paulo Camarero.

La visita de Euclides a la Facultad de Agronomía produjo el nombre de Yasmil

Martínez, un joven egresado que se constituiría en el asistente de Delvigne.

Pero Chileno quería más: quería contar en su equipo con alguien del mundo de la economía, que pudiese explicar por qué el país debía contar con fuentes propias de aprovisionamiento y no seguir dependiendo, para alimentarse, de importaciones hechas con un dólar artificialmente barato. Se dirigió al Fondo de Inversiones de Venezuela, ente gubernamental, donde le presentaron al economista Carlos Bujanda, un profesional joven, muy delgado, que conocía Valparaíso, donde unos parientes suyos eran dueños de la farmacia Bujanda. Era militante del Mir chileno. Chileno lo contrató.

El equipo, así conformado, carecía aún de algo muy importante: canas.

Había que contar con un ingeniero agrónomo maduro, que conociera a sus colegas de varias generaciones y que conociera también la historia de la agricultura en Venezuela.

Mal que mal, lo que el equipo se proponía, era ir contra la inercia del establishment, por lo que no había que descartar acciones destinadas a sofocar en el huevo esta iniciativa. En tal eventualidad, un ingeniero agrónomo de pelo blanco y bien relacionado socialmente, sería una pieza importante en la defensa de la misma.

Ese ingeniero fue George Casas Briceño, hombre bien entrado en sus sesenta, simpático, dicharachero, lleno de vida y de anécdotas, con larga vida profesional dentro y fuera de Venezuela.

La oficina de avenida Libertador se llenó de actividad. El “elenco estable” del recinto estaba conformado por Adela Navarro, la secretaria catalana, con su modo serio y a la vez gracioso, Carlos Bujanda, de hablar atropellado y nervioso, George Casas, que fue nombrado Presidente de CV Agro para que pusiera a valer sus canas, Chileno, que era el dueño de casa, algo introvertido y atento a los detalles. Euclides, que tenía su puesto de trabajo en el Ministerio, se aparecía de vez en cuando. Michel Delvigne y Yasmil eran gente de terreno, no apta para oficinas.

En poco tiempo el equipo se posesionó de su papel y la tranquilidad volvió al alma de Chileno. Paulo Camarero, terminadas las cuatro semanas de su contrato, pudo entregar ambos previveros en buenas manos…venezolanas.

Esto último era relevante, puesto que en todo ese tiempo nada se había sabido de los holandeses. Chileno estaba seguro que en algún momento asomarían, porque mal que mal eran ellos quienes habían preparado, por cuenta de Cotia Trading, las dos ofertas de trabajo que habían sido aceptadas por Corporiente y Corpandes.

Cuando eso ocurriera, el plan de Chileno era mostrarles un trabajo en plena marcha, de manera que si los holandeses (HVA) se interesaban en continuar, pudiesen acordar alguna forma de joint venture con la recién creada CV Agro.

Efectivamente, transcurrido un mes y medio, los holandeses aparecieron. Eran dos: los señores De Jong y Roos. Ambos eran ejecutivos de HVA que manejaban los negocios desde Holanda y sólo ocasionalmente venían a Venezuela.

Llamaron por teléfono y concertaron una cita.

Chileno, consciente de que se trataba de un encuentro decisivo, los recibió en su despacho a solas.

Se conocían desde larga data: Roos, un personaje pálido, delgado, de ojos azules y sonrisa forzada, era el encargado de la promoción comercial en el área caribeña. De Jong, bastante mayor, fornido, de naturaleza franca y expansiva, era su jefe.

—Ud. ya sabe, le dijeron a Chileno, lo que ha sucedido entre nuestras dos empresas. Es una lástima, pero no está en nuestra mano remediar la situación. Por lo mismo, tenemos instrucciones de abrir una filial de HVA en Venezuela para continuar la labor iniciada por Cotia Trading. Es nuestro propósito recoger toda la documentación relativa a los proyectos de palma africana que está en su poder y llevárnosla, si fuese posible, ahora mismo.

—Por cierto que estoy al tanto de lo sucedido, respondió Chileno. Quisiera saber, antes que nada, si es intención de Uds. trabajar con la gente que empleó Cotia, comenzando por mi propia persona, Adela, eventualmente Euclides…

—Lo lamentamos, dijeron los holandeses, pero es política de nuestra empresa emplear solamente nacionales holandeses en las filiales que abre en el exterior. A Ud., excepcionalmente, podríamos ofrecerle un contrato por seis meses, para que nos ayude a ponernos al tanto de lo sucedido hasta ahora.

—Pues bien, quiere decir entonces que no tenemos mucho más de qué hablar. O seguimos trabajando juntos, o separamos aguas en este mismo instante.

—¿Pretende Ud. seguir a cargo de dos plantaciones de palma africana? ¿Ud., un abogado chileno, que nada sabe de eso? Preguntaron incrédulos los holandeses, mientras Chileno los acompañaba a la puerta.

—Desde este momento cesa nuestra mutua información, pero sepan que sí, ese es mi propósito y es la razón por la cual no les voy a entregar los documentos que me han solicitado, respondió Chileno.

Dicho esto, les extendió la mano y se despidió de ambos holandeses, que lo miraban atónitos, sin comprender.

Chileno no les reveló a sus visitantes que ya estaba creada la nueva empresa CV Agro, y que, en ese mismo instante, gente suya se encontraba apoyando en terreno las experiencias piloto de ambas Corporaciones.

En aquellos años no existían las comunicaciones instantáneas de hoy. La forma más rápida de transmitir algo por escrito era el télex. Pues bien, los holandeses, apenas regresaron a Amsterdam, enviaron sendos mensajes vía télex a los presidentes de las dos corporaciones.

En ellos daban a conocer que habían terminado su relación contractual con Cotia Trading y con Cotia Venezuela y que, como les había tocado asesorar a ésta última en el diseño e implementación de dos planes piloto, venían a ofrecer sus servicios.

El mensaje continuaba señalando que dos de sus representantes, los Sres. De Jong y Roos, habían visitado recientemente Venezuela y, para su sorpresa, se habían impuesto de que el abogado Chileno, de esa nacionalidad , pretendía ofrecer ese servicio a las dos Corporaciones. Agregaba el télex que HVA, empresa lider a nivel mundial en cultivos de oleaginosas, estimaba que esta circunstancia envolvía un alto riesgo para el proyecto, pues, a todas luces, dicho abogado no reunía las condiciones para ofrecer una asistencia técnica especializada como la que requiere un cultivo delicado como la palma africana.

A poco de recibido el télex, sonó el teléfono de CV Agro: el presidente de Corporiente, Adel Mohamad, solicitaba hablar con Chileno. La conversación entre ambos fue del siguiente tenor:

—Chileno, te voy a leer un telex que me acaba de llegar (procede a leerlo). ¿Qué me puedes decir?

—Presidente, puedo responder que sin duda ellos son líderes mundiales en la materia, pero ¿me puede indicar de dónde procede el télex?

—De Amsterdam.

—Presidente: a Ud. solo le sirve una asistencia técnica que  se presta aquí en Venezuela, y en este preciso momento en que hablamos. Pregunte, por favor, a su gerente agrícola si el previvero está siendo atendido o no, y de qué manera.

—(Luego de una pausa) El gerente agrícola me informa que tu empresa, CV Agro, está cumpliendo a cabalidad con el contrato. Chico, sigue adelante, tienes mi confianza”.

Poco después llamó el Presidente de Corpoandes, el abogado Fabio Méndez Moncada. El diálogo fue similar, pero este Presidente le anunció a Chileno que su Corporación estimaba que la advertencia de los holandeses tenía fundamento, agregando que, efectivamente, el servicio se estaba prestando a satisfacción, pero que había resuelto llamar a licitación la continuación del mismo.

El escenario se presentaba entusiasmante para el equipo: la empresa recién creada (CV Agro) tenía un cliente de prestigio en su cartera (Corporiente) y la perspectiva de participar en una licitación para ganar un segundo cliente (Corpoandes), compitiendo nada menos que contra una empresa de nivel mundial como la holandesa HVA, era todo un desafío.

La exaltación reinaba en el pequeño grupo humano de CV Agro: ¡Se estaban abriendo paso en medio de las dificultades!

Corpoandes fijó la fecha de la licitación para dentro de un mes, y desde ese momento cada quien puso lo mejor de sí en la preparación de una oferta de excelencia. Conscientes de que era imposible superar a los holandeses en lo propiamente agronómico, los expertos (Euclides Ojeda, Michel Delvigne y George Casas) harían un esfuerzo por demostrar que conocían bien el cultivo y los procesos inherentes al mismo.

Donde los holandeses no podían competir con CV Agro, era en la defensa que ésta haría en su oferta de la necesidad de fomentar las capacidades profesionales existentes en el país. Si bien el dólar tenía una paridad fija con el bolívar, en Venezuela existía ya la sensación de que esto representaba un peligro en el largo plazo. Depender de las importaciones especialmente en los rubros que componían la canasta básica familiar, era correr un riesgo que podía costar caro en el futuro. Una manera de conjurar este peligro era disponer de cuadros humanos venezolanos, capaces de diseñar y dirigir la producción de los bienes de esa canasta.

Chileno se encargó de preparar la argumentación sobre este punto. Para ello contó con la colaboración de Carlos Bujanda.

Por fin llegó el día de la licitación. Ambas delegaciones arribaron a San Cristóbal, sede de Corpoandes. Los holandeses hicieron su presentación a puertas cerradas un día. Al día siguiente fue el turno de CV Agro.

Disponemos de testimonios acerca de ésta última.

En un escenario imponente –la sala de audiencias de Corpoandes– y presidido por su Presidente, un grupo de funcionarios se ubicó en el estrado elevado que dominaba la platea.

En ésta se ubicaron los seis miembros del equipo de CV Agro.

A una señal del presidente Méndez Moncada, Chileno se levantó de su puesto y se sentó ante una pequeña mesa , ubicada justo frente al estrado. Aquellos eran tiempos donde no existían los apoyos electrónicos de hoy: había que exponer con la sola ayuda de minutas escritas.

—Puede Ud iniciar su exposición –dijo el Presidente con parquedad.

Chileno abrió su carpeta y dio comienzo a su exposición, dando ocasionales miradas a los papeles que ella contenía. Dio cuenta de la parte agronómica, señalando, de paso, que la experiencia piloto estaba siendo atendida en ese momento por CV Agro a satisfacción de Corpoandes. Esto ya avalaba la conveniencia de no cambiar de consultores.

—Pero quiero agregar algo que es tan importante como lo anterior, dijo Chileno, y es que nosotros constituimos un equipo de venezolanos que nos hemos propuesto colaborar con el Estado en la introducción de un cultivo prácticamente inexistente en el país, y que tiene enorme relevancia para la alimentación de sus habitantes.

Llegado a este punto el presidente interrumpió:

—¿Por qué dice Ud. “nosotros los venezolanos”? ¡Ud. no tiene acento venezolano!

Chileno, que había batallado todos estos meses para salvar las plantitas que en ese momento germinaban junto al río Arauca, sintió que estaba al borde del abismo. A sabiendas de que los andinos en Venezuela son muy orgullosos de su condición de tales, respondió:

—Sí, Presidente. Es verdad, no soy venezolano, pero soy más andino que usté.

—¿Cómo así? –preguntó Méndez Moncada.

—Porque vengo de Chile, donde tenemos los Andes de verdad.

Esto último era una insolencia, el desplante propio de quien ha perdido toda esperanza y sólo le resta un último gesto antes de hundirse en lo hondo de la sima.

El presidente se quedó mirándolo fijamente, y al cabo de unos instantes dijo:

—Continúe con su exposición.

Concluida esta, los seis integrantes del equipo de CV Agro salieron del auditorio y George Casas, el mayor de ellos, encaró a Chileno:

—¡Coño! ¿Qué hiciste? ¡Creí que te iban a botar de la sala!

A lo que Chileno respondió:

—George, si perdemos este contrato porque no tengo acento venezolano, ¡el país lo ha perdido!

Tres días más tarde el Comité de Licitaciones de Corpoandes dio a conocer su decisión: el contrato se le asignaba a la empresa venezolana CV Agro.

Sin embargo, los problemas aún no habían cesado: como se dijo antes, el inicio de estas dos experiencias piloto por parte de Corporiente y Corpoandes provocó la airada reacción de Asograsas, la asociación de industriales del aceite, que publicó, a página entera, un anuncio en un diario de circulación nacional, El Universal, denunciando que el cultivo de la palma africana dañaría la salud de la población por el alto contenido de ácidos grasos saturados de su aceite.

Ambas Corporaciones respondieron también públicamente, desmintiendo lo anterior y destacando los muchos aspectos positivos de la iniciativa.

De tal manera se comprometió el gobierno con los planes de ambas Corporaciones que, meses más tarde, cuando se pasó de la fase de vivero a la de plantación, el viceministro de agricultura, César Guevara, viajó al Apure para inaugurarla, junto con una delegación.

Como dijimos, esa plantación estaba ubicada en la ribera del río Arauca, donde corre la frontera entre Venezuela y Colombia, región peligrosa, pues del lado colombiano estaban activas varias facciones guerrilleras que solían cruzar a Venezuela, y tomar rehenes para luego cobrar rescate.

Por lo mismo, el viceministro viajó a la plantación protegido por un destacamento militar. Los soldados llegaron por tierra, el viceministro en helicóptero.

Chileno fue invitado a la ceremonia, y viajó junto con su hijo de 10 años. El primer tramo lo hicieron en avión, hasta San Cristóbal, y desde ahí en jeep hasta la plantación por un camino de tierra que en algún punto era interrumpido por un río correntoso. Como no había puente, el río se cruzaba en el vehículo. Era emocionante ver cómo el agua subía hasta casi alcanzar la altura de las ventanas del jeep. Pero el chofer era experto y  alcanzó la ribera opuesta sin contratiempos.

La ceremonia, en ese lugar agreste, lejos de todo vestigio de civilización, tuvo un especial encanto: las semillas que alguna vez llegaron a Maiquetía en sacos provenientes de Costa de Marfil, eran ahora unas preciosas plantitas, listas para ser depositadas en el campo cuidadosamente preparado al efecto por los obreros de Corpoandes dirigidos por el personal de CV Agro.

Para realzar aún más el significado de la ceremonia, sería inaugurado un busto en bronce de Simón Bolívar. El viceministro sería el encargado ese día de descubrirlo.

Terminada la ceremonia, que reunió a una veintena de personas además del destacamento militar mencionado, el viceministro regresó a Caracas en su helicóptero.

Chileno y su hijo pernoctaron en el campamento y al día siguiente regresaron a la capital haciendo el mismo trayecto anterior, parte por tierra, parte en avión. Este era un viaje de más de un día, de manera que llegaron a destino el día subsiguiente.

Cuál no sería la sorpresa de Chileno al leer, el día de su arribo, en primera página del periódico: “Once soldados venezolanos muertos en el Apure por la guerrilla colombiana”. Y venía el detalle: ¡creyendo que el viceministro aún se encontraba en ese lugar, los guerrilleros cruzaron el río de noche, entraron en el campamento, pero tan sólo encontraron a los soldados que lo habían custodiado!

Si Chileno y su hijo no hubiesen abandonado a tiempo la escena, quién sabe lo que les hubiese deparado el destino.

Tiempo más tarde, estando un día en su oficina, Chileno recibió un llamado telefónico: eran los señores de Jong y Roos que querían pasar a saludarlo. ¿La razón de esta visita? De Jong lo explicó así: “Nos hemos informado de todo lo que se ha avanzado en ambos proyectos de palma africana desde la última vez que nos vimos. Hemos venido a pedirle disculpas y a felicitarlo”. A tout seigneur, tout honneur.

Aquí finaliza la crónica fidedigna de cómo se estableció en Venezuela el cultivo de la palma aceitera o palma africana, que hoy, con 40.000 hectáreas plantadas, es uno de los principales rubros de la agricultura de ese país.

Para terminar, hay que señalar que, pocos meses más tarde, el bolívar sufrió una primera devaluación que luego fue seguida por otras. Esto, entre otros efectos, hizo que Asograsas cambiase de actitud, y en lugar de oponerse al cultivo de la palma, se convirtiese en el principal promotor de la misma.

Cuando eso ocurrió, no fue necesario ir a buscar al extranjero expertos que pudiesen asesorar a los empresarios que impulsaban este nuevo desarrollo: los tenían en casa.

Chileno no se quedó en Venezuela. Regresó a su país apenas la dictadura se lo permitió. Treinta años más tarde mira hacia atrás el proceso aquí descrito, y sabe de la prosperidad alcanzada en ese país por el equipo que él formó, y experimenta una profunda satisfacción.

La satisfacción del trabajo bien hecho.