• Caracas (Venezuela)

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Eddy Reyes Torres

Crónica malandra

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En el mes de octubre de 2010, el autor de esta columna trabajaba en un libro sobre Pedro León Zapata (Zapata y la caricatura: un ejercicio de libertad), que finalmente terminamos en agosto de 2013. Para aquel momento investigaba el correlato que hay entre la caricatura y el cinismo. El pintor Miguel von Dangel, con quien había conversado del asunto, me puso tras la pista de los textos de Rainer María Rilke (Cartas a un joven poeta) y Edgar Wind (La elocuencia de los símbolos), donde se trataba lo que quería investigar. Al primero ya lo había leído años atrás pero no al segundo. El día que conversamos del tema (el domingo 17 de octubre del año primeramente indicado), Miguel y yo terminamos con un almuerzo-cena en un restaurante chino cercano a su casa, en Petare, donde por muchos años estuvo el bar La India. El espacio amplio y poco concurrido lucía como lugar perfecto para ingerir algo y conversar con tranquilidad, sin ser interrumpidos. Con ese propósito nos ubicamos al fondo de la sala.

Cuando disfrutábamos de nuestro condumio –sopa wantonmein y tallarines de arroz con camarones en salsa de curry–, entraron dos personajes mal encarados, ajenos al barrio. Se desplazaron en actitud desafiante hasta la mitad del salón, dirigiendo miradas cargadas de odio por los diferentes rincones. De inmediato pensé que buscaban a alguien con intención de agredirlo. Mientras comía no aparté la mirada de los desagradables personajes y apenas pude oír, por la distancia, sus repetidas órdenes de que todos miráramos al piso y no levantáramos la vista.

En la barra, ubicada justo a la entrada del restaurante había un grupo de jóvenes trabajadores conversando alegremente y riendo. Muy cerca de ellos se encontraban tres mesas ocupadas por varios comensales. Más hacia el medio del local, un hombre mayor, sentado de espalda a la entrada, leía con total concentración el periódico del día. Y cerca de nosotros tres jóvenes charlaban animadamente, ignorando lo que ocurría. En un primer momento, nadie parecía prestar atención a lo que pasaba hasta que uno de los singulares visitantes repitió varias veces más la misma orden que ya había pronunciado, acompañadas esta vez de expresiones escatológicas. Los que se encontraban adelante comenzaron a reaccionar, bajando la cabeza y dejando de hablar. El lector del periódico, sin embargo, siguió impertérrito su labor, totalmente abstraído en el tiempo y el espacio. Los jóvenes cerca de nuestra mesa, por su parte, continuaron hablando como si nada. Yo le comenté a Miguel lo que pasaba y él con cuidado volteó para ver. Con disimulo le dije a los tres jóvenes lo que estaba ocurriendo y me armé de ánimo para aceptar que todos los allí presentes seríamos desplumados por el par de “cacos” que entraban a cumplir con el ritual delictivo que exacerba al país en los últimos años.

En rápidos segundos, uno de los malandros saltó con gran agilidad hasta el mostrador del bar y se abalanzó luego sobre la caja registradora, de donde sustrajo el dinero que allí había. Con la misma agilidad saltó hasta la entrada y salió rápidamente del lugar, acompañado de su cómplice. En ningún momento el líder de la operación dejó de empuñar el revolver que tenía a la altura de la cintura. Cuando salieron, los hombres en la barra y los comensales en la mesas reanudaron su charla, como si nada hubiera ocurrido. Sólo el lector del periódico no se dio por enterado de lo que pasó a sus espaldas y los tres jóvenes cercanos a nosotros apenas tuvieron tiempo de voltear para ver lo que sucedía en el momento que ya se retiraban los atracadores del negocio. De manera que, sin mayor preocupación, continuaron hablando de lo suyo. La “naturalidad” con que ocurrió aquello y la casi indiferencia de los presentes después del atraco, puso en evidencia lo acostumbrado que está la gente frente a este tipo de hechos que se repiten a diario, como algo común, a lo largo y ancho del país. Al día siguiente, la prensa informó que entre la noche del viernes 15 y la tarde del domingo 17 de octubre de 2010, en Caracas ocurrieron 32 homicidios. Algo de lo más normal en la gestión de Hugo Chávez Frías (y también la actual). En el mismo lapso de tiempo, los atracos parecidos al que me tocó vivir deben haber sido varios miles, pero en ese campo las estadísticas no cuentan porque son pocos los delitos de este tipo que se denuncian.

En Venezuela ya ni sorpresas te da la vida. ¡Pobre Pedro Navaja, camará!