• Caracas (Venezuela)

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Mariana Díaz Arroyo

Crónica de un futuro robado

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Antes de salir de mi casa esa mañana de aquel domingo de diciembre de 1998 vi a mi única hija en aquel entonces, hoy con 19 años y un hermano. La miré a sus ojitos inocentes y me despedí sin vislumbrar cómo lo que pasaría ese día marcaría toda su niñez y adolescencia; menos aún esa pequeña niña podía imaginar cómo a partir de ese momento empezaría a escribirse la crónica del robo de su futuro.

No fue un robo cualquiera el que ocurrió ese día y el que comenzó para mi querido y a la vez malquerido país, no fue uno más como los que nos toca vivir a diario: en la calle, en un restaurante, en un banco, en un supermercado, en nuestras casas o en cualquier sitio imaginable; no era de ese tipo de robo, ejecutado por uno o varios malandros, como les decimos a los ladrones, armados mejor que las Fuerzas Armadas de mi país, que nos amenazan y nos convierten de un segundo a otro en víctimas de una violencia desbordada. No es a esa modalidad a la que me refiero; me refiero a una que ningún venezolano, y apostaría que nadie en el mundo, podía anticipar que nos ocurriría.

Podría hablar aquí de los millones y miles de millones de dólares que el gobierno de Chávez y este, su prolongación, han dilapidado, pero tampoco me quiero referir a ese robo, porque hay muchos especialistas, economistas, que podrían –muchísimo mejor que yo– hacer un exhaustivo y aterrador balance de todo lo malversado por el chavismo en el período de mayor bonanza petrolera de Venezuela.

Tampoco deseo referirme al robo de las instituciones del Estado y de los poderes públicos, forzados a hacerse serviles a un Poder Ejecutivo autócrata y todopoderoso.

Menos aún al robo de nuestra libertad individual cuando no se nos permite manifestar pacíficamente en cualquier zona de nuestra ciudad, sino solo en aquellos lugares que el gobierno designa, es decir, menos de la mitad de la ciudad.

Por otra parte, no me refiero al robo a la salud de los venezolanos cuando con mucha frecuencia en los hospitales públicos no se encuentran las medicinas de uso más común ni papel sanitario, pañales, guantes desechables, y, peor aún, cuando ya ningún niño ni adulto está exento de contraer cualquier enfermedad crónica por la carencia de ciertas vacunas y pruebas inmunológicas, situación que se evidencia, entre otros, en casos recientes de niños infectados con el virus de VIH por transfusión sanguínea.

Por último, tampoco al robo de nuestro tiempo, cuando gastamos varias horas diarias todos los días en colas interminables, bajo el sol, la lluvia, en la calle, para comprar alimentos, artículos de higiene personal y medicinas.

Entonces, se preguntarán a qué me refiero, no es sino, y básicamente, al robo más trascendental que le pueden hacer a una madre, al robo del futuro de sus hijos.