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Corina Yoris-Villasana

Criterios para un diálogo honesto

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Desde hace meses la referencia al “diálogo” es recurrente en cualquier ámbito; resulta que ahora el “diálogo está congelado”. La pregunta obligada sería de qué diálogo hablamos: ¿diálogo persuasivo?, ¿debate?, ¿negociación?, ¿erístico? Podría seguir enumerando algunos otros tipos, siguiendo la caracterización que nos han legado los estudiosos del género.  

Desde Platón a nuestros días, el diálogo se ha concebido teóricamente como una estructura donde participan activamente dos partes (en el caso más sencillo), quienes despliegan en conjunto algunas acciones en busca de respuestas a cuestiones donde pueden existir discrepancias, aunque a veces un diálogo puede ser entablado sin controversias iniciales. Cualquier diálogo persigue un objetivo y para alcanzarlo se hace necesario que cada parte contribuya a conseguirlo.

Una disputa personal se caracteriza por ataques personales y se convierte en el reino de las falacias. Está considerado como el “diálogo” de más bajo nivel. El debate es otro de los contextos donde se desarrollan los diálogos; en un debate forense (jurídico, también político) existen unas reglas que deben ser respetadas por cada participante. Aun cuando se considera en un nivel de racionalidad mayor que el nivel de la disputa, en los debates suelen aparecer también las falacias descalificadoras del individuo ignorando su argumento. En el debate se pretende conseguir una victoria personal y para ello usualmente se emplean pseudoargumentos para emocionar a la audiencia. En pocas palabras, en un debate puede darse una victoria sin que ello signifique que el ganador haya empleado los argumentos mejores y ajustados a la razón.

Otro contexto argumentativo son las negociaciones. La situación inicial es la diferencia de intereses, habitualmente se utiliza el “regateo” como método y su objetivo es la ganancia personal. Es adecuado recordar que se “negocian” intereses, no así los principios.

Veamos el contexto persuasivo. Un diálogo persuasivo parte de diferencias de opinión, usa pruebas y pretende persuadir al oponente.

Frans van Eemeren, creador de la pragmadialética, ha señalado diez reglas sencillas que deben respetarse para que un diálogo persuasivo llegue  a feliz término.

La primera de ellas contempla la libertad de escogencia del punto de partida; por ello, los participantes no pueden impedir que cada quien exponga su enfoque; en segundo lugar, es indispensable probar lo que se dice;  se arguye contra los puntos expuestos, no sobre otros aspectos; de lo contrario se cae fácilmente en la falacia ignoratio elenchi (ignorancia de la cuestión); los argumentos deben contribuir al avance del diálogo; no se atacan puntos de vista no expuestos. Para defender una posición, solo es lícito argumentar usando razones que estén relacionadas con ese punto de vista. Se considera ilegítimo presentar algo subrepticiamente como si fuera una premisa que dejó implícita la otra parte, como tampoco es admisible negar una premisa que él mismo ha dejado implícita. Es punible presentar falazmente una premisa como si fuera un punto de partida aceptado, ni se acepta negar una premisa que representa un punto de partida aceptado. Se considera indebido presentar un punto de vista como si hubiera sido concluyentemente defendido, si esa defensa no ha tenido lugar por medio de un esquema argumentativo apropiado aplicado correctamente. En toda argumentación, son intolerables las falacias y los paralogismos. Si la defensa de una posición resulta fallida, la parte que la presentó debe retractarse y si la defensa es incuestionable, la otra parte debe retractarse de sus dudas acerca del punto de vista. Es imprescindible la claridad en las exposiciones.

Dicho en otras palabras: son vitales la honestidad intelectual y la habilidad lingüística. Unamos ambos talentos y reivindiquemos la retórica. Hoy día, ésta se caracteriza por el uso de esquemas argumentativos asociados a valores éticos, que, a su vez, rechazan de plano los autoritarismos.