• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Luis Rosales

Cristina debe pedir la liberación de Leopoldo López

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los argentinos debemos exigirle a nuestra presidente que interceda ante su colega, amigo y aliado Nicolás Maduro a fin de conseguir el fin de la represión y la liberación inmediata de Leopoldo López. El líder opositor injustamente recluido en una prisión militar de Caracas no es un fascista ni un golpista, como lo calificara el chavismo. Es un político democrático que con responsabilidad y coraje se puso al frente del reclamo de millones de compatriotas, especialmente los más jóvenes, que decidieron salir a la calle para exigirle a sus gobernantes más seguridad, menos inflación y algo de honradez...en definitiva un cambio de rumbo.

La reacción estatal fue salvaje. Como si asistiéramos en un viaje en el tiempo las escenas que llegan de las principales ciudades venezolanas, se asemejan a las de Budapest o Praga de los 60 o de la plaza Tienanmen, en Pekín, de los 90. Siguiendo el mismo manual ahora motorizado desde La Habana, el sucesor de Hugo Chávez ha decidido avanzar un paso más en la ruta que él cree inexorable hacia la revolución para instalar finalmente el modelo utópico marxista de control total de la sociedad. El problema es que en el camino siempre se tiene que pasar por la “dictadura del proletariado”, un accidente menor en la enorme tarea de reemplazar la para ellos decadente y perimida sociedad burguesa. Pero siempre el proceso se queda trabado en esa instancia. Por eso fracasaron estrepitosamente en el mundo entero.

Los líderes de la región, que se precian de democráticos y progresistas, amantes de la libertad y seguidores de los ideales emancipadores de Bolívar y San Martín, no pueden ni deben seguir mirando la realidad a través del ojo de la cerradura de sus propias posturas políticas. Si hace algunos años por alteraciones al orden institucional se castigara duramente a Paraguay y a Honduras, ahora debiera hacerse lo mismo con Venezuela. A los latinoamericanos nos ha costado mucho esfuerzo y se ha derramado mucha sangre para alcanzar el estado de derecho y la libertad de la que hoy gozamos. No es posible y conveniente que por privilegiar buenos negocios petroleros o por proteger a un amigo o aliado ideológico se toleren estos tipos de violaciones gravísimas a las libertades individuales más elementales. Si no, se derrumba toda la legitimidad y autoridad moral de la tan anhelada construcción de nuestra patria común. Firmes e intransigentes con nuestros adversarios, tolerantes y permisivos con los de nuestro bando. Así no va a funcionar.

Maduro, al reprimir indiscriminadamente y mantener presos políticos en sus cárceles, está violando en forma flagrante esos mismos derechos humanos, asemejándose en forma peligrosa a los dictadores que asolaron estas tierras. Si el resto de los presidentes de la región hacen la vista gorda, corren también el riesgo de convertirse en sus cómplices.

Leopoldo López es un preso político cuyo único delito ha sido tratar de evitar que su patria caiga en un peligroso autoritarismo. Lo conozco en forma personal desde hace más de diez años y siempre abogó por una Venezuela democrática y pluralista. Tanto en Caracas como en sus numerosos viajes a Buenos Aires, discutimos mucho sobre el futuro de nuestros países y nunca tuvo un pensamiento o una actitud totalitaria o fascista. Los jóvenes en las calles no están haciendo otra cosa que lo que les sugiriera el Papa Francisco, hacer ruido y oponerse a lo que les molesta. No merecen por ello ser aplastados y silenciados.

Nuestra presidente debería interceder ante Maduro para que deje de combatir a los más jóvenes y libere en forma inmediata a López. No sólo por su condición de madre y militante política, sino también por haber hecho de los derechos humanos una de sus principales banderas de gobierno. De paso exigirle a su seguidor incondicional Luis D'Elía que termine con su prédica de odio, muerte y fusilamiento. Eso sí que es un pensamiento y una actitud fascista.

Triste paradoja del destino, que aquellos que en los años 60 y 70 supieron ser los estudiantes salvajemente reprimidos y perseguidos, ahora, al cumplir sus 60 o 70 años terminen reprimiendo y persiguiendo salvajemente a los estudiantes.