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Armando Durán

Crisis en Miraflores

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La vacilaciones de Nicolás Maduro durante estas últimas semanas constituyen, por ahora, un claro indicio de que el famoso sacudón prometido y reiterado bajo distintas formas tiene todas las de quedarse flotando en esa nube a la que han ido a parar otros tantísimos espejismos chavistas, como el eje Orinoco-Apure, el gran oleoducto hasta la Patagonia y, por supuesto, el supremo bienestar de los venezolanos, sumergidos desde hace 15 años en las aguas de un espectacular mar de la felicidad.

En el marco de esta hipotética y contradictoria nueva política económica que Maduro ha calificado de “sacudón”, quizá la única novedad que finalmente se produzca pronto sea la venta de Citgo. A corto plazo le resolvería al gobierno su grave problema de caja y ni remotamente resultaría tan explosivo como el alza en el precio de los combustibles y la convergencia de los tipos de cambio con maxidevaluación. Pero intentar salvar el proyecto de Chávez aceptando la elevada apuesta que le exige la realidad en detrimento de la falsa ideología del proceso es un trance demasiado complejo, que obliga a Maduro a ir muchísimo más allá de un simple cambio de políticas o de equipo.   

El propio Fidel Castro tomó ese toro por los cuernos hace cuatro años. “Nuestro modelo ya no funciona ni para nosotros”, fue la impactante declaración que hizo entonces. Rectificación inevitable para no obstaculizar las muy tímidas reformas que venía impulsando su hermano Raúl desde 2006. Desesperada tentativa por rescatar lo que quedaba del fracasado proyecto cubano, recurriendo al ejemplo chino: una nación y dos sistemas. Como solía decir Deng Xiao Ping para justificar este pragmatismo gatopardiano que transformó su país en el reino posmoderno del capitalismo más salvaje, “¿qué importa que el gato sea blanco o negro si caza ratones?”

La visión que tenía Chávez del país, y su ciega admiración por el Fidel más radical, anclado hasta el último suspiro en la intransigencia de su juventud rebelde, eran barreras infranqueables que le cerraban el paso a cualquier reforma modernizadora. Todo cambió, sin embargo, con la desaparición física del comandante eterno. Arrinconado por la ostensible fragilidad de su liderazgo, distante de Fidel por las razones que fueran, sólo ante el peligro mortal del fracaso, la implosión y el derrumbe, Maduro entendió la utilidad del mensaje cubano. Y así, nada más “legitimar” electoralmente su herencia política, el 14 de mayo del año pasado se reunió en Miraflores con Lorenzo Mendoza y le propuso abordar y resolver juntos la acuciante crisis alimentaria que sufre el país. “Tú a producir, Mendoza”, le dijo a su invitado, “yo a gobernar.” O sea, la política para él y su gente, la economía para los empresarios del sector privado.

No fue posible. Mucho menos el sacudón ahora. Venezuela no es una democracia, pero tampoco un régimen totalitario del todo. Y, por supuesto, Maduro no es Chávez. De modo que ni con el respaldo inservible de un III Congreso del PSUV que no representa a nadie, cuenta Maduro con suficiente piso político para seguir adelante con sus reformas. Un dilema imposible. Si no le echa mano al sentido común y aunque sea a regañadientes adopta las recetas del FMI, la indignación de los venezolanos se hará en cualquier momento incontenible. Si toma las medidas necesarias para ir enderezando el entuerto, a la protesta social se sumarán las diversas mareas socialistas que rechazan las reformas con el argumento de la revolución dentro de la revolución. Ese es el fondo de la crisis que amenaza hoy en día a Maduro. Demasiado camisón pa’ Petra.