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Santiago Zerpa

Crimen de odio racial

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“No puedo respirar”, esas fueron las últimas y escalofriantes palabras de Eric Garner, un hombre negro que murió el 17 de julio a manos de la policía después de que esta lo estrangulara. Según los forenses, la muerte fue dictaminada como homicidio, pero al final el único apresado fue el camarógrafo que decidió grabar el proceso. La muerte llevó a protestas en toda la ciudad y ocurrió semanas antes de otro incidente racial en el que un oficial de la policía mató de seis tiros al adolescente Michael Brown en Ferguson, Missouri. A partir de entonces se encendió una mecha de ira y manifestaciones de tono racial en todo Estados Unidos, ya que ambas circunstancias tenían un punto en común: policías blancos mataron a hombres negros. No tardaron en aparecer eslóganes y publicidades que comparaban las acciones recientes con sucesos parecidos en el pasado. Malcolm X y Martin Luther King en semejanza con Garner y Brown, como si de lo mismo se tratara, cuando la realidad es que estos últimos eran delincuentes y que, si bien es cierto que recibieron un excesivo abuso de fuerza policíaca, lo más probable es que merecieran cierta aprehensión por las actividades que realizaban (robo y venta ilegal). Sin embargo, cuando de la muerte de un afroamericano se trata, los ojos se vuelven ciegos y tachan todo bajo la misma premisa de que se trata de un acto “racial”. Ahora, ¿esto es cierto?

Supongamos que hubiese sido al revés, que un hombre blanco es ahorcado por unos policías negros hasta morir. El acto seguiría siendo atroz, pero probablemente hubiese salido en televisión durante el noticiero nocturno y olvidado a día siguiente. O el otro caso, un policía negro abate de seis tiros a un ladrón blanco que robaba cigarrillos. Muchos seguro pensarán que se lo tenía merecido. Pero seis tiros son seis tiros, no uno. No se dispara seis veces por accidente. Aquí entramos en un tema difícil pero cierto: las connotaciones raciales en algún hecho violento crean revuelo más por lo racial que por la brutalidad en sí misma. Y cuando la postura debiera ser la de erradicar la violencia y condenar aquellas acciones que la propicien, se toma una visión subjetiva de los hechos por el color de piel.

En un episodio del cómic South Park hablan de esto mejor que cualquier otra persona o artículo que haya leído, catalogando los crímenes de odio racial como una salvaje hipocresía. Si alguien mata a otra persona es un crimen, pero si mata a alguien de diferente color es un crimen de odio racial. Esto es una hipocresía porque TODOS los crímenes son acciones directas del odio. Si un hombre golpea a su esposa porque lo engaña con otro, ¿no lo hace por odio? Si alguien vandaliza un edificio del gobierno, ¿no es por su odio a dicho gobierno? La motivación por la que actúas de forma violenta no importa, lo que importa es la acción per se. Apoyar las leyes de crímenes raciales no hace más que separarnos los unos de los otros grabando la idea de que los negros o los homosexuales son diferentes, en vez de unirnos en contra del problema. Los policías que mataron a Eric Garner y a Michael Brown deberían ser enjuiciados por abuso de fuerza y homicidios, no porque son blancos, no porque mataron negros. Sin embargo, la impunidad que recibieron fue terrible, y aumenta el concepto y fuerza de la discriminación.

El escritor Ray Bradbury, en su libro Crónicas marcianas, nos narra una sociedad de gente negra que vive en paz desde el planeta rojo. No se matan entre ellos, no tienen problemas, viven tranquilos y apacibles en medio de aquel desierto infinito. Solo cuando llega un cohete terrestre y de él sale un astronauta blanco es que empiezan los problemas. Los marcianos afroamericanos se inquietan y empiezan a sufrir la llegada de pensamientos violentos en contra del recién llegado terrícola. Al final, tras mucha tensión, deciden no actuar de la misma forma que los blancos, siglos atrás, actuaron en contra de sus antepasados negros en las granjas de algodón. Se calman y deciden ayudar a la raza blanca a punto de extinción. Bradbury, conocedor de que la historia es cíclica y de que los sucesos invariablemente se repiten, quizás a forma de presagio o más bien de manifiesto, nos sugiere una postura acertada: la de cerrar los círculos. Quizás es necesario despegarnos de la idea racial para empezar a condenar la violencia como una acción condenable por sus propias connotaciones. Quizás es necesario aceptar el pasado (sin olvidarlo, claro está) para construir un presente que se establezca en bases mucho más sólidas. Entender que todos tenemos algo de negro, de blanco, de asiático, de árabe y de indígena en nuestra herencia étnica y apartar conceptos de desigualdad racial de una vez por todas. Todos los perros son perros, sin importar la raza, tamaño o color. Un chihuahua y un rottweiler son igualmente perros. El resentimiento es un cáncer que va creciendo poco a poco. Quizás, solo quizás, así se pueda escapar de la hipocresía y del distanciamiento que nos rodea.