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Gonzalo Rojas

Creyentes: la mayoría de siempre

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Si hay una mayoría que no cambia en Chile, es la de los creyentes en Dios, y particularmente en Cristo.

Los musulmanes lo consideran un gran profeta; los judíos se preguntan si es o no el mesías que esperan, y aunque mayoritariamente lo rechazan, resulta ser su inevitable referencia; los cristianos, obviamente, vivimos para el Dios encarnado.

Esos creyentes, aunque difieran sobre la divinidad de Cristo, son 90% de los chilenos.

Junto con ellos, hay un pequeño porcentaje de agnósticos y ateos que dudan o incluso rechazan la existencia de la Divinidad. Pero estas personas que se consideran no creyentes, ¿realmente no creen?

Eso es lo que dicen, pero cuando defienden con unción y entusiasmo el Estado laico, cuando promueven la prohibición de imágenes y actos religiosos en el espacio público o privado, cuando exhiben devotamente sus propios símbolos y emblemas, no cabe sino concluir que son creyentes, aunque su fe simplemente sea otra. Merecen nuestro respeto, pero exigimos que asuman sus respectivas creencias y que, desde esa perspectiva, respeten también nuestras propias convicciones.

El 25 de diciembre es el día perfecto para reflexionar sobre esta materia. Y, dada la realidad de un Cristo que nace desvalido, lo lógico es que se ponga la mirada en las obligaciones que los creyentes –y, en particular, los cristianos– tendremos en el curioso Chile que comenzará su andadura el 11 de marzo próximo.

Los cristianos tendremos muchos deberes; de eso no cabe duda alguna. Y no nos hacemos un drama al desnudar nuestra conciencia para que se nos exija después una respuesta coherente. Nunca ha sido ese nuestro problema. Mientras quienes critican nuestras convicciones suelen hacerlo desde el Olimpo de su total desfachatez, a nosotros nos compromete el terrenal mundo en el que tenemos que ganarnos la eternidad.

Cóbrennos nuestras obligaciones, pero lean detrás de ellas también nuestros derechos.

¿A qué nos comprometemos?

Ante todo, a creer. No hay nada más penoso en la vida pública que un cristiano secularizado, que un cristiano escéptico, que un cristiano que prefiere la vereda de allá, aunque sigue afirmando que está en el lado de acá. Hay clérigos así, hay laicos así: en la práctica no creen.

Consecuencia directa del deber anterior es la obligación de ejercer la condición de mayoría. Es una exigencia democrática de los cristianos juntarse, vincularse, hacer valer sus porcentajes mayoritarios y convencer en discusiones, en todos los ambientes. Incluso dentro de la coalición que gobernará, ¿no es acaso superior el porcentaje de creyentes? Y si así no fuera, ¿pueden los creyentes participar de un gobierno sin siquiera plantearse si su cooperación con otras fuerzas va a significar un daño grave para su sentido de la vida?

Fluye de los anteriores el deber de ejemplaridad. A los cristianos se nos debe exigir coherencia visible, por una sencilla razón: nadie más puede proporcionarla. Y si esta afirmación parece prepotente, que nos digan los agnósticos y los ateos dónde están y cuáles son las exigencias que ellos se autoimponen que sean comparables con las máximas del cristianismo. Al minimalismo de nuestros contradictores no se le exige gran cosa; a nosotros, el máximo. Está bien que así sea.

Obligación de los cristianos será también fortalecer la voluntad en los conflictos por venir. La caridad, unida a la verdad, por encima de todo. Pero la caridad no es la claudicación, porque en vez de amar al otro para ayudarlo a encontrar el bien, se lo induciría a la mediocre medianía.

¿Somos los cristianos en parte distintos de los demás ciudadanos? Sí. Nos obliga una fe, nos compromete una historia.