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Milagros Socorro

“Cosas raras"

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Diosdado Cabello dictó un “taller” para cadetes de la Universidad Militar y oficiales militares sobre el 4 de febrero de 1992, fecha en la que un grupo de militares fracasó en un golpe de Estado contra el poder legalmente establecido.

En el curso de esa actividad académica, que suponemos orientada a justificar y ensalzar la felonía, Cabello hizo advertencias con respecto a los oficiales que “andan en cosas raras”.

Curiosamente, el país comprendió que las “cosas raras” de las que hablaba Cabello es una conjura cívico-militar en marcha. Diversos analistas han aludido a “desenlaces impredecibles”, a que “el cielo encapotado anuncia tempestad” y, más directamente, a que “tratándose de la Fuerza Armada, la única ‘cosa rara’ que allí puede ocurrir es una conspiración”.

Esta percepción, sorprendentemente unánime, establece una noción de normalidad según la cual la única anomalía que admite el régimen es una eventual insurgencia que derroque a Maduro y su claque. Todo lo demás es natural.

Con apego a esta ruta de ideas, no se considera “cosa rara” la participación de militares en el narcotráfico, contubernio que ha sido denunciado por fuentes diversas, incluidos los organismos internacionales especializados en la detección de este flagelo. No olvidar que el ex magistrado del TSJ, Eladio Aponte Aponte, quien fuera destituido y actualmente está en Estados Unidos, al parecer colaborando con la DEA, acusó a oficiales de las Fuerzas Armadas venezolanas de utilizar instalaciones militares para el tráfico internacional de drogas. Y que otro magistrado, Luis Velásquez Alvaray, actualmente asilado en Costa Rica, ha hablado del “cartel de los generales, que llaman el cartel de los soles, porque son generales con gran fortaleza”.

No es cosa rara esa práctica que se ha hecho habitual y que consiste en destruir un avión cada vez que el régimen es señalado de alcahuetería con el tráfico de estupefacientes. Queda una nave chamuscada, pero no hay víctimas, no hay detenidos, no hay mercancías ilícitas ni información.

No es cosa rara la evidente, escandalosa, flagrante y cotidiana intervención de uniformados en el contrabando de extracción que desangra a Venezuela por todos los agujeros. Cómo podrían sacarse del país los 113 millones de litros de gasolina que, según la BBC, salen hacia Colombia ¡todos los meses!, si los criminales no contaran con el apoyo y franca connivencia de los efectivos encargados de impedir el trasiego y vigilar las fronteras.

No es cosa rara la intervención de Cuba en los asuntos de seguridad y defensa de la nación venezolana, su presencia en las dependencias militares más importantes, incluido el anillo de seguridad del presidente, de manera abierta y soterrada, que con ambas modalidades se perpetra la ocupación.

No es cosa rara el elevado nivel de vida de oficiales que han pasado por cargos públicos importantes, tanto dentro como fuera de las Fuerzas Armadas, cuyos lujos y dispendios son obscenos. Por las calles de Venezuela se les ve en vehículos cuyo costo sobrepasa lo que recibe un oficial por concepto de prestaciones sociales después de 30 años de servicio. Los militares magnates forman parte del conjunto de emblemas del régimen chavista.

No es cosa rara que asciendan oficiales retirados a contravía de la tradición, de las leyes, de la moral de la institución armada.

No es cosa rara que los militares vociferen consignas políticas que, encima, entrañan una amenaza a una parte de la población. El propio Cabello les señaló a los cadetes su deber de “combatir la burguesía”, en la que, desde luego, no se incluye él, máximo representante de la burguesía exprés, sino que apunta a los venezolanos adversarios del régimen.

En su intervención, Cabello amenazó a quien quisiera “traicionar a Chávez”, pero no rozó ni con el pétalo de una rosa a quienes han convertido en rutina la traición a la Constitución.

En el discurso de Cabello, como siempre agresivo y tosco, subyace la certeza de que el grave problema venezolano no encontrará salida en el voto ni en los protocolos institucionales, que él, entre otros, se encargó de erosionar y vaciar de contenido. Muy pocos creen hoy que la aguda crisis se resolverá con métodos previstos en la Constitución. Cabello y su pandilla se encargaron de detonarlos. Y de tanto abusar con sus procedimientos acostumbrados, nos dejaron librados a las cosas raras.