• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cortina de silencio

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Hoy en Venezuela se ha llegado a la cumbre del periodismo revolucionario: decir algo gota a gota para finalmente no decir nada. Quizás esta estrategia hubiera funcionado en aquellas épocas del estalinismo durante la cual los secretos ordenados por el partido terminaban enterrando el derecho de los ciudadanos (en este caso de los proletarios del mundo unidos) a saber la verdad sobre la suerte de sus mandatarios, como si éstos no hubieran sido referencia y guía de los comportamientos no sólo de los altos burócratas sino de los millones de seguidores que le daban peso al régimen.

Pero en los tiempos actuales eso resulta imposible, por no decir ridículo, ya que las fuentes de información disponibles son tantas y tan variadas que no pueden ser sometidas a control nacional ni internacional. En estos casos, lo conveniente es establecer estrategias que permitan un flujo de la información permanente sin que por ello se viole el derecho a la privacidad del enfermo y en general de su propia familia.

Pero los mecanismos empleados por el Gobierno en el caso de la gravedad del Presidente contradicen en sí mismos su propia esencia popular y de masas, ya que todo se maneja en un ambiente de secretismo, de roscas en el poder que tienen derecho a saberlo todo para su propio provecho y no para tranquilidad de los millones de seguidores del líder bolivariano. Con ello no han logrado otra cosa que llevar innecesariamente la incertidumbre, el miedo y la inestabilidad a gran parte del país.

Resulta difícil entender la lógica de esta estrategia absurda y desmesurada en esta época avasallada por el avance de las comunicaciones. El resultado es que se le trasmite falsamente a los seguidores del Presidente la sensación de que el Gobierno está débil, que está asustado y temeroso de que la situación se les escape de las manos.

Nada más alejado de la verdad porque la tranquilidad reina en las calles de todo el país, no se imparten clases en los recintos universitarios y en los liceos, la gente regresa a sus casas luego de las vacaciones, no hay conflictos activos en las empresas del Estado ni en las privadas, Pdvsa sigue bombeando petróleo y los militares ni siquiera están acuartelados. Mejor imposible.

Entonces ¿por qué las principales figuras del Gobierno, a excepción del ministro de Información Ernesto Villegas, han adoptado ese tono enfurecido contra la oposición como si Caracas estuviera rodeada por insurgentes antibolivarianos, algo que a nadie le pasa por la cabeza porque es imposible? Desde el poder se le debería dar las gracias a la oposición por la forma tranquila, serena y democrática como se ha comportado en estos momentos tan cruciales para la estabilidad de la república.

Venezuela pide paz, entendimiento y convivencia. No está en el ánimo de la oposición echarle leña al fuego ni mucho menos crear más odios y rencores. ¿O es que el Gobierno quiere ahora justificar una ola represiva?