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Mirla Alcibíades

Corridas de cintas

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No me atrevo a asegurar en qué momento se inauguró esta diversión. Probablemente fue habitual desde tiempos remotos. Pero, la verdad, no puedo dar certeza alguna sobre este punto. Sí puedo asegurar que en mis constantes exploraciones en archivos venezolanos, me topé con ella en 1878. Se trataba de las corridas de cintas.

         En estos asuntos de datas y documentos a los que tengo afición, me interesa destacar el año de 1889 pues en esa fecha se publicó un escrito de sumo interés para nuestro asunto de hoy. Ese texto deja ver que las corridas de cintas existían en Sevilla. No caigo en la tentación de sostener que la costumbre practicada aquí vino del otro lado del Atlántico. Tengo mis reservas en punto al origen o procedencia de algunas manifestaciones propias de nuestra cultura, y abrigo esas dudas por cuanto no se me quita de la cabeza que muchas expresiones culturales que los españoles tienen como suyas, en realidad surgieron en América. Pero, desde luego, sólo señalo el asunto al pasar pues lo que toca tratar en este momento tiene que ver con la diversión puntual que he nombrado.

Como quedó indicado, con toda certeza para 1878 las corridas de cintas atrapaban la atención mayoritaria. En esos años se las conceptuaba como una diversión dominical, que estaba llamada a sustituir los encierros de novillos (lo que ahora llamamos toros coleados). Otro rasgo distintivo estaba constituida en su formalidad citadina, vale decir, era práctica urbana.

La pregunta natural que deriva a partir de lo dicho hasta ahora es simple: ¿qué era una corrida de cintas? Una visitante francesa de quien hablé en una columna anterior, Jenny de Tallenay, describió este acto de disfrute.

Les cuento que esta francesa llegó a nuestro país de 1878. Era hija del encargado de negocios y cónsul general de Francia en Venezuela, Henry de Tallenay. La familia permaneció en el país desde agosto de ese año hasta abril de 1881. Al poco tiempo de su llegada a Caracas la familia acudió a una de estas corridas de cintas.

La visitante francesa nos cuenta que se colocaban "cuerdas a cierta altura, de una casa a otra"; es decir, la cuerda se colocaba de tal manera que atravesaba la calle. En esa cuerda se colocaban cintas de diversos colores. En la extremidad inferior de la cinta destacaba un anillo de cobre.

¿En qué consistía el reto? Hay que decir que no era fácil. Si hacemos un ejercicio de imaginación, podremos visualizar un ambiente acalorado (por decir lo menos). Los caballos piafaban y se encabritaban, mientras esperaban que el juez diera la señal de partida. A la inquietud de los animales contribuía el inevitable roce entre ellos, la aglomeración y gritos de las personas que se situaban a lo largo de la calle, el sonido de la música que estaba colocada en la ruta designada para la carrera, los vítores de las personas (sobre todo señoritas) que se juntaban en las ventanas de las casas a presenciar la competencia y, sobre todo, las explosiones de los fuegos artificiales. De manera que la destreza demandada a esos jinetes era extrema.

En esa exaltada atmósfera, los varios jinetes a caballo que entraban en disputa se situaban en la esquina. Todos esperaban la señal convenida y todos llevaban "una espada ligera", nos dice la visitante. En realidad, más que "ligera" era delgada, pues su destino era ser introducida en el anillo que pendía de la cinta. De esa guisa, el jinete que atinaba concretar el propósito lograba arrancar la cinta.

El ganador tenía una recompensa galante que nos describe nuestra conocida visitante. "Cuando un joven llega a ser feliz poseedor de una de las cintas, se acerca, mientras hace piafar su caballo, a las ventanas de las casas vecinas, llenas de preciosas señoritas de ojos negros, y hace el homenaje de su trofeo a la más hermosa". Cuando la joven recibía el obsequio, daba "en cambio algunas flores que ata al pomo de su silla y con las cuales adorna su valiente corcel". El que lograba mayor número de cintas era paseado en hombros.

Aunque Jenny de Tallenay no abunda en otros detalles que nos gustaría tener al alcance, es preciso agregar que se hacían varias competencias. Para acumular otros datos relativos a esta diversión, tomo en cuenta las corridas de cintas que se organizaron el 27 de abril de 1879, con el propósito de conmemorar el triunfo militar de Antonio Guzmán Blanco ese mismo día y mes, pero en 1870.

Lo primero era escoger las personas consideradas principales (en el presente las llamaríamos, con capacidad de convocatoria) para escoger los capitanes y designar el número de cuadras donde se haría la competencia. Sobre este último punto, este año que tomo en cuenta se seleccionaron tres: de Dr. Paúl a Salvador de León, de Salvador de León a Socarrás y de Socarrás al puente Guzmán Blanco.

Después se designaban los capitanes por cada cuadra. Este año, esa función la cumplían mujeres (supongo que las/os capitanas/es debían vivir en la cuadra seleccionada). También imagino que las funciones de estas damas tenían que ver con el ornato de la calle, con los refrigerios, con los obsequios a quienes ganaban en cada cuadra. Además, seguramente eran ellas quienes convocaban a los vecinos para que adornaran los frentes de sus casas. Por cierto, la prensa solía referirse al engalanamiento de las casas cuando era llamativo el ornamento.

Además de las capitanas, también estaban los capitanes. Estos atendían responsabilidades de otro tipo. Estaban los encargados de la música, se contaban los responsables de los fuegos artificiales, no faltaban los que dirigían la construcción de los templetes para cobijar a los músicos, debían sumarse los destinados a la publicación del programa en la prensa y en hojas sueltas y, en esta conmemoración guzmancista, los capitanes para hacer la invitación personal al Ilustre Americano.

En realidad, esos capitanes es lo que llamamos ahora comisiones (naturalmente, a un siglo bélico como fue el XIX le costó mucho desprenderse del léxico militar). Cada comisión la integraba un promedio de cuatro personas. No eran pelafustanes estos capitanes. En esta corrida de cinta que comento, integraron la comisión de música el Dr. Diego Bautista Urbaneja y el general Andrés A. Level, entre otros; uno de los capitanes para fuegos era el general Francisco Tosta García; los capitanes para publicar el programa en la prensa y la hoja suelta eran los dueños-directores de los dos diarios más importantes del momento; Fausto Teodoro de Aldrey (por La Opinión Nacional) y Manuel María Fernández (por Diario de Avisos).

Se impone agregar que no se organizaban estos eventos sólo para conmemorar fechas vinculadas con el poder político. Había corridas de cintas en varios momentos a lo largo del año: fiestas parroquiales, hitos destacadas (como el 19 de abril), carnaval. En general, toda circunstancia que se considerara propicia para reunir a la población en espíritu de jolgorio, se exponían estos actos tan festivos.

Digo más sobre estas corridas de cintas. Hubo periódicos que publicaron imágenes de esta práctica urbana que, según Jenny de Tallenay, comenzaba a caer en desuso en 1881 cuando se inauguró el hipódromo. De manera que con la información escrita y visual es posible reconstruir el mecanismo de ese acto deportivo. Me pregunto, a partir de lo descrito, si no sería oportuno revivir esta actividad en nuestra región llanera. Claro, si se otorga un premio que supere ramos de flores y paseos en hombros.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com