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Humberto Márquez

Corresponsales: la mirada culpable

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Los altos mandos políticos de Venezuela ya han hecho costumbre señalar a los corresponsales de la prensa internacional, laboren permanentemente en el país o estén sólo de paso, como actores de primera línea y en ocasiones como gestores de políticas editoriales adversas, campañas de opinión y soportes de intrigas y hasta de conspiraciones.

Si una información es del agrado de estas cúpulas dirigentes del Estado, si alaban sus realizaciones, conductas o palabras, se trataría de una adecuada lectura y correcta interpretación, dictadas por una ineludible constatación de la verdad y la contundencia de los hechos, así como por la claridad y validez de la exposición de los asuntos.

Si la información les desagrada, entonces se está en presencia de prejuicios, parcializaciones, descontextualizaciones, ignorancias, superficialidades, carencias éticas, pura mala fe y alineación con los enemigos de las buenas causas, concediéndose a veces en tono perdonavidas que el periodista “objetiva e involuntariamente se presta para…”.

Al paso del tiempo, esa maniquea apreciación del quehacer de los medios globales para informar a sus audiencias, esa vía rápida para (des)calificar el trabajo de profesionales forjados en años y años de desvelos para mejor servir a sus públicos, se ha establecido no sólo como una referencia sino como un método para encarar el trabajo de la prensa internacional, escaleras abajo en la pirámide de las instituciones públicas de Venezuela.

Comprado ese discurso, funcionarios de todo nivel, activistas políticos y gentes del común requeridos como informantes o a quienes se solicitan desde entrevistas hasta elementales documentos, o meros datos y cifras para corroborar sus asertos, sistemáticamente rechazan atender la libreta o el micrófono del corresponsal y se refugian en el mutismo, el desdén o el cuestionamiento de la pregunta, de la intención de la pregunta, de la intención verdadera aunque oculta de la pregunta, de lo que la pregunta deja de preguntar, de la matriz de opinión (término manoseadísimo por los declarantes en el poder) de la que la pregunta se hace parte…

Y existen más recursos de los que se echa mano. Entre los más usuales está la “consulta” para establecer si se puede contestar o no, o la remisión a alguna clase de solicitud escrita donde, entre otros requisitos, los corresponsales o sus medios deben exponer cuáles son la “visión” y la “misión” que poseen, a fin de que el funcionario evalúe si declara, cuándo, y aun así la solicitud puede quedar sin respuesta. Un recurso muy duro es sencillamente no abrir las puertas: ¿se muestran a la prensa independiente los hatos rescatados, los centrales azucareros, las explotaciones carboníferas, las instalaciones que tratan residuos petroleros?

Estadísticas vitales, memoria-y-cuentas, informes epidemiológicos, cifras sobre manejos ambientales… la morosidad, cuando no la opacidad, ya son tan usuales desde fuentes oficiales en Venezuela que comprensivas mesas de edición de medios globales han dejado de solicitarlas a sus corresponsales. Es imposible no ver que adolecen de las mismas carencias las embajadas, los organismos internacionales, las ONG.

Paradójicamente, la prensa global y sus corresponsales en Caracas resienten la pobreza de la información disponible precisamente enfrente de un aparato estatal provisto de una gran cantidad de recursos de comunicación e información, que van desde la propiedad e intenso empleo de medios audiovisuales hasta el uso sin parangón en el mundo de cadenas de radio y TV, pasando por dispositivos de prensa en todas las dependencias públicas y una copiosa legislación para normar el desempeño de los medios privados.

No obstante, si como consecuencia de los candados puestos a la información buscada, la pieza periodística producida por el corresponsal o el medio no resulta asaz satisfactoria para los dirigentes del Estado, entonces procede la descalificación o el cuestionamiento, como señaláramos arriba, y el trabajo periodístico será considerado parcial, incompleto, sesgado, tendencioso o deliberadamente ignorante de los progresos que no fueron reflejados. Se lo    suma, además, a la “matriz de opinión” de turno contra la verdad oficial en Caracas.

Valgámonos del lugarcomunismo: al proceder así el liderazgo estatal toma el rábano por las hojas, ubica el frío en las cobijas, evalúa las obras según los autores, juzga por la propia condición, combate el mensaje atacando al mensajero.

¿Tienen los medios globales líneas editoriales, a veces críticas de gobiernos y estados como el venezolano? Por supuesto. ¿Se los puede ver defendiendo intereses de tipo empresarial o a los gobiernos de sus países? Claro que sí. ¿Lucen a menudo alineados con una agenda internacional distinta o contradictoria con la oficial de Caracas? Ciertamente. ¿Los corresponsales trabajan sobre esos rieles, se permiten dosis de subjetividad, incurren en errores? Todos los cometemos.

Pero esa no es la condición esencial de esos medios, surgidos mucho antes del actual gobierno de Venezuela y debidos a públicos que optan por el pluralismo y sostienen la crítica a sus propios estados y a muchas conductas de sus empresas. Menos aún la de los corresponsales, en el caso de Venezuela compelidos a la cobertura de esta especie de guerra civil en cámara lenta –con bajas no frontales sino colaterales, víctimas de la criminalidad—en que ha devenido la lucha política que en otros países se desenvuelve de modo distinto.

Los corresponsales volcados al trabajo de presentar a Venezuela ante los muy disímiles públicos del exterior son profesionales dedicados, con experiencia, celosos de la precisión, con un gran sentido de competir no sólo por la primicia sino por recoger y exponer voces, versiones y verdades diversas, plurales. Los hay que llegados del extranjero echan raíces familiares en este suelo o traducen en libros sus años de experiencias.

Profesionales así no son descalificables sin que se descalifique el que los descalificare, como en el trabalenguas de Constantinopla. Que el Estado carezca de políticas asertivas hacia la prensa global es otro tema. Lo que existe, ocurre y se muestra no es culpa de la mirada extranjera.

@hmarquez26