• Caracas (Venezuela)

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Carlos Paolillo

Coreógrafos y repertorio

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El Ballet Teresa Carreño parece vivir una etapa actual de particularidades tanto en su institucionalidad como en su orientación artística. Durante este reciente tiempo, signado por la intervención a la fundación administradora del complejo cultural al cual pertenece esta compañía que cuenta con 35 años de trayectoria, su labor se ha enfocado en proyectar, incluso más allá de los espacios del propio Teatro Teresa Carreño, la visión que actualmente posee y que podría resumirse en la constitución de un repertorio neoclásico de perfil latinoamericanista en manos de coreógrafos nacionales, miradas a títulos de valor universal inscritos dentro de este estilo y un renovado interés por el ballet clásico ruso de matices soviéticos, vigente desde ya iniciado el siglo XX.

La realización de una nueva edición del laboratorio coreográfico, a través del cual se busca estimular a los integrantes del Ballet Teresa Carreño a incursionar en el campo de la creación, con el objetivo de impulsar el surgimiento de una nueva generación de coreógrafos que aún no se manifiesta con claridad, necesaria para garantizar la sostenibilidad de la compañía a futuro, constituye uno de los puntos a favor acumulados en este dificultoso año. Otros tantos suman las giras nacionales emprendidas por el elenco por el oriente y occidente del país, así como la reciente temporada presentada en la Sala Ríos Reyna reabierta al público.

Un programa concierto ofreció el Ballet Teresa Carreño en esta ocasión, que trajo la reposición de La luna y los hijos que tenía de Vicente Nebreda, creada en 1975 para el Ballet Internacional de Caracas y que representó una búsqueda rodeada de exaltada polémica sobre el mestizaje cultural venezolano. Luego de un tiempo prudencial, la obra adquirió el carácter de emblema del sentido de identidad en su autor, constituyéndose en una aportación fundamental en la configuración de un ballet neoclásico continental.

Al momento de su estreno, a cargo de un elenco de bailarines multicultural, representó una experiencia escénica abigarrada que incorporaba tambores negros en vivo a la música contemporánea de aires nacionales especialmente comisionada. Una poderosa expresividad, orgánica y plástica, caracterizaba la interpretación de La luna en aquel entonces. Hoy, mucho de esa esencia expresiva y de la vivencia plena de la gestualidad de Nebreda se ha perdido, disminuyendo, en consecuencia, su capacidad de impacto en el escenario.

La referida temporada incluyó también los nombres de otros coreógrafos venezolanos –Mariela Delgado, Walter Castillo y Héctor Sanzana, este último ya de cierta presencia en el ámbito suramericano– cuya trayectoria como intérpretes y su persistencia de años dentro del hecho coreográfico nacional los ubican como los relevos con los que cuenta en la actualidad el ballet venezolano.

En cuanto a retomar el repertorio académico, por esta vez centrado en los pas de deux Diana y Acteón (Agrippina Vaganova) y Llamas de París (Vasili Vainonen), se trata de una iniciativa tal vez bien direccionada que requiere del concurso de maestros sólidamente formados dentro de sus extremas exigencias estilísticas y técnicas, que conduzcan a sus ejecutantes a interpretaciones cónsonas con los elevados e ineludibles retos que lleva consigo.