• Caracas (Venezuela)

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Lena Yau

Conversación improbable con Adam Zagajewski

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A los vecinos de Chacao

 

El desorden en los cajones de la memoria no es involuntario.

Robert Doisneau

 

Quiero contarte la ciudad que ya no tengo.

Busco enseñarte fotos antiguas, pero las perdí.

En las mudanzas se deja una impronta.

Plumas, piel, instantes congelados, la vida en fotogramas.

Recuerdo a Kafka hablando de retratar con los ojos cerrados.

Dejo caer los párpados y me entrego a la primera imagen y a la primera palabra.

Una sirena en pan de oro resguarda siete letras de bronce.

Tu Vístula queda en Polonia pero también en Chacao.

En la tercera transversal de una calle que antes se llamaba Mis Encantos y que ahora es un bulevard.

¿Te parece curioso que en esa ciudad se lea tanto a Wislawa, Milosz, Zbigniew?

Más que leídos son rezados.

Caracas suena como Cracovia.

 

Imre Kertesz define la amplitud de la libertad por la cantidad y diversidad de los incógnitos que uno pueda guardar.

Entonces fui muy libre en Monterrey.

El calor me obligó al incógnito.

Huyendo de él me colé en una boda.

Las iglesias tienen aire acondicionado.

Tan desconocida como libre lancé arroz a los novios y felicité a sus parientes.

Sopesé unirme a la fiesta pero en el camino me encontré una casa amarilla con un zaguán invitante.

Entré.

Desde la pared me saludó al menos treinta veces Henri Cartier Bresson.

Una imagen mostraba al fotógrafo, a Balthus, a un gato.

Cuento al vigilante que el trío hablaba de Rilke y de Mitsou.

El hombre me pidió el resguardo de la entrada al museo.

—No lo tengo –le dije–. Entré, no más.

—¿A poco esa historia que me contó es cierta?

—¿Te gustó?

—Sí.

—Pues, ya tienes tu respuesta. ¿Te cuento otra?

—Ándele.

Le hablé de una foto que me encontré en la hoja de periódico que envolvía un plato que heredé de mi abuela y que me traje a Madrid.

Luego le expliqué que ese plato viajó desde La Palma hasta Caracas.

Cuando mi abuela decidió quedarse entregó el plato a quien decidió partir.

La buena suerte y la buena ventura son para la boca, me dijo.

Mi abuela: una canaria que hizo arraigo en Chacao.

Quizás escuchó que también allí había palmeros.

 

Cuando llegué a Madrid me sorprendió que en una calle con el nombre de Costa Rica quedara un edificio llamado Yaracuy.

Una ciudad del trópico puede tener rincones europeos.

Una ciudad europea viste sus avenidas de Caribe.

Vuelvo a Kertesz porque dice que para contar hay que recuperar el lenguaje personal que es el único fiable.

Los nombres de hoy me niegan, mi lugar se dice de otro modo.

No quiero perder al ayer.

Tampoco quiero renunciar al presente.

Reconquisto mi calle y donde hoy las imágenes retienen el humo de bombas lacrimógenas pongo el humo de las cebollitas que envueltas en papel de seda estrellábamos contra la acera.

En esas ventanas que muestran rostros con máscaras para respirar pongo a una niña que jugaba incansable a darle vueltas al tendedero.

Las únicas bombas son de gas butano.

La niña chupa un mamón hasta dejar calva la semilla, ojea las ventanas vecinas para comprobar que no hay testigos, apunta, lanza la pepa contra las bombonas, se agacha para que nadie la vea, oye un clinc, se tapa la boca, se ahoga de risa.

 

Dices que por lo común buscamos aquello que ya no existe, que al hallar lo extraño en la ciudad donde naciste, hallaste lo extraño en ti.

 

Ese camino está en mi lista de pendientes.