• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Mayobre

Controles

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Hay controles benéficos y controles dañinos. El control estatal sobre la industria petrolera es benéfico, siempre que se haga dentro de un marco democrático.

La República no puede ser soberana si la mayor riqueza del país está en manos que no representen la voluntad de la sociedad, del pueblo. Por razones geológicas y de destino esa riqueza es el petróleo. De manera de que solo una institución que represente la voluntad popular debe controlar la industria petrolera. La única institución capaz de representar la voluntad popular es el Estado democrático. Luego, la industria petrolera debe estar bajo control estatal, como lo ha estado desde su nacionalización en 1976, o lo estuvo por vías fiscales indirectas desde la década de los cuarenta del siglo pasado. En caso contrario, Venezuela sería una simple factoría petrolera.

Pero también hay controles dañinos. El control estatal de la industria petrolera significa un monopolio. Esto es, hay un solo vendedor. En el caso específico de Venezuela ello implica que casi la totalidad de los ingresos por exportaciones queda en unas solas manos: el gobierno nacional. Por razones que no es el momento de explicar 95% de esa riqueza ante el mundo exterior, la recibe el Poder Ejecutivo.

Tal poder monopólico se puede ejercer de manera abusiva o con el fin de adelantar el progreso del país. La modalidad más simple de ejercerlo de manera abusiva es el control de cambios (solo aconsejable en casos de emergencia, pero utilizado en nuestro caso durante más de una década a pesar de los altos ingresos petroleros). El gobierno se reserva el derecho de asignar de manera arbitraria las divisas. Decide, por ejemplo, si se destinan a adquirir alimentos, papel toilet, papel periódico o a favorecer a sus amigos nacionales e internacionales. Tal decisión contraviene no solo la pluralidad que caracteriza a la democracia, sino que otorga a los burócratas de turno un poder desmesurado sobre el resto de la ciudadanía. Escoger, por ejemplo, si es mejor importar desde China o Argentina. (Lo que ha sido recientemente formalizado con la creación del Centro Nacional de Comercio Exterior).

Además, se crean graves distorsiones económicas. Si se decide mantener la moneda sobrevaluada como ha sucedido durante los últimos diez años (y quizás más) se fomentan las importaciones, se inhibe la producción nacional y se impiden las exportaciones distintas del petróleo. Si, por el contrario, se le mantiene subvaluada se reduce la capacidad de compra y el nivel de vida de los consumidores nacionales.

Por ello, la manera de contrarrestar el excesivo poder económico del Estado y de enviar señales económicas adecuadas consiste en combinar el poder monopólico del Estado en la industria petrolera con una tasa de cambio de mercado de la moneda nacional. De esa manera se evitaría, por una parte, la fuga de capitales, endémica desde los meses anteriores al Viernes Negro de 1983, y por la otra se darían las señales adecuadas para promover el ahorro en el país y la inversión en actividades que estimulen la diversificación económica y reviertan el catastrófico proceso inflacionario y de dependencia de las importaciones que hemos padecido en los últimos años.

Debido a los excesivos desequilibrios creados en el pasado reciente, lograr una tasa de cambio de la moneda nacional de mercado no se puede alcanzar de golpe y porrazo. Pero ese debe ser el objetivo en el mediano plazo. Es algo parecido al precio de la gasolina. No se puede aumentarlo en 100 veces de la noche a la mañana para acercarlo a los niveles internacionales. Pero se debe saber hacia dónde se quiere llegar. Una tasa de cambio de mercado daría las señales económicas adecuadas para orientar las inversiones tanto nacionales como internacionales que dinamizarían la economía nacional.

Los controles de precio, que pueden ser benéficos o dañinos, se han utilizado abusivamente y han conducido al desabastecimiento. Teniendo en cuenta lo anterior, la insistencia del gobierno en utilizar su monopolio sobre las divisas para favorecer a amigos y castigar enemigos ha propiciado un clima poco democrático. A la vez ha aumentado el atraso con respecto a la competitividad internacional y la globalización que, a su vez, ha conducido a la economía nacional a encontrarse cada vez más aislada. Y ha alimentado el llamado contrabando de extracción que drena a la población de los productos nacionales y estimula la corrupción y la escasez.

Evidentemente para alcanzar una tasa de cambio de mercado aceptable resulta necesario adoptar políticas fiscales y monetarias ortodoxas, que no son de por sí conservadoras sino de sano sentido común: no gastar más de lo que ingresa ni utilizar el monopolio sobre el ingreso de divisas para seguir endeudando irresponsablemente a la nación.