• Caracas (Venezuela)

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Héctor Faúndez

Contrastes

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Con una semana de diferencia, Venezuela y Chile han tenido elecciones, para elegir alcaldes y concejos municipales en el primer caso, y para elegir presidente de la República en el segundo. Sin embargo, a pesar de tratarse de dos países con mucho en común, la forma como se desarrollaron esas elecciones fue muy diferente. En realidad, las elecciones presidenciales chilenas, que pudimos ver por televisión, dejaron más de una lección para el CNE, para nuestros partidos políticos y para el gobierno.

El primer contraste notable tiene que ver con la ausencia de una intervención descarada de los poderes públicos en las elecciones chilenas. Huelga decir que, sin perjuicio de situaciones aisladas, que son investigadas y sancionadas, los recursos del Estado tampoco están al servicio de cualquiera de los candidatos. En particular, a diferencia de la “hegemonía comunicacional” imperante en Venezuela, los medios radioeléctricos que son propiedad del Estado chileno no están al servicio de los candidatos del gobierno y deben observar un escrupuloso equilibrio informativo.

Por otra parte, aunque en ambos casos se trataba de elegir a una persona (un concejal, un alcalde o un presidente de la República), y no a un partido político, en Venezuela la papeleta de votación era de gran tamaño, llena de colores y de símbolos de los partidos políticos; por el contrario, en Chile se utiliza una sencilla papeleta, solo con el nombre de los candidatos; basta con eso. Es obvio que, con mucha frecuencia, esos candidatos surgen de los partidos políticos; pero quien va a ocupar el cargo es una persona, que ha sido elegida no solo por su militancia o por su ideología, sino por su trayectoria y por su credibilidad. Pero la clase política venezolana nos obliga a votar por la tarjeta de un partido y no por la persona que se postula para un cargo de elección popular.

Gracias a Jorge Rodríguez, las elecciones venezolanas se realizan con toda una parafernalia que incluye sofisticados equipos electrónicos, muchos de los cuales no funcionan y retrasan innecesariamente la votación, como nuevamente ocurrió en esta ocasión. Por el contrario, en Chile los electores no cuentan ni con capta huellas ni con máquinas de votación electrónica; basta con un simple lápiz y un trozo de papel con el nombre de los candidatos. Ese procedimiento tan sencillo de los chilenos no solo ha evitado el pago de comisiones millonarias, sino que ha resultado más transparente y más confiable que el venezolano.

Los chilenos tampoco han adoptado el recuento automatizado del CNE y recurren al conteo manual, en presencia del público y de los medios de comunicación. Aun así, en las elecciones chilenas las mesas electorales cerraron a la hora prevista, e inmediatamente iniciaron el recuento público de los votos emitidos. La televisión mostraba las papeletas mientras estas eran contadas, y rápidamente se tenía el resultado de cada mesa electoral; paralelamente, sin interrumpir las transmisiones y sin recurrir a cadenas de radio y televisión, el Servicio Electoral iba entregando resultados parciales, correspondientes a los votos ya escrutados en todo el país. En menos de 3 horas, y antes de las 8:00 de la noche, ya se tenía el resultado definitivo de lo que los chilenos habían decidido con un lápiz. De inmediato, el presidente de la República llamó a Michelle Bachelet para felicitarla por su triunfo, y la candidata derrotada, Evelyn Matthei, visitó a la vencedora para saludarla y desearle éxito en su gestión.

Son dos visiones diferentes de lo que es una República, y dos formas distintas de tomar decisiones trascendentales sobre el destino de una nación: con el respaldo de las botas o, simplemente, valiéndose de un lápiz.