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Ramón Hernández

Contrahegemonía

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El ministro de espionaje, comunicación y propaganda arrastra severas deficiencias en dos herramientas básicas para el ejercicio del cargo: la historia y el lenguaje.

En los últimos sets televisivos se ha encariñado con la palabra "hegemonía" sin haber tenido la osadía de consultar el diccionario, el mataburros. Entendemos que el riesgo es alto en su caso y comprendemos que le tiemblen las rodillas, la pantorrilla y la punta del pie; pero, dada la responsabilidad que la revolución le ha asignado, tendría que asumirlo como un gaje del oficio, ¿acaso no fue de los que repitió "patria o muerte"? Abróchate, galán.

En el diccionario filosófico concebido y elaborado por la Academia de Ciencias de la URSS, en concordancia con los cambios y sugerencias emanados del XXII Congreso del PCUS, celebrado en 1961, no aparece la palabrita, quizás creyeron que era algo referido a Hegel y le cogieron miedo. Villeguitas como buen desconocedor de Gramsci, ese autor que Maduro mandó a leer, ignora las connotaciones de "contrahegemonía" y ha quedado entrampado en su propio batiburrillo. Como no se sabe qué color tiene el burro hasta que se tienen los pelos en la mano, hay que recordarle que por simple totalitarismo en la Rusia que se desplomó sin necesidad de echar un tiro en 1991, la hegemonía comunicacional del Estado era absoluta. Todos los medios impresos y audiovisuales eran del Estado, y hacían alarde de la gran cantidad de ejemplares que se imprimían de Pravda, Izvestia y Komsosomolskaya Pravda, este último el órgano de la Juventud Comunista. Ahora, después de la crisis del papel tualé intuimos el gran valor que tiene Granma en la isla de Cuba.

En la "artillería del pensamiento" del madurismo-villeguiano, la "hegemonía comunicacional" tiene dos características propias y una universal. La última es que está saturada de jalabolismo, adulación y total ausencia de crítica; las otras dos que prevalecen son el simplismo y la cloaca, de la que Villegas se ha revelado un gran defensor, no sólo en su práctica de pinchar teléfonos, sino como teórico defensor de las bondades de que una televisora del Estado mantenga en su programación degredos como el que conducía el agente del G2, ahora en fuga.

Komsosomolskaya Pravda publicó unas cifras que descubrieron una gran realidad y precipitaron la implosión: después de millones de muertos en las ergástulas rojas y de pasar casi setenta años de penurias y un lamentable servicio de salud, lo único que podían mostrar eran bombas atómicas construidas a partir de los planos robados del Proyecto Manhattan; que mientras Rusia en 1917 era séptima en consumo per cápita, en 1989 era la septuagésima séptima, después de Suráfrica y delante de Rumania. La hegemonía los había hecho a todos miserables, incluidos los miembros del Comité Central. Un fracaso general en el nombre de la felicidad perpetua.

Despierta chirulí. Vendo enciclopedia socialista, sin estrenar, con el celofán intacto; se acepta carro chino como parte de pago.