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Eduardo Semtei

Constituyente o la ilusión como política

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Luego de la Revolución Restauradora comandada por Cipriano Castro en 1899, desde las poltronas del gobierno se realizó en el 1901 una Asamblea Nacional Constituyente. Es decir, fue convocada desde el poder, desde el gobierno. En 1914 se aprobó una nueva constitución, mediante un novedoso procedimiento constituyente. Otra vez se inició desde el poder, fue desde el Gobierno donde se impulsó tal iniciativa. Bajo la batuta del general Gómez, se repite la historia de un presidente tejiendo una constitución a su medida. En 1947 nos encontramos rendidos ante la misma realidad, una Asamblea Nacional Constituyente, dirigida, orquestada, manejada otra vez desde el poder, desde el pobierno, ahora con Rómulo Betancourt a la cabeza de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Habrá notado el lector que siempre la constituyente es un acto de gobierno, tratando de perfilar una constitución que se parezca lo más posible al pensamiento, obra y acción de los gobernantes de turno. Por allí en el 1953 la Junta Militar de Gobierno, con Marcos Pérez Jiménez, quien había derrocado años antes al presidente Rómulo Gallegos, arma un nuevo parapeto constituyente y aprueba una nueva constitución. Se repite la historia, el gobierno, el poder político en acción haciendo la arquitectura de una constitución a su imagen y semejanza. El Congreso electo en 1958 aprueba una nueva constitución en 1961. No hubo en esta ocasión un proceso constituyente clásico, pero se evidencia que fue desde el gobierno donde se impulsaron las iniciativas para aprobar un texto constitucional. Chávez, una vez en el poder, convoca una nueva Asamblea Nacional Constituyente y aprueba el texto en 1999.

Este breve recuento me faculta para hacer algunas afirmaciones. Primero: todas las constituciones y asambleas constituyentes del siglo 20 fueron iniciadas, organizadas, dirigidas desde el poder político central. Desde el gobierno, de tal manera es evidente que, la convocatoria y ejecución de una Asamblea Nacional Constituyente pareciera estar sometida a los intereses de los gobiernos de turno. Tal vez por su complejidad, costo, tiempo. No existen iniciativas populares para convocatorias a constituyentes en Venezuela en los últimos siglos. Segundo: un proceso constituyente con el chavismo como gobierno, con la Asamblea Nacional en su bolsa de regalos, con el TSJ en la lista de sus admiradores, con la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría y el CNE, todos infestados de rojorojismo, representa un desafío cuyo costo en tiempo y esfuerzo bien vale la pena invertirlo en otros retos como las elecciones. Tercero: la falta de escrúpulos de los gobernantes actuales obliga a pensar la cantidad de trampas, tramoyas, falsificaciones, engaños que urdirán con toda seguridad para impedir que se produzca una constituyente o bien para garantizar que sus resultados, desde el referéndum llamando a la constituyente, la elección de los constituyentistas, la aprobación del nuevo texto y el referéndum aprobatorio, le sean ampliamente favorables, bien sea en libérrimas elecciones o bien sea en el uso y abuso de las tendencias irreversibles, las firmas planas y las inhabilitaciones oportunas.

Cuarto: no hay ninguna evidencia, ninguna encuesta, ninguna iniciativa mayoritaria y en general ningún interés de las grandes mayorías por un proceso constituyentes en un ambiente de crisis moral, de desastre económico, de desabastecimiento brutal, de inseguridad y muerte, de crisis en los servicios, de apagones, falta de agua, robo y corrupción desgraciada, de entrega de nuestra soberanía a Cuba y China. Es decir nadie le está parando bola, para presentarlo de manera cruda. Quinto: encerrar a la MUD en un debate en torno a una constituyente es debilitar a la oposición, agitar la marea de la división, gastar pólvora disparándole a los zopilotes y finalmente es ir en contra de la imposibilidad legal y hasta material, evidenciada en la historia que se repite tercamente, de realizar un proceso de tal naturaleza desde las gradas de la oposición y con un Poder Público inmoral y complaciente. Así que amigos míos, déjense de vainas y preparémonos lo mejor posible para enfrentar las elecciones parlamentarias que las tenemos a la distancia de una pedrada. Cada quien carga con sus desatinos y sus errores. Nadie quiere compartir fracasos. Y finalmente, nadie puede alegar en su defensa su propia torpeza.