• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

No es sorpresa afirmar que en la mayoría de las empresas integradas por trabajadores con perfil profesional son estos los que toman las decisiones que tienen como propósito coadyuvar al logro de los objetivos previamente establecidos por la junta directiva. Por lo tanto, cuando se habla de la participación de los trabajadores en el proceso productivo se está haciendo referencia a algo más que al resultado (utilidades) o básicas tomas de decisiones.

El término decimonónico de democracia industrial asociado a Louis Blanc por aquella célebre expresión según la cual no se podía tener república en las calles y monarquía en las fábricas, resume ese ideal que plantea la participación de los trabajadores en las decisiones de la empresa, algo que, si bien fue asomado por Buchez, Fourier y Saint-Simon, encontraría su expresión más acabada en el matrimonio de Sidney y Beatrice Webb (luego desarrollada por más pensadores como André Philip y Levinson, entre otros).

Sin embargo, el importante esfuerzo por dar vida a esta teoría del sindicalismo, que no en pocas ocasiones se emparentó con el cooperativismo, es por mucho tan añejo como fracasado, situación que da cuenta de lo delicada que resulta la conducción de una organización y, más aún, encomendar su destino a quienes prestan servicios por cuenta ajena y bajo la dependencia de otros. Un examen riguroso de tal balance permite identificar la relación directamente proporcional entre quiebra de empresas y el grado de intervención de los trabajadores.

En efecto, en esquemas de coinflujo, esto es, en el cual los trabajadores tienen por distintos mecanismos influencia participativa en la toma de decisiones sobre el destino de la empresa sin necesariamente tener que ser miembros de su junta directiva ni accionistas, el resultado final ha sido mucho más favorable respecto de los sistemas de cogestión (o gestión conjunta) y autogestión. Las experiencias previas no sólo en Europa, sino además en América Latina y específicamente en nuestro país, acopian datos verificables de lo anterior.

Piénsese, por ejemplo, en el fracaso del Central Azucarero Pío Tamayo, la Industria Venezolana de Papel, S. A. (antes Venepal), la Industria Venezolana Textil, S. A. (antes Hilanderías Tinaquillo, C. A.) y la Industria Venezolana de Válvulas, S. A. (antes Constructora Nacional de Válvulas), donde de forma irresponsable se achacó el paupérrimo resultado al supuesto desconocimiento de los trabajadores respecto del modelo económico propuesto (autogestión).

Sin importar la fórmula de participación económica impulsada por el régimen (cogestión, autogestión, cooperativas, empresas mixtas, empresas de producción social) la ecuación produce el mismo resultado de ineficiencia, incumplimiento de metas y despilfarro de recursos, los cuales, a la sazón de las expropiaciones y confiscaciones alimentadas por erráticas políticas económicas, acaban por atentar contra la producción nacional y obligan a destinar cada vez más recursos de los ingresos petroleros a la importación de bienes de primera necesidad: ¡vaya desarrollo endógeno!

Las circunstancias en las que se promulgó la nueva Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras, el pasado mes de mayo, se tradujeron en la reducción del desarrollo de las formas de participación de los trabajadores a dos artículos en los que, básicamente, se encomendó la tarea de elaborar una Ley Especial de Consejos de Trabajadores. Si bien ya existía en la Asamblea Nacional un Proyecto de Participación de los Trabajadores en la Gestión de Empresas (propuesto por la Unión Nacional de Trabajadores), el nuevo documento que aguarda por las correcciones finales para su discusión e implementación, poco o nada tiene que ver con su antecesor.

La implementación de recetas trasnochadas que basan su pretensión en la rancia y ya superada concepción de lucha de clases, trata de recrear esta vez una versión criolla de marxismo comunistoide materializada en la idea de los consejos de trabajadores que, desde ya, cuenta con mal augurio.