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Mirla Alcibíades

Consejas caraqueñas

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Los tiempos que trato eran aquellos en los cuales las abuelas referían a los nietos antiguas fábulas sobre el tirano Aguirre, la mula maniatada, la sayona, el enano de la torre de Catedral, el hermano penitente, el carretón de la Trinidad, el baile de las brujas, la aparición del muerto, la dientona, el rosario de las ánimas y la lluvia de piedras.

Aguirre fue arcabuceado en octubre 27 de 1561 y, de inmediato, el terror que suscitó en las distintas poblaciones donde anduvo de correrías lo convirtieron en figura legendaria. En realidad, en varios puntos del país lo avistaron desde el mismo año de su muerte. Por lo que se refiere a Caracas, la colina de El Calvario (antes de que Antonio Guzmán Blanco mandara a construir allí el paseo que conocemos hasta el día de hoy) sirvió para recorrido del alma en pena del traidor (como él se calificaba). Los espantadizos citadinos identificaban el ánima del susodicho cuando veían una tenue lucecita que irradiaba frágiles destellos en las noches oscuras. La prueba de que esa débil luminosidad era el alma atormentada de Aguirre estaba firmemente establecida: pues así como subía, repentinamente bajaba o, en su defecto, aumentaba el brillo y, de inmediato, lo reducía, para, al instante, desaparecer de un punto para aparecer en otro. Cuando los niños oían estas historias, palidecían de terror.

La ciudad entraba en toque de queda a partir de las 9:30 de la noche y, desde ese momento, por los lados de la Catedral se veía la mula maniatada. Este animalejo, que algunas veces relinchaba y, otras, rebuznaba –según se le viera como caballo o burro–, era el terror de las viejas. Algunas veces se restregaba en las ventanas y paredes y, al hacerlo, tenía cuidado de frotar la humanidad de las personas que a su paso encontraba contra esa ventana o pared. ¿Por qué le temían las viejas de la ciudad?, querrán preguntarme. Pues porque muchos veían al cuadrúpedo como encarnación de Lucifer. Se daba esta interpretación por cuanto la bestia era –decían– una mujer maligna, muerta años atrás, y a quien, en castigo por su excesiva curiosidad y el cultivo de la murmuración, había sido castigada por Dios para que no pudiera mancillar el honor de sus vecinos y, sobre todo, de las vecinas.

Converso apaciblemente con el cantautor, versificador y músico Alí Salinas (“el Hijo de Guanarito”) sobre estos asuntos y me habla de la sayona que se ve en las poblaciones llaneras donde se crió. Pero no estén creyendo que esta aterradora presencia solo espanta a los habitantes de tierras llaneras. La descripción que recibo de Alí Salinas coincide en algunos elementos con la sayona que también asustaba a los caraqueños. Los pobladores de la ciudad solían toparse en las noches con este fantasma que adquiría formas gigantescas. Se presentaba ataviada con un traje de larga cola que barría el suelo. En lugar de ojos, mostraba concavidades que despedían siniestro fulgor rojizo. Para completar tan horrible imagen, cuando el espectro se movía podía oírse el ruido de huesos que golpeaban uno contra otro. Ahí, testimoniaban, era cuando se le paraban los pelos a uno.

Definitivamente, los alrededores de la Catedral eran lugares preferidos para el recorrido de estos espectros. Quienes tenían que pasar por esos predios después de media noche, camino a casa, preferían dar un rodeo con tal de no exponerse. Los gallitos que desafiaban el miedo no se dejaban amedrentar y retaban el peligro. En esos casos, solo quedaba el posterior arrepentimiento. A partir de este momento transcribo la memoria que dejó un periódico de 1881:

“Referíase que en una madrugada del mes de enero, tenebrosa cual suelen serlo todas en este mes a causa de la niebla, dirigíase cierto joven a su casa de regreso del barrio de Candelaria donde había estado casi toda la noche entretenido; y habiendo acertado a pasar por la torre de Catedral, vio parado en el ángulo de la esquina que se halla al noreste a un hombre muy pequeño, tan pequeño, que de lejos se le hubiera tomado por un niño. Y como hubiese notado que el pigmeo fumaba un puro, acercósele a pedirle fuego para encender él a su vez un cigarrillo que llevaba en la mano. Dadas las gracias, como en tales casos se acostumbra, por el servicio prestado, retirábase ya el mozo cuando hubo de ocurrírsele preguntarle al enano qué hora era: pronto darán las 12:00 de la noche en el reloj de San Pedro en Roma, respondiole este con cavernosa voz; y creciendo súbitamente de tamaño hasta alcanzar con el brazo la gran muestra del reloj, situado bajo la estatua de la Fe que remata la alta torre de la Metropolitana, añadió, señalándole con un dedo gigantesco el minutero: ‘Y solo pocos minutos faltan para que en este reloj suenen las 5:00 de la mañana’. Cuentan que el mozo fue hallado poco después desvanecido, y que trasladado a su casa debió la vida únicamente a la esmerada asistencia que distinguidos médicos le prestaron durante largos meses que permaneció postrado en cama”.

Pero, si anda usted por esos lados en estos días, no tenga cuidado con este enano que, muy seguramente, era un bebé de pecho al lado de los malandros de hoy. No olvido que he mencionado otras apariciones como el hermano penitente, el carretón de la Trinidad, el baile de las brujas, la aparición del muerto, la dientona, el rosario de las ánimas y la lluvia de piedras. Pero esas consejas las dejaré para otra ocasión, pues no quiero matarlos de susto.


alcibiadesmirla@hotmail.com