• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Mayobre

Consalvi

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A mediados de febrero fui una tarde a la casa de Simón Alberto Consalvi. Me contó que estaba releyendo la biografía de Bolívar de Salvador de Madariaga. Le comenté que tenía el libro en mi biblioteca pero no lo había leído porque entendía que se trataba de un ataque injusto al Libertador. Narré una anécdota de mi madre, quien sí lo había leído. Ella era una admiradora ferviente de Simón Bolívar. Un día había conocido a un hermano del autor de la biografía y le había hecho un comentario sarcástico sobre la obra. Recibió la siguiente respuesta: “Señora, yo soy hermano de Salvador de Madariaga, pero no soy tío de su Bolívar”. Consalvi se rió y me dijo que la biografía pudiera escandalizar a los bolivarianos a la antigua, pero que se trataba de un estudio fascinante y bien documentado sobre la Independencia de América del Sur y su máximo líder.

Ante esa recomendación del maestro, a los pocos días comencé a leerla. Aún no la había terminado y ya Simón Alberto no estaba entre nosotros. Lo curioso es que cuando iba por la mitad del libro se me ocurrió una idea para el próximo artículo. Lo escribí un sábado y al día siguiente, cuando abrí el periódico, me encontré con que la columna de Consalvi del 3 de marzo, su penúltima, abordaba el mismo tema. Se titulaba “La guerra a muerte y otras guerras”. Sus citas sobre la proclama de Bolívar y sobre el macabro plan de Antonio Nicolás Briceño, que prometía ascensos militares a quienes entregaran más de veinte cabezas de españoles e isleños, eran las mismas que yo había utilizado. Su análisis, como siempre, era oportuno y esclarecedor.

No me quedó más remedio que modificar mi artículo. El martes lo tenía ya listo cuando se anunció que el presidente Chávez había fallecido. Ante esa noticia mi texto parecía inoportuno. Y debí escribir uno totalmente distinto. El domingo siguiente Consalvi publicó su último artículo. Se titulaba “Chávez”. Es quizás el balance más lúcido que se ha escrito sobre la desaparición del comandante y su papel histórico.

El lunes, 11 de marzo, un amigo me comunicó la noticia de que Simón Alberto Consalvi había fallecido. No podía creerlo. Hacía pocos días lo había encontrado lleno de vida y entusiasmo. Consciente de la difícil situación del país, pero dispuesto a llevar adelante sus proyectos intelectuales y políticos. Como si tuviera un legado por dejar aún más amplio y profundo del que ya había dejado. O, quizás, como si quisiera salvar de la destrucción aquello que había contribuido a construir: la democracia, la vida cultural, el respeto del mundo a Venezuela.

La vitalidad intelectual y política de Consalvi, disimulada bajo un manto de humor y escepticismo, era impresionante. La mantuvo hasta el último día. Su manera indirecta de enseñar y ser maestro transmitía los resultados de su curiosidad insaciable, pero más que eso encarnaba valores de responsabilidad personal y pública. No eran admoniciones, sino una manera espontánea de plantarse en el mundo.

La gracia con la que enfrentó muchas desgracias personales decían de su carácter. No transmitía a los otros lo negativo sino lo positivo. Sabía sobreponerse a las dificultades. Y así llegó a sus 85 años de vida plena con un entusiasmo contagioso, con la conciencia de una tarea por cumplir, sin engañarse sobre la hora oscura que vivía su patria.

Una de sus últimas contribuciones fue la Biblioteca Biográfica Venezolana. 150 breves obras que nos enseñan que hubo venezolanos que se jugaron por su patria. Unos con dignidad, otros no tanto. Se trata de libros de divulgación que ponen la historia nacional al alcance de todos y se oponen a la tergiversación de nuestro pasado adelantada por un poder autoritario. Un buen homenaje a Consalvi sería que la Biblioteca Biográfica culminara con su biografía. Porque su vida fue un ejemplo de entrega y pasión por Venezuela. Por la democracia y la cultura. Una cultura sin dogmatismos, como lo demostró acogiendo a los artistas e intelectuales radicales de izquierda que a la vez ensalzaban las guerrillas y recibían las becas que el Estado les daba.

Fue un apaciguador. Tanto entre sus compatriotas como en las relaciones internacionales. Sin renunciar jamás a sus convicciones ni dejar de promoverlas. Buscó una paz que permitiera el pluralismo y no fuera neutra en cuanto a la justicia social y el progreso económico. Fue un adalid de la integración de América Latina, siempre que fuera democrática. Como lo demostró en su empeño de lograr la paz de Centroamérica a través del Grupo Contadora, base de los mejores esfuerzos de integración del continente. Paz que fue un logro concreto y la cual ojalá acompañe a su memoria. Sólo queda decir adiós a un buen amigo.