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Andrés Cañizález

Consalvi, el tutor silencioso

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No puedo decir que Simón Alberto Consalvi haya sido mi amigo. Muchos de los textos publicados en estas páginas, en la última semana, han dado cuenta de la entrañable y en no pocos casos prolongada amistad de Consalvi con un sinfín de periodistas, políticos, académicos y artistas de Venezuela. Fue amistad que en no pocos casos se prolongó durante décadas o largos años. No fue mi caso, pero la muerte de Simón Alberto en lo personal me deja sin agudo y constante lector de los artículos de opinión.

En realidad tuve muy contados encuentros con Consalvi, en el primero de ellos apenas había asumido nuevamente responsabilidades editoriales en El Nacional, me hizo un par de comentarios que me dejaron en claro que leía mis textos. Aquello era un verdadero honor y lo sigue siendo. Mi saludo de “Doctor Consalvi” fue respondido con un “más doctor serás tu” que allanó de inmediato el tuteo de mi parte hacia aquella figura a la que considero uno de los próceres civiles de la Venezuela democrática del siglo XX. Mi presentación personal, que había ensayado para introducirme ante Consalvi, quedó hecha trizas de inmediato. Yo sé muy bien quién eres tú, Andrés. Así era Simón Alberto, de pocas y precisas palabras.

En un par de ocasiones le fui a visitar, en el periódico, y eso coincidió con el momento en que Consalvi escribía uno de los editoriales de El Nacional. Silencioso, como si administrara cada palabra, me hizo un cordial gesto para que le acompañara en silencio mientras terminaba de escribir. En verdad en la redacción coincidimos en pocas oportunidades, donde más interactué con Consalvi, una vez vencida mi timidez, fue en presentaciones de libros, foros públicos, seminarios académicos o inauguraciones de muestras artísticas.

Más allá del saludo de costumbre me hacía algún comentario, breve, puntual, para resaltar algún aspecto que le hubiese llamado la atención de mis escritos en este diario. En más de una ocasión, mientras escribía estos artículos de opinión, sentí su mirada sobre mi hombro, al saber que aquel hombre que había hecho de la lucha democrática una razón de ser leería mis bagatelas. En no pocas ocasiones escribí pensando en la reacción que tendría Simón Alberto ante mis opiniones. La bandera de la democracia, que personalmente enarbolo –en todo momento– está íntimamente conectada con personas que como Consalvi la convirtieron en un leitmotiv a lo largo de su existencia durante el último siglo en Venezuela.

Hace meses de un tirón me leí el libro Contra el olvido, ese hermoso y profundo diálogo de Consalvi con Ramón Hernández, editado por Alfa en 2012. Creo que dicho volumen es hoy su testamento público, evidencia de su terquedad por comprometerse con las más dignas causas del país y testimonio del tiempo que como hombre le tocó. Cuando terminé esas páginas, que me ayudaron a comprender cabalmente el papel de Consalvi como actor político e intelectual del siglo XX venezolano, me supe privilegiado de tenerlo como tutor silencioso.

Con Simón Alberto tuve un fluido y didáctico intercambio de mensajes hace algunos años cuando este diario optó, temporalmente por suerte, por reducir sus páginas de opinión. Esa circunstancia me permitió dialogar con él sobre el papel cultural que jugó la lectura del periódico en su vida y en la mía, siendo ambos personas provenientes de familias sin una tradición intelectual pero al mismo tiempo siendo activos en la vida política-cultural desde la juventud. Ese intercambio lo conservo con mucho afecto y admiración.

Cuando veo en retrospectiva mi presencia en las páginas de opinión de El Nacional, que ha sido a fin de cuentas una ventana privilegiada para dialogar con el país, Sergio Dahbar fue clave al brindarme la oportunidad por primera vez y Argenis Martínez al insistir en que volviera cuando había optado por otro sendero. Pero Consalvi fue fundamental en reafirmarme, en mi visión personal, que este espacio debía estar comprometido con la democracia. De eso me hablaba a ratos el tutor silencioso.