• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Diego Arroyo Gil

Consalvi, un año después

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Para Ramón Hernández

 

Esta semana se cumple un año de la muerte de Simón Alberto Consalvi. Para quienes tuvimos la dicha de gozar de su amistad, su ausencia está fresca todavía. Nadie pierde a un hombre de su índole y deja de echarlo de menos en unos meses, aunque ya sean 12. En mi caso –me cuesta no hablar aquí a título personal– la mención de su nombre y la referencia de su ejemplo han sido quizá los gestos más recurrentes de mis días desde el 12 de marzo de 2013, cuando fuimos a despedirlo al cementerio, incrédulos aún de que se hubiera muerto la tarde anterior, sin darnos el más mínimo preaviso.

En mi pasión de discípulo –me esforcé en serlo de él, aunque no fuese digno de su majestad– nunca me imaginé, siquiera débilmente, la escena de su desaparición. Cuando a la sala de Redacción de este periódico llegó la noticia de que había fallecido, la perturbación fue inaudita y sus colaboradores caímos súbitamente en una ebriedad producida por amargo licor de la adversidad. No era concebible que nos hubiéramos quedado, de pronto, sin él: indeciblemente solos.

A pesar del estado en que nos encontrábamos, Ramón Hernández y yo aceptamos la responsabilidad de escribir los obituarios correspondientes. Yo no sabía si iba a lograr hacerlo, pero Ramón insistió, amistosamente, en que teníamos que ser fuertes, “como Simón”, aunque ambos lo tratábamos de usted. Bastaba solo recordar que el 21 de octubre de 1952, siendo reportero del diario La Esfera, Consalvi había tenido el valor de ayudar a escribir la edición del día siguiente donde se informó del asesinato de Leonardo Ruiz Pineda a manos de la dictadura perezjimenista. “Leonardo”, como él lo llamaba, era el mentor de Consalvi.

Torero veterano en las mejores plazas del periodismo, Ramón se sentó a trabajar y supo dar un texto sentido y firme, donde la forma logró ajustar la emoción. No considero que yo haya conseguido lo mismo. Aunque no me culpo –no hay nada más estéril que culparse, y más en asuntos de este tipo: comprometedores de la interioridad– reconozco que aquel artículo, acaso legítimo, fue resultado de un ejercicio donde la emoción rebasó la forma y dejó ampliamente al descubierto mi frustración, que se cruzaba entonces con mi pesimismo con respecto a la situación del país, la que Consalvi calificaba de “demencial”.

Echando mano de la conocida frase que escribió Juan Vicente González en 1865, cuando el fallecimiento de Fermín Toro, abrí el obituario aseverando que acababa de morir “el último venezolano”. A la mañana siguiente, en el velatorio, de manera un poco tosca pero sin irrespetos, un viejo militante de la izquierda me recriminó el gesto y me dijo que si esa afirmación había sido un escándalo en su época, ahora lo era más. No le respondí nada, pero me prometí a mí mismo reflexionar, en lo sucesivo, sobre su observación.

Ha transcurrido un año. La crisis se ha acentuado de una manera dramática y no parece haber ninguna vela en el horizonte que nos haga sospechar que los vientos que se aproximan son propicios. No es una profecía apocalíptica. Sea lo que sea que suceda, está claro que el pueblo venezolano seguirá protagonizando una época de dolorosa dificultad. Dado que somos testigos de nuestro tiempo, sabemos que la nación se halla en un momento ante el cual los intérpretes del porvenir se aproximarán, abismados de que algo como esto haya sido posible. De que una pandilla de desalmados se haya propuesto convertir a Venezuela, por todos los medios, en un erial habitado por gente saqueada y estremecida.

Y sin embargo, aunque no falten los días en que la desesperación nos obnubila el juicio y la realidad nos haga creer que hemos traicionado nuestro destino, hoy no puedo repetir que con Simón Alberto Consalvi murió el último venezolano. Puesto que era uno de los destacados, puesto que luchó por este país sin renunciar un día a la convicción de que podía ser mejor, su recuerdo nos indica que siempre ha habido algo muy vivo dentro de nosotros, aunque las sombras de la contingencia nos engañen diciéndonos que no es así.

Los hombres se mueren para siempre –solo los delirantes y los pusilánimes dicen que es mentira y malviven criando fantasmas– pero queda su memoria. Guardo en lugar entrañable la suya, en ese lugar intermedio donde se teje la trama de nuestra continuidad civil y nuestra ciudadanía. Simón Alberto Consalvi no fue el último venezolano y nosotros no somos los primeros.