• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sergio Dahbar

Conmigo no

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Pasa a diario. Es otro de los fenómenos que aprendimos a observar con indignación en quince años de hegemonía populista y manipuladora. Encendemos el televisor y aparecen periodistas del oficialismo que dictan cátedra.

Algunos vienen de antes y eran compañeros en impresos, en emisoras de radio y en canales de televisión. Había buenos periodistas y otros que eran malazos. Flojos, descuidados.

Siempre hablan como si tuvieran la verdad en la boca. Y como si existiera un solo punto de vista sobre las cosas. No dudan jamás de nada. Son absolutamente morales, pero en el mal sentido de la palabra. Están atravesados por los prejuicios y muchas veces son devorados por sus propios mitos.

El otro día uno de ellos improvisó un programa con unas “privadas de libertad” (aporte lingüístico del régimen) del INOF. No sólo desconocía el guión que debía seguir (hablar bien del infierno no es cosa fácil), sino que todo era tan ridículo que nadie en ese set tomaba en serio lo que decía.

Recordé entonces un episodio que tiene ecos en múltiples situaciones venezolanas. Ocurrió en Argentina. Y tuvo que ver con una escritora muy respetada, de izquierda, insobornable y austera, Beatriz Sarlo, que ha dado clases en Buenos Aires, Columbia, Berkeley, Maryland, Minnesota, Cambridge y Harvard.

Beatriz Sarlo es una escritora combativa, y hoy por hoy una de las voces más críticas contra los modos de construcción propagandística de los Kirchner. Es reconocida por mostrar “un modo diferente de ser de izquierda”.

La invitaron a participar en el programa de televisión oficialista 678. Sarlo escribió un libro muy crítico, La audacia y el cálculo, donde cuestiona 678. Así: “Es desagradable visualmente, con un panel integrado por bizarros o pedantes, sin obligaciones con el ritmo televisivo, sin beautiful people, producido en el canal público. Es pura y dura propaganda ideológica”.

Sarlo convino en ir por coherencia intelectual. Había sido crítica con ellos. Debía aceptar la invitación. Fue y se sentó frente a siete panelistas que estaban allí para atacar la oposición y defender el Gobierno. Siete periodistas que se dedican a criticar el oficio ajeno.

Ese día iban a hablar del sesgo en la cobertura de los medios españoles en las movilizaciones de 2011 en Puerta del Sol. Mostraron unas imágenes y dejaron hablar a Sarlo. No miró de frente. Prefirió hacer como los jugadores de tenis. Una vez que saludó, comenzó a hablar y fue como oír una ametralladora.

“Ese informe sobre la cobertura de prensa es lo que opino de los informes del programa de ustedes: son recortes en los cuales faltan las fuentes y se repiten siempre los mismos mensajes. Es un picadillo de lo peor de los medios, tratan de hacer creer a la gente que lo que pasa en España está siendo trasmitido así. Les aseguro que leo todos los portales españoles de noticias y hay varias perspectivas sobre Puerta del Sol”.

Nadie esperaba esa arremetida. No podían tildarla de derecha. No era una oligarca defendiendo el imperio. Era algo peor para ellos. Era una persona que los conocía.

Cuando Osvaldo Barone (periodista argentino que construyó su carrera en medios tradicionales privados) intentó hacer lo de siempre (decir que los grandes medios eran criminales y los públicos honorables), oyó dos palabras que lo dejaron mudo. “Conmigo, no, Barone”.

Ese “Conmigo, no” fue contundente. Era un recordatorio de que aunque quisieran venderse como gente de izquierda avanzada, eran conocidos. Sabían cómo se habían comportado en los medios en el pasado. “Conmigo, no”, que los conozco y no me pueden engañar.

Sarlo, que era respetada, se volvió famosa. Al día siguiente había gente con franelas que decían “Conmigo, no”. Aparecieron ringtones con esas palabras. Y esta mujer –que jamás lo soñó– se convirtió en un rostro reconocido, creíble, honesto de la oposición argentina. Bastaron una trayectoria de vida y dos palabras en el momento correcto.

Groucho Marx decía que “no quería pertenecer a ningún club que lo admitiera como socio”. Era comprensible semejante reparo. Cuando uno conoce a una secta, quiere alejarse rápidamente para no quedar atrapado en sus redes.