• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Confinar la eternidad!

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Alejandro Padrón, ex embajador en Trípoli, me contó la fascinante historia de una caja de fósforos que precisamente por fascinante se desarrolla en esa zona privilegiada e inasible de la invención de donde nutre su veracidad y se ilumina en la fabulación: una portentosa historia que me permitió, en todo caso, componer la conferencia que pronuncié en la edición del Festival Internacional de Música Contemporánea A Tempo correspondiente al año de 1999 y cuyo tema era Caos y Armonía.

El extraordinario relato de Alejandro contaba la historia de un muchacho que se acercó a comulgar en la misa del domingo con la disolvente intención de crear el caos, ya que en lugar de conservar y vigorizar piadosamente en su cuerpo la augusta corporeidad de Cristo guardó la hostia en una cajita de fósforos y se dio a la tarea de recorrer con diabólica obstinación las calles de la ciudad, las plazas y más tarde los botiquines de los alrededores sacando y agitando cada vez la cajita y preguntando a los vecinos que encontraba si querían ver a Dios en persona. El escándalo removió violentamente a las estupefactas autoridades políticas y eclesiásticas de la ciudad y encrespó de indignación a sus pobladores que persiguieron y acosaron al muchacho hasta obligarlo a devolver la hostia mancillada.

Aquel sacrílego estudiante no midió las consecuencias de sus actos porque estaba realizando la hazaña absoluta e imposible de materializar la inmaterialidad de lo Absoluto; de confinar y encerrar a Dios en una cajita durante horas y poner en evidencia que la eternidad cabe en una caja de fósforos nacionales hechos de papel encerado. Somos las únicas criaturas existentes que podemos manejar la idea o el concepto de eternidad y sin embargo perdimos la gloria de vivir la vida eterna cuando nuestros primeros padres probaron la fruta del conocimiento. Como el alocado muchacho de los fósforos, tampoco sabían muy bien Adán y Eva lo que estaban haciendo cuando hicieron lo que sabemos que hicieron porque perder el Paraíso significó la Caída que todavía hoy nos arrastra y nos cubre de una vergüenza que seguimos heredando; que impide, frena y obstaculiza nuestra perfección humana haciéndola impracticable. Se dice que la Caída significó perder nuestra beatitud al precipitarnos en la materia pero ocasionó que dos monstruos terribles: la Culpa y su hija, la Muerte, abandonaran para siempre la región del Erebo y se instalasen en la Tierra para servir de alojamiento al dolor y al infortunio y comenzáramos a activar las presencias del desamparo humano. Nos cerramos las puertas de la eternidad, pero seguimos buscando como Juan Ponce de León la fuente de la eterna juventud al enfrentar al tiempo creyendo alcanzar la eternidad en el breve transcurso de nuestras vidas a través de cirugías, prótesis y afeites de toda naturaleza y, peor aún, hay quienes dominados por un perverso espíritu autocrático tienden a eternizarse en el poder.

También en las películas de acciones truculentas la eternidad es una referencia que emerge en momentos inesperados. En Heist, pongamos por caso, un filme americano-canadiense realizado por David Mamet en el 2001, Gene Hackman es Joe, un ladrón profesional especializado en joyerías, y Rebecca Pidgeon es Fran, su mujer, ambos arrastrados a una trepidante intriga de lingotes de oro, muertes violentas y traiciones mutuas en las que también participan Danny De Vito y Delroy Lindo. En un determinado momento, Hackman le asegura a la mujer que ¡nadie vive eternamente!, y Rebecca Pidgeon, con burlona sonrisa en los labios responde: “¡Frank Sinatra lo intentó!”.