• Caracas (Venezuela)

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Samuel González-Seijas

Condolerse

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Nada nos hace más humanos, nada nos induce a reconocernos como humanos, que el dolor. El sufrimiento, la pena, la desdicha, son territorios últimos a los que toda vida le resulta imposible ignorar.  Son como la gleba básica que sostiene la andadura por el mundo, por los días. Es igual si partimos del dolor o, por semejante mala fortuna, llegamos a él. Es, aunque hagamos esfuerzos indecibles por no reconocerlo, esa línea que siempre pisamos, estamos pisando, y estaremos pisando. ¿Por qué ignorarlo?

Acogerlo, abrazarlo, mostrarle nuestro personal dolor al dolor humano, saberse inerme a su arrasamiento, quizá sea una manera de “suavizarlo”, haciéndolo más de uno, más personal, más íntimo. Resistir, como muchos piensan, sí, pero resistir abandonándose, aflojando, desaguando todo lo sólido, lo fuerte, para que encuentre cauce en la natural sustancia de lo disuelto: su calidad de fluir y encontrar, de un modo o de otro, a su tiempo, a su nivel.

Escribo esto y siento un ligero temblor en las manos, pero nada que no pueda dejarme continuar. Sé que lo que digo me implica (cómo no hacerlo), que apela a mi juicio para que admita que estoy muy involucrado, que no estoy recomendando ni haciendo recetas a distancia enorme de quienes viven a mi lado, de este y de aquél, es decir, de tu lado. Yo también siento el dolor, la pérdida, la desazón, el continuo desborde de rabia y las caídas reiteradas en la tristeza. Y por esto mismo tengo que decir algo. Por eso siento que debo decir. No es contradicción. Es condolerse. Es con-dolerse con el dolor cuando campea entre todos, sentir junto con los “tus” que ahora mismo sienten dolor.

La primera semana del año han ocurrido hechos nefastos. Y luego, los días siguientes, siguieron ocurriendo. Murió una actriz –reina de belleza– junto con su esposo, y ese día murieron personas casi del mismo modo en otros lugares de la ciudad. No han dejado de morir personas los demás días. Y no sabemos si pasará, si se detendrá lo que por no tener otro nombre considero una masacre abierta y deliberada.

Me conduelo de las víctimas y pienso, con el nudo más amargo, más áspero en la garganta, que también pudo sucederme a mí. A mi familia. Solo por ahora puedo asentir con los que están bajo el plomo de la desdicha. Quiero dejarles, desde aquí, esta ofrenda de palabras y acompañar, acompañar.