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Samuel González-Seijas

Desazón

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Hay dos acepciones de la palabra que dan la idea casi justa de lo que sentimos hoy en el país: malestar, pesadumbre. La desazón es la atmósfera, el clima que se superpone a todo, como una niebla espesa y persistente. Desde distintos sectores, agrupaciones, perspectivas personales, desde ámbitos laborales grandes o pequeños, se ha intentado con denuedo no tener que admitir este clima que nos encapota los días y las noches.

Admitir la desazón puede resultar para algunos como el dar entrada cabal y plena al desplome y al colapso total. Mirar de frente y aceptar, con el resto de lucidez que nos quede, que el estado al que hemos llegado es real, concreto, es tan arduo que preferimos ignorar su presencia, su llegada a las puertas mismas de nuestras vidas. No es solo eso que quedó asentado en una línea famosa y muy leída, según la cual el hombre no puede soportar la mínima porción de realidad, sino que ya incluso con esa incapacidad de origen, por decirlo de algún modo, no podemos soslayarlo. No podemos ignorar que ignoramos. Curiosa paradoja.

El país, los acontecimientos públicos, la vida más o menos ciudadana, se nos está viniendo encima. Mucho de lo que enfrentamos a diario en el amplio espectro de la vida política que practicamos los venezolanos se achica o se endurece, o adquiere filo lacerante que nos hiere muy hondo. Respiramos, sí, pero no de seguridades, mucho menos de sosiego. El aire está muy enrarecido. Incorporamos más angustia de la que somos capaces de exhalar.

Con esto no se trata de aguar la fiesta o de ser pájaro de malos agüeros porque tampoco se trata de ser optimistas a ultranza, de esos que acuden a los decálogos que vendedores de recetas para la felicidad reparten por ahí. No se trata de eso. Se trata más bien de hacer un alto, una significativa reducción de la marcha para ir al encuentro de lo que nos sobrepasa, con la honesta intención de que esto pueda sernos de alguna utilidad.

Los discursos malsanos, la flagrante trata de voluntades, la esclavización de las conciencias, la apurada gana de arruinar todo estado más o menos logrado de convivencia humana, la purga y el golpe, la persecución, la ira bien administrada y bien remunerada, son algunas de las actitudes que en estos momentos levantan nubes de plomo (muchas veces literalmente) en un cielo que era regalada amplitud.

No es cierto que hay un corazón que late vivísimo en el cuerpo de la patria. No. Lo que hay es un discurso al que obligan a moverse a latigazos cada vez más sonoros; hay unas palabras-esclavo que acarrean sin cesar una vitalidad sin perfil; hay un mandato que sale por boca de parlantes atronadores y esparcidos por donde quiera que vamos, que nos ordenan ser felices, agradecidos, sumisos. Hay el grito y el dedo amenazante como único sentido de orientación civil. Todo esto no hace patria, ni vida
comunitaria ni personal.

Tiempos confusos ha habido siempre. Tiempos de horror, también. Pero no por ello podemos perder la cabeza hasta el punto en que nada racional, al menos un ápice de lo que nos hace habitantes de una nación, se convierta en simple hojarasca barrida por el mal tiempo. Este mal tiempo.   
Con todo, aprender a llevar la desazón como una pieza más del equipaje y, aunque pesada, al menos nuestra. Aceptarla compañera a ver si ella, de algún modo que por ahora desconocemos, pueda volverse empuje para lo que está por venir.