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Francisco Javier Pérez

Conciencia y lenguaje

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El lenguaje sirve a los hombres para fundar, conocer, transformar y comunicar la realidad. Convence con coerción y causa con efecto. Hace que unos piensen y hagan lo que otros quieren que hagan y piensen. Entidad dominadora, resulta fracturada cuando se procede a utilizar tan rica condición para desvirtuar la verdad de las cosas y para leer la realidad con ojos de perversión. Si en el primer caso sentíamos admiración por las posibilidades naturales que el lenguaje ejercía en señalamiento de rumbos y conductas, en el segundo solo la repulsión puede hacer presencia en forma de sanción y crítica.

Estas ideas, poco habituales para apreciar el fenómeno, parecen ser las únicas que acuden hoy para evaluar lo que en Venezuela se vive en las arenas de las luchas por el poder. Manipular para reinar resulta un malsano principio de maquiavelismo ejercido sobre la vida venezolana, sus instituciones, sus ciudadanos, su historia y, en suma, sobre la conciencia de las palabras que se invocan para hacerlas portadoras de pocas verdades y de muchas falsedades.

Falsas verdades y verdades falsarias, otrora tópicos de teoría y creación literarias, vienen hoy a establecerse como enclaves axiomáticos de una peculiar epistemología que deliberadamente transgrede el saber y que le aporta solidísimo sistema a sus perversidades. Feudo oblicuo que modifica la rectitud de las cosas para asignar sintaxis regular a lo que no tiene sino desviado modo de significación. En paráfrasis de Canetti, ya no es posible “la conciencia de las palabras”. Preguntar por el recóndito lugar que ocupan, en la constitución de la ética moderna, como derruidos monumentos de moral perdida, “las palabras de la conciencia”, anuncia el abismo. “Cabría recordar aquí que también fueron ciertas palabras, una serie de palabras recurrentes empleadas en forma consciente y abusiva, las que causaron esa situación de inevitabilidad de la guerra”, como asienta el autor de La lengua salvada (1977).

Manipulación y perversión se juntan en un mismo cometido: activar la destrucción espiritual. Bondad y sensatez, afectividad y convivencia sobreviven como restos del espíritu y como resistencia natural del órgano que clama por seguir respirando. Cuando la perversión busca su cauce en la manipulación no hace sino desequilibrar el orden de conciencia que los hombres esgrimen como control preservativo de su razón política.

El recurso de mentir resulta inherente a la gestión de los lenguajes públicos. La dicción política se hace engañosa y se complace en mostrar la opacidad de la verdad; un débil recorrido sobre la frágil frontera trazada entre lo que es cierto y lo que lo parece. Tópico que el análisis del discurso ha robado a la filosofía del lenguaje, cuando esta última existe solo para confirmar cómo aquél funda la realidad que quiere fundar y de qué forma acaba con las verdades que se creyeron firmes para comprender fenómenos de vida, historia y sociedad.

Pensar el valor del lenguaje en la maltrecha Venezuela de hoy resulta asunto delicado y escabroso. Simple, la pervertida razón con la que los hombres públicos han acabado con la certeza aportada siempre por el lenguaje. Instalada la manipulación como forma de razonamiento, nada queda para el lenguaje sino anunciar su decadencia y prepararse para esa muerte de la conciencia que las palabras conllevan. Su manifestación notoria: el burdo insulto, la descalificación incendiaria, la falta de argumentación, el exceso de los mensajes únicos, la semántica invertida y el triunfo delictivo de la ambigüedad.