• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Comunidad de convivientes

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Llegaron de cerca y de lejos, de las montañas y las llanuras, de los bosques y las sabanas, de los pueblos y las aldeas, de las islas y del continente, de las riberas de los ríos y del borde de los desiertos, de los cuatro puntos cardinales del país.

Poco a poco al principio y en avalancha después se fueron situando en los márgenes de las ciudades. Si venían de oriente en el límite oriental, si venían de occidente en el occidental, si del norte, al norte se ubicaron y al sur si del sur. Algunos se aventuraron a escudriñar los huecos que la ciudad había dejado sin ocupar por indeseables y se fueron acomodando a ellos. Las quebradas, los riachuelos, los canales se fueron llenando de humanidad, perdiendo sus malezas, sus árboles añejos, sus pedregales. Se llenaron de colores, de voces y de niños. Primero limpiaron y aplanaron un cuadrado de terreno, clavaron una alta estaca en cada esquina, unas viejas tablas o unos cartones en cada lado y cubrieron todo con algo impermeable a la lluvia. Allí se acabañaron. Luego fueron cavando huecos, llenándolos de concreto y cabillas de los que brotaron columnas, en los que se asentaron paredes, platabandas y pisos unos sobre otros. Algunos se conocían entre sí, otros muchos no. Fueron vecinos no sólo por física cercanía sino por humana relacionalidad venezolana. Nació la vecindad, la comunidad de convivientes. La llamaron barrio. No fueron más campesinos pero tampoco ciudadanos. Fueron ¿qué?, ¿barrieros? No tuvieron apelativo propio.

Los llamaron marginales. Vivían al margen de la electricidad, al margen del agua, al margen del asfalto, al margen del derecho, al margen de la policía, al margen del orden ciudadano; no al margen de su propio orden, como han pretendido y pretenden los autoproclamados organizadores profesionales de comunidades. Nadie los organizó. Se organizaron desde la llegada y a medida de su crecimiento. La circunstancia de convivencia fue la madre de la organización. Por eso formaron juntas. Juntas para todas las imperiosas necesidades de la comunidad completa. Se llamaron muy pronto "juntas pro mejoras". Mejoraron calles, escaleras, electricidad, agua, limpieza. Por organizados resistieron al desalojo, consiguieron escuelas, transporte, alumbrado. Generaron un poder autónomo que nadie les dio y que no dependió del permiso de nadie. El proceso puesto en marcha se encaminaba a la autonomía completa del poder comunitario, a ese autogobierno en todo lo propio de la comunidad de convivencia que en el mundo entero y a lo largo de toda la historia se ha realizado en la figura del pequeño municipio cualquiera sea el nombre que haya recibido. Un poder de servicio. Entre nosotros el proceso ha quedado interrumpido. Las juntas en todo el país fueron reglamentadas y así sometidas. Acaban de llegar los consejos comunales que no sólo detienen el proceso sino que lo eliminan como posibilidad de autonomía. La comunidad no tiene ya poder sobre nada. Tampoco sobre la violencia de la que hoy quieren que se responsabilice. No tiene poder de justicia pero tiene poder puro y duro de linchamiento. Algunos pretenden llamarlo justicia comunitaria. ¿Llamaremos justicia a la venganza, la retaliación, la reacción impulsiva? Lincha porque no puede ejercer justicia. Si entre los derechos que no tiene y debiera tener estuviera el de justicia, ésta se ejercería en derecho y según derecho, dentro de la ley y según la ley, con razón y juicio y no en explosión primitiva de ira. La justicia ha de ser un servicio y no un puro castigo inapelable. Si no hay justicia para la comunidad, no habrá justicia de la comunidad ni control comunitario de la violencia.