• Caracas (Venezuela)

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Desde la experiencia frustrada de la Comuna de París, el concepto de comuna no ha dejado de estar presente en el imaginario de la civilización occidental por su asociación con la idea de cambio radical. Aunque el concepto es muy polisémico, las connotaciones de organización sociopolítica socialista ha sido la significación predominante en la discusión. Propiedad social de los medios de producción, autogestión y autogobernabilidad, opción por los más necesitados, abolición de la propiedad privada, dictadura del proletariado, inclusión de las mujeres, etc., fueron algunos de los puntos más importantes de la agenda de esta propuesta. Esta experiencia estuvo dirigida por obreros, clase media arruinada y lumpen proletariado en general.

El perfil ideológico fue una combinación de propuestas ideológicas de la más diversa procedencia: socialismo utópico, anarquismo, proudhonismo, marxismo, blanquismo, etc., pero lo que unía era la necesidad de ir en contra de la dominación burguesa. ¿Y por qué fracasa una experiencia de cambio tan formidable como ésta? Podemos hablar de muchas razones, pero sobre todo del carácter radical de la experiencia que jaqueaba frontalmente al sistema capitalista y a su clase dominante. Sin preparación para resistir en condiciones favorables, finalmente no pudieron soportar la arremetida del ejército republicano. Qué tipo de enseñanzas podríamos entonces extraer de esta experiencia.

De esto se desprende como conclusión que es imposible el cambio radical de las estructuras, de cualquier estructura, pero, sobre todo, de las estructuras de un sistema tan enclavado hoy en la subjetividad de la gente como es el sistema capitalista. Por otra parte, podemos concluir con respecto al cambio histórico en las sociedades modernas que las vanguardias partidistas y de clase lejos de favorecer lo que hacen es frenar el cambio estructural. Significa que tanto la “dictadura del proletariado” como las vanguardias partidistas y de clase riñen fuertemente con la complejidad de sectores y categorías sociales, clases y fracciones de clases y, sobre todo, de movimientos sociales, que están generando movilizaciones significativas hoy en día. A eso podemos denominarlo como pueblo, multitud, masas o como queramos, pero lo cierto es que designa una realidad de la cual tenemos que partir para hablar contemporáneamente de cambio sociohistórico. Pensar las comunas como el producto de un decreto presidencial o de la audacia de un grupo que se constituye en la vanguardia iluminada del proletariado o del pueblo y, por tanto, de la revolución es rondar los predios de la quimera. Pensar que porque hemos constituido una empresa comunitaria y hemos asumido algunas funciones de autogestión comunitaria ya estamos logrando la comuna, sería una ingenuidad, una especie de socialismo utópico.

Las comunas son formas de organización social alternativas al sistema social capitalista, al Estado burocrático y a la sociedad de democracia multipartidista de consumo que comportan algunos rasgos cardinales: autogestión social y autogobernabilidad, democracia directa de ciudadanía, propiedad social de los medios de producción como régimen de propiedad predominante en el contexto de un complementarismo de regímenes de producción y propiedad, inclusión social y, sobre todo, un sistema de valores de convivencia.

No son el producto de un ejercicio de toma del cielo por asalto, ni de un decreto presidencial; sino un proceso de construcción social que se va constituyendo en el día a día de la vida cotidiana a medida que se va construyendo el poder popular y la democracia de ciudadanía. Es muy importante en este proceso, un ejercicio de reconstrucción de la memoria colectiva y de la red de relaciones de pertenencia, así como de la identidad con respecto a la comunidad de la cual e formamos parte.