• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Complace su llegada

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A solo pocos días de un parto memorable, de un nacimiento que sabemos marcó un cambio fundamental en la historia de la humanidad, me anticipo a darle la bienvenida al que desde entonces ha sido llamado niño Dios; y celebro su llegada porque también se le ha considerado a lo largo de siglos, como mensajero de la paz, y de ella está desesperadamente urgido el mundo de hoy.

Fue un acontecimiento que dejó en evidencia la gama de comportamientos que define la conducta humana, desde la negación de posada para que María diera a luz a su hijo, hasta la calidez solidaria de unos pastores y la adoración de unos Reyes Magos con incienso, mirra y oro. La Navidad es un sentimiento, pero también un hecho cultural y asimismo un tema que en todas las épocas ha inspirado a pintores, escultores, músicos y escritores.

Uno de sus grandes encantos radica en ser una fiesta en torno al nacimiento de un niño, figura emblemática de esperanza y buenos augurios; y el sabor a infancia de esa celebración se siente en las golosinas que pueblan las vitrinas de las confiterías, en la alegre invasión de calles y casas por juguetes, unido a la belleza de los envoltorios de papel y los colores de las cintas con que son atados; haciendo de las ciudades reinos lúdicros y de fantasía. 

Ese día natal, en la corte celestial fue deseada (y es deseo vigente) “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; pero no la falsa por aceptación sumisa de vejaciones y atropellos, sino la del respeto mutuo y del derecho reconocido en una relación de iguales; así como la buena voluntad con significado de limpieza de pensamiento y de conducta, más la emanada de la satisfacción de aspiraciones profundamente sentidas.

Se nos plantea la defensa de la vida, y del derecho de vivirla a plenitud y dignamente. En ello me hago eco del credo expresado por el Espacio Anna Frank, institución que goza de merecido reconocimiento por haber establecido y cumplir fielmente como principio, el promover la aspiración de convivir en libertad y en armonía. Fue creada por un grupo de venezolanos, deseosos de ofrecer un foro público para  propiciar el acercamiento a otros sectores de la vida nacional en aras de la comprensión, la solidaridad y el respeto a las diferencias, aspirando al fortalecimiento de una sociedad libre de atropellos y de persecuciones por razones étnicas, religiosas, políticas, y de cualquier otra naturaleza.

Le ha sido mostrado al mundo, que aquí el poder ha estado en años recientes en manos de perversos, y que hay cargos claves en la conducción de la República que por la desvergüenza de quienes los ocupan han quedado vacíos de toda honorabilidad. También constatamos lo hondo que hemos caído hacia abismos de miseria y atraso, con ignorantes en rol de jefes de Estado.

“Pudo ser peor”. Sí, pudo haberlo sido, y esa afirmación de consuelo acompañada de un “gracias a Dios”, es hoy la frase más dicha en la casa, la calle, el trabajo, y donde quiera que uno vaya, como expresión del estado emocional de quien habla, como definición del degradado país, y porque a estas alturas ya no parece haber quien no tenga una historia que contar como víctima de algún delincuente o trastada oficial.

Llegar a aceptar como válida esa observación de que todo “pudo ser peor”, por corresponder a la crónica objetiva de un mal colectivo, conduce a una suerte de conformidad con lo que hay y nos queda. Y la resignación cual actitud vital sí que es realmente lo peor que nos puede pasar, como individuos y como pueblo.

Si enfrentar en función de superar la adversidad que hoy padece Venezuela, demanda de cada uno de nosotros firmeza y convicción; no menos nos demanda afrontar cualquier asomo de cansancio o depresión.