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Mirla Alcibíades

Compañías de teatro

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Desde tiempos coloniales, los pobladores de las ciudades venezolanas dieron apoyo al teatro. Durante el siglo XIX la preferencia continuaba. De tal manera, era frecuente que arribaran a nuestro país compañías dramáticas provenientes de Europa. Aunque no es menos cierto que también se recibían agrupaciones nacidas en Hispanoamérica.

En realidad, no solo se trataba del teatro, también nos visitaban compañías de ópera, circos ambulantes de prestigio, empresas de variedades. En suma, se contaba con una gama de profesionales dedicados a brindar disfrute a un público ávido de experimentar esos rituales citadinos.

Cuando se trataba de agrupaciones europeas, solían llegar primero a Cuba y, desde ese punto, se desplazaban a otros del continente. Era lógico que sucediera de esa manera, pues era una plaza importante que estaba en la ruta marítima, antes de tocar tierra continental. Pero también podía suceder que comenzaran el recorrido por Estados Unidos o México, siguieran a Cuba y, de ahí, continuaran a Cartagena, Maracaibo, Puerto Cabello, La Guaira...

Esas reuniones de artistas activaron su presencia en la América Hispana desde la década de los años treinta del siglo XIX. Una de las compañías que frecuentó con más insistencia escenarios de ambas nacionalidades (cubana y venezolana) fue la de Los Ravel. En su caso, las visitas se hicieron recurrentes a partir de los años cuarenta.

Muy pronto esas empresas aprendieron que no debían limitarse a repetir en Venezuela el programa que representaban en la isla mayor. Desde los años cuarenta hubo reclamos en nuestro país, porque los temas de las piezas teatrales representadas en Cuba no gustaban a nuestro público. Por eso, un comentarista de teatro que escribía en la prensa caraqueña de los años cuarenta explicaba que los temas centrados en Carlos V, la tragedia clásica o los ángeles y diablos, no gustaban al receptor venezolano. Podemos colegir, entonces, que buena parte de la temática que aceptaban las autoridades en la Cuba colonial no recibían igual aplauso en un público de hábitos republicanos.

En lo que se refiere a la representación, esas compañías debían adaptarse a las posibilidades que ofrecía cada realidad cultural. Es decir, los visitantes llegaban con los actores o cantantes principales pero, casi siempre, los músicos y actores o cantantes secundarios eran lugareños de las ciudades visitadas.

Por esa razón, esas agrupaciones tenían que disponer de, cuando menos, dos semanas para preparar la orquesta, escoger a quienes interpretarían las canciones y los roles de orden menor, ensayar, imprimir los libretos y programas de mano, y, desde luego, ofrecer la publicidad en la prensa y fijar carteles alusivos en las calles de la ciudad que los acogía. De ahí que se instalaban varias semanas en cada punto donde ofrecían funciones y, desde luego, esa larga permanencia hacía surgir amistad entre los lugareños y los anfitriones.

Una actriz que consolidó enorme afecto entre el público venezolano fue la cubana Adela Robreño. Ese afecto que despertó en las ciudades que recorría descansaba en la calidad de sus interpretaciones. Supo elegir un repertorio que agradaba al público que iba a verla. Por sus destrezas actorales le dedicaron versos, reseñas de prensa y otras demostraciones de respeto. Todo lo que refiero sucedía en la década los años sesenta del siglo XIX.

Cuando visitó la ciudad de Caracas en 1863, arrancó frenéticos aplausos por su interpretación de Margarita Gautier en La dama de las camelias. El segundo día de esta representación, la actriz salió del teatro después de la función. Había recibido encendidos aplausos y abundancia de flores. Al llegar a la calle se produjo una escena que, sin duda, superó la que ella había representado pocos minutos atrás. Veamos cómo lo refirió un periódico de la época:

“Un coche, una brillante concurrencia y una banda de música esperaban a Adela a la puerta del teatro para conducirla y acompañarla a su casa. El coche partió, y la música que seguía detrás, dejó oír sus notas melodiosas.

“Al llegar el coche a la esquina de San Mauricio, se oyó decir: ‘¡Fuera los caballos! queremos tirar del coche que conduce al genio!’. Los caballos desaparecieron como por encanto, y el coche fue tirado por veinte jóvenes que daban vítores a la perla de Cuba”.

No fue solo en Caracas. En Maracaibo, Adela Robreño consolidó fuertes lazos de amistad con los intelectuales de esa población. Como consecuencia de la cercanía entre la actriz y sus admiradores, en 1864 se comenzó a publicar en la ciudad marabina una revista que llevó por título El Rayo Azul.

Desde 1869 se ha repetido que El Rayo Azul fue la primera revista venezolana donde comenzaron a escribir las venezolanas. En realidad esa afirmación es incierta porque hubo escritura femenina en Venezuela desde años atrás. Pero no es asunto para dirimir en este momento.

Lo que interesa tomar en cuenta es que la familiaridad con el teatro y la admiración que despertó una actriz cubana en Maracaibo llevaron a varios escritores a fundar una revista. La nueva publicación, debe agregarse, fue auspiciada por la huésped antillana. Los colaboradores, como se indicó, eran intelectuales de prestigio. Sus nombres fueron José Ramón Yépez, Pedro José Hernández, Ildefonso Vázquez, Francisco Áñez Gabaldón, Perfecto Giménez, Manuel María Bermúdez Ávila, José Gutiérrez Fernández y otros.

También escribieron en sus páginas, como también quedó indicado, algunas mujeres. Se habla de que fueron cinco las firmas femeninas que concurrieron en sus páginas. No se tiene certeza porque no se conservan ejemplares de esta publicación, que parece haber tenido frecuencia mensual. Otros colegas, coetáneos de El Rayo Azul, nos han dejado la información que he consignado en estos renglones.

Saludamos que una tradición de representación teatral haya hecho posible la amistad de Adela Robreño con nuestros escritores del período. Gracias a esos lazos, las lectoras venezolanas contaron con un medio impreso que les proporcionó material de lectura. Debió ser una revista diseñada con buen gusto porque todos elogiaron su presentación. Llegó, cuando menos, a los doce números; tuvo igual cantidad de páginas: doce; la impresión fue primorosa; la carátula a color; incluyó fotografías y fue consecuencia del poder e irradiación que tenía consolidado el teatro.