• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

¿Compaginar?

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Cuando se toma conciencia de la indudable distinción, que no contradicción, entre el mundo-de-vida popular venezolano y el de nuestras élites, la gran mayoría, si no la totalidad, de quienes reflexionan sobre ella se pregunta por cómo compaginar, fundir, integrar, acoplar, coordinar, concertar –¿falta algún verbo?– esos dos mundos. ¿Será que la distinción, la diversidad y la multiplicidad angustian?

Un amigo muy cercano me escribe: “Espero ansioso la solución que tú plantearías como posible. Obviamente, los hechos se imponen y tenemos UNA SOLA SOCIEDAD (así, con mayúsculas) en el mismo espacio geográfico. Quiero ver cómo resuelves esa dicotomía”.

El problema para el amigo, y creo que para muchos, no está en que haya multiplicidad y diversidad en el mundo, y ni siquiera en Venezuela, si esa distinción se circunscribe a las etnias indígenas porque no estarían en la misma sociedad, a pesar de la Constitución, aunque sí en la misma nación y el mismo Estado, y el espacio geográfico que ocupan es el de los márgenes.

La gran preocupación la produce esa coexistencia de varios en el mismo tiempo, el mismo espacio, las mismas instituciones y el mismo discurrir cotidiano de la vida. Ambos mundos coinciden constantemente, pero no se encuentran. La Constitución se queda corta cuando define la sociedad como multiétnica y multicultural porque es sobre todo multimundos-de-vida. Si nadie parece haber tenido la solución, ¿por qué debería tenerla quien esto escribe? Sin embargo, algunas reflexiones indicativas quizás pueda aportar.

Ante todo, no se trata de compaginar, fundir o conjugar cualquiera de los otros verbos señalados. Plantearse semejante pregunta parte de la implícita no aceptación de las distinciones y otredades, y propone el proyecto de reducirlas a la indistinción de lo mismo.

Tanto la dominación absoluta del uno que elimina al otro, como el uniforme mestizaje de toda la sociedad, son reduccionistas. Se trata, como punto de partida, del reconocimiento total y sin fisuras, y la aceptación absolutamente incondicional de la otredad del otro con todas sus consecuencias de igualdad radical y valoración positiva sin discusión fuera de toda huella de compasión, simple tolerancia o puro conocimiento intelectual.
Estas palabras van dirigidas sobre todo a las élites que llevan 500 años tratando –y fracasando– de reducir el mundo-de-vida popular a su mismidad porque el pueblo nunca se ha planteado un proyecto semejante respecto a ellas.

Sobre la base de esta aceptación, y sólo sobre ella, y no de “resolver esa dicotomía”, se puede hablar de un encuentro y diálogo de igualdades y no mismidades. Cuando se habla de diálogo se tiende a buscar lo que es común para entablarlo.

El diálogo, si no es entre distinciones y otredades, no es diálogo sino monólogo a dos. Diálogo es tal cuando se entabla entre los absolutamente otros sobre la base, precisamente, de la total aceptación de la otredad del otro como único piso no común sino compartido.
Sin esto, la única “solución”, la que nada soluciona, es la que siempre se ha dado: imposición, dominación, desprecio, manipulación, marginación, negación de identidad y mucho más por un lado; sometimiento, aparente sumisión, suave encubierta rebeldía y, sobre todo, inteligente viveza, por el otro.

Desencuentro estructural, “ilusión de armonía”, en una sociedad sólo aparentemente unida y algún que otro encontronazo unas veces espontáneo, otras promovido, inducido e impulsado por élites seductoras que siempre se han servido y siguen sirviéndose de parte del pueblo en sus luchas interélites.

Algunas cosas quedan aún por decir.