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Juan Esteban Constaín

Colombia no

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La verdad es que no quiero posar de agorero ni de alarmista, ni sembrar en nadie, de ninguna manera, malos presagios. Menos con algo tan importante y trascendental para todos nosotros, o casi todos; siempre habrá quienes se nieguen a la dicha. Pero entiéndanme: estoy empezando a ver enredado y sombrío lo de Colombia en el Mundial, y creo que hay que reaccionar con urgencia. Disipar ya, como sea, esas nubes de tormenta que se están agolpando allá arriba. Basta verlas.

Primero fue, como se sabe, la lesión de nuestro gran Falcao, el “Tigre”: una rotura del ligamento cruzado anterior de la pierna izquierda, ocurrida en un partido por la Copa de Francia cuando el delantero, después de habilitarse a sí mismo de forma perfecta, entraba al área rival para hacer un gol, que es lo que mejor sabe hacer desde niño. El defensor Soner Ertek, un maestro de geografía que juega en la cuarta división, lo barrió por detrás. Fatalidad.

Luego vinieron algunos “desasosiegos menores” –como se llama un magnífico libro de cuentos de Andrés Mauricio Muñoz–, que sin embargo, vistos en conjunto y con malicia de buen supersticioso, podían llegar a configurar un panorama inquietante para el seleccionado nacional en los meses por venir: un gol desperdiciado aquí, un gesto de triunfalismo allá. No lo sé: no lo podría explicar con certeza, pero era como un mal aire que empezaba a colgar en el ambiente. Y eso que Jackson está volando, y Bacca, y James, y Teófilo.

Entonces sucedió. Y todos los malos augurios, toda esa angustia contenida e inexplicable que ya empezaba a oprimirnos la garganta, como cuando uno sabe que va a perder un partido aun antes de que comience, uno lo presiente, todo eso se concretó en este momento fatídico por el que muchos estábamos rezando para que “no se diera”, como se dice en el fútbol. Para esquivarlo a toda costa, como cuando un contrario llegaba a nuestra área y William Vinasco gritaba, cual pastor: “¡Que no que no que no que no-que no!”.

Pero ha sido inevitable. Cómo decirlo, el solo relato aterra: el 1° de abril, ‘Día internacional de las bromas’ en muchos países del mundo, el Rey Pelé se pronunció por fin. El viejo y certero augur de las predicciones fallidas de todos los mundiales emitió su tétrica sentencia. Esta vez fue desde Nueva York, donde el antes genio de las canchas y hoy terror de los hinchas presentaba un libro. Fue allá donde profirió sus suertes; allá sacó de la manga sus apuestas. Millones de almas cruzaban con angustia los dedos en el mundo entero. Que no que no que no.

Y otra vez ese baloto maligno nos cayó a nosotros, vida berraca, como en el 94. Ahora no es tan grave el vaticinio, por suerte. Pero Pelé nos puso en las semifinales. ¿Por qué? ¿Qué le ha hecho este pobre país que solo lo ha querido? (Quizás eso le ha hecho). ¿De dónde tanta saña? ¿No nos perdona aún cuando el Chato Velásquez lo expulsó en el 68, o que luego de la expulsión el público enardecido lo hiciera volver a la cancha? ¿No se acuerda de nuestras camiseticas blancas con su cara verde en la Caminata de la Solidaridad por Colombia?

Algo hay que hacer. Unirse a la patriótica campaña, de meses, “Pelé, favoritos no”. También se debe convocar con urgencia, en una comisión de altísimo nivel que pueda conjurar esta maldición, a las fuerzas vivas y esotéricas de la nación: Regina 11, Jorge Duque Linares, Fabriani, el Indio Amazónico, Colciencias. Todos a una, sin facciones ni partidos, sin recelos ni envidias. Es la hora de pensar solo en Colombia.

Y cobrar venganza, para acabar esto de raíz. Invertir el orden del lema histórico con que los colombianos veíamos siempre los mundiales, y volverlo un sortilegio.

Gritar hasta que ya: “¡Colombia es Brasil en el Mundial!”.