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Eduardo Posada Carbó

Colombia, sin momento Mandela

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Se llama el “momento Mandela”. Su mejor intérprete ha sido el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, orador principal en la ceremonia que rindió tributo al líder sudafricano en Johannesburgo. Nelson Mandela representa como pocos la esperanza de la reconciliación. Y el presidente Obama supo entender, también como pocos, el enorme significado del extraordinario encuentro celebrado en honor de Mandela hace pocos días.

La foto que le dio la vuelta al mundo fue la del Presidente de Estados Unidos estrechando la mano de Raúl Castro, presidente de Cuba. No era para menos. El distanciamiento por décadas entre ambos países es ya legendario. Aquel saludo adquirió entonces un simbolismo histórico importante.

Otras fotos no han recibido la misma atención. Obama invitó a George W. Bush, su antecesor y contrincante político, a viajar con su comitiva a la ceremonia de Sudáfrica en el avión presidencial. Si el gesto hacia Castro enviaba un mensaje al exterior, la invitación a Bush estuvo dirigida a un auditorio doméstico, los mismos Estados Unidos, donde la polarización entre demócratas y republicanos ha llegado a niveles insostenibles para la gobernabilidad norteamericana.

A las imágenes fotográficas Obama añadió el poder de la palabra, en un discurso magistral, con ecos no tanto para las relaciones bilaterales de los Estados Unidos, o para sus conflictos internos, sino de resonancia universal.

“El último gran libertador del siglo XX”, llamó Obama a Mandela, tras comparar su legado con los de Gandhi y Martin Luther King, en sus luchas por un mundo libre de injusticia y discriminación. La vida y obra del líder sudafricano dejan valiosas enseñanzas en sus fines y en los medios para alcanzarlos.
Obama lo expresó muy bien: de Mandela podemos aprender “el poder de la acción, pero también de las ideas; la importancia de las razones y los argumentos; la necesidad de estudiar no solo a aquellos con quienes estamos de acuerdo, sino a aquellos con quienes no lo estamos”.

Mandela “disciplinó su furia” y tuvo sabiduría y grandeza necesarias para negociar en aras de goles sociales, nobles y ambiciosos.
Mandela es hoy símbolo indiscutible de reconciliación. Este fue el mensaje central del discurso de Obama, quien se refirió a la necesidad de confrontar las crueldades del pasado con “inclusión, generosidad y verdad”.

Reconoció avances. Pero advirtió sobre los inmensos retos globales aún pendientes: la pobreza, las desigualdades económicas y también la intolerancia política y racial.
Las palabras y los gestos de Obama, así como el legado de Nelson Mandela, tendrían que servir de inspiración. El contraste con lo sucedido en Colombia, casi de manera simultánea con los eventos sudafricanos, debe por lo menos motivar reflexiones.

Santos invitó a los expresidentes colombianos, protagonistas de disputas bochornosas, a que viajaran juntos a Sudáfrica para deponer sus odios. No parece que la invitación se haya tomado en serio. Se necesitaban, además, muchos otros pasajeros. Lejos de aprender del “momento Mandela”, parecemos amenazados por otra carga de polarización y sectarismo tras los últimos episodios de esta semana.

El “momento Mandela” tendría que ser la oportunidad para fortalecer el ambiente de reconciliación que exige el proceso de paz. Las señales, por el contrario, son preocupantes.

Hay tiempo aún para aprender de los gestos y las palabras de Obama, al evocar las enseñanzas de Mandela: “Podemos escoger el vivir en un mundo definido no por nuestras diferencias, sino por nuestras esperanzas comunes. Podemos escoger un mundo definido no por el conflicto, sino por la paz, la justicia y las oportunidades”.