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Vladimir Villegas

Colombia: el destino de la paz

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El 15 de junio, el pueblo colombiano decidirá si el presidente Juan Manuel Santos merece ser reelegido o si por el contrario deberá pasar a la lista de ex mandatarios neogranadinos, para abrirle paso nuevamente al “uribismo” representado por Oscar Iván Zuloaga.

No se trata de cualquier elección en la historia del vecino país. Esta tiene una particularidad estrechamente asociada a la posibilidad de darle una nueva oportunidad para el logro de la paz entre los colombianos.  Han sido más de cincuenta años en guerra, más de cincuenta mil muertos, y cuidado si nos quedamos cortos en el cálculo, ciudadanos desplazados hacia Venezuela y otros países como consecuencia del conflicto interno. Centenares de ciudadanos secuestrados por la guerrilla, y también numerosas víctimas derivadas de la acción de grupos paramilitares, así como denuncias de violaciones de derechos humanos por parte de las fuerzas armadas. Todo un complejo panorama a lo largo de años y años, en medio de lo cual han fracasado no pocos intentos de diálogos y de búsqueda de acuerdos.

Pese a esos fracasos, hoy nuevamente un gobierno de Colombia, el de Juan Manuel Santos, y la guerrilla más numerosa, y también la más antigua del continente, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, están sentados en La Habana, buscando una vez más las soluciones que permitan poner fin a este largo capítulo de violencia, de guerra, muerte y miedo. Precisamente, por estos días los interlocutores de ambos bandos se preparan para abordar un asunto espinoso, los testimonios de las víctimas del secuestro, una forma de “lucha” absolutamente abominable.

Tanto el gobierno como las FARC han sabido escuchar a la contraparte, por muy duro que sea el parlamento del contrario. Y prácticamente no hay tema tabú, fuera de orden. Desde el asunto,  históricamente debatido, sobre la propiedad de la tierra, hasta la posibilidad de que los alzados en armas vayan a la lucha política, con garantías de que no se repita la aniquilación física que sufrieron miles de militantes de la Unión Patriótica, el movimiento nacido de una iniciativa de paz  ahogada en sangre y violencia. Esta ronda de conversaciones en Cuba tampoco ha sido un paseo por el bosque. Hay mucho que andar todavía para garantizar el éxito de ese proceso de negociación. Por eso la importancia de las elecciones del próximo 15 de junio.

Un triunfo de Juan Manuel Santos no es garantía plena de que la paz se va a conquistar y consolidar en la nación hermana. Pero si el favor popular favorece a Oscar Iván Zuloaga existe el altísimo riesgo de que se retorne a la idea de que el conflicto interno colombiano sólo se soluciona por la vía del fuego, a la manera como infructuosamente lo intentó el expresidente Álvaro Uribe, quien tuvo como aliado, precisa y curiosamente, al propio Santos. El hoy mandatario, una vez electo, sorprendió a todos con su giro hacia la búsqueda del acuerdo, y con su decidido distanciamiento de las tesis uribistas, sin hacer concesiones que implicaran una situación de debilidad frente a la guerrilla, sino con la mira puesta en iniciar un nuevo momento político en Colombia que permita poner fin a tantos años de guerra.

Lo que ocurra el domingo es asunto de los colombianos pero evidentemente tendrá su impacto en la región, en las relaciones bilaterales, en el seno de la Unión de Naciones Suramericanas. El destino de la iniciativa de paz, que viene macerándose en estos diálogos entre gobierno y guerrilla, depende claramente de lo que los ciudadanos de la nación hermana decidan hacer. Una vez más, como debe ser siempre, el voto puede marcar la diferencia entre el conflicto y la paz.