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Antonio Sánchez García

Colombia: el deslave

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Oscar Iván Zuluaga fue electo candidato presidencial en la convención de su partido, Centro Democrático, de corriente uribista, el sábado 26 de octubre de 2013. Prácticamente desconocido de las grandes mayorías colombianas, venía a asumir un desafío aparentemente insuperable: enfrentar en las elecciones presidenciales del 25 de mayo de 2014 a un candidato que llevaba cuatro años de campaña y que, guiado por la necesidad de arrasar en la primera vuelta de dichas elecciones había puesto todo el aparato de Estado al servicio de su victoria electoral. ¿Cómo podía hacerlo en un país hoy de sólidas convicciones democráticas y en el que cualquier abuso daría pie a las más enconadas reacciones en contrario? Mediante un artilugio extremadamente sofisticado, que permitía confundir los interese personales del presidente candidato con los de la Nación: mediante la implementación de unos diálogos de paz con las narcoguerrillas de las FARC, respaldados por la tiranía castrista y el apoyo incondicional del Foro de Sao Paulo, Unasur y el gobierno venezolano.

De ese modo, Juan Manuel Santos copó los medios nacionales – todos a su favor por convicción y parentesco – e internacionales, e hizo de sus viajes a La Habana y sus encuentros con Fidel y Raúl Castro, tras la promesa de obtener la paz definitiva para Colombia tras medio siglo de una encarnizada guerra civil, el desarrollo de un espectáculo son et lumière. Ese guión de alta factura estratégica afín con la política imperial dictada en La Habana y puesta en práctica por el Foro de Sao Paulo tuvo la osadía de ir mucho más lejos y proponer un nuevo escenario político para Colombia, en el que los terroristas de las narcoguerrillas colombianas, rebautizadas por los Castro y amparadas por el gobierno venezolano, la OEA y la Unasur, recibirían la bendición del establecimiento político y comunicacional neogranadino, entrarían en gloria y majestad al parlamento colombiano y estarían a un paso de suceder la segunda presidencia de Santos con un comandante fariano instalado en el poder. ¿Timoleón Jiménez, alias Timochenko en el Palacio Nariño? ¿Por qué no, si un soldado venezolano golpista, castrista hasta los huesos, comunista por carambola y tan delincuencial como Marulanda o Raúl Reyes gobernó en nuestro país hasta ser consumido por un rabdomiosarcoma? ¿Y su sombra aún gobierna?

Que la aventura del asalto al poder colombiano por el castrocomunismo iba viento en popa lo demuestra una rápida visión de los datos aportados por la encuestadora Gallup, puesta al servicio del imperio mediático santista.  Todas sus encuestas revelaban una aplastante e irrefrenable victoria de Juan Manuel Santos. Los resultados de los datos de Gallup voceados con bombos y platillos por los medios impresos filo santistas decían que en noviembre Santos superaba a Zuluaga por 13,4%; en diciembre por 22,4%; en febrero por 23,9%, en marzo por 16,% y en abril, por 11,5%. En previsión de una segunda vuelta que enfrentara a ambos contendores, Santos le ganaría a Zuluaga en diciembre por una diferencia de 43,6 puntos. En febrero, por 25,7%. Y en marzo abril por 18,5 y 11,6 puntos, respectivamente. Pero algo se dejaba colar con visos de pronóstico reservado: aún Gallup debía reconocer que en un trimestre la diferencia se había reducido de 43,6% a 11,6%. Algo olía a podrido en Dinamarca.

¿Mentían las encuestas, como suele el ser el caso según lo sabemos de la brutal e incontrolada manipulación de las encuestadoras venezolanas, con contadísimas y muy notables excepciones, o la opinión pública colombiana fue tomando conciencia de la grave amenaza que se cernía sobre su futuro si corría tras el engalanado flautista de Nariño? Es un caso que deberá ser estudiado, pues reitera la grave distorsión que ha acompañado las predicciones numerológicas de las encuestadoras colombianas. Ayer dando por ganador a Mokus, hoy a Santos.

Pero más importante es atender al asombroso despertar de la conciencia democrática colombiana que, tras los reiterados, valientes y lúcidos llamados de alerta del único gran político colombiano de las últimas décadas, Álvaro Uribe, comprendió la dimensión de la apuesta en juego: respaldar la traición a la institucionalidad democrática colombiana y lanzarse a la aventura que le ha costado, a sus vecinos, nosotros, los venezolanos, más de 250.000 asesinatos, la dilapidación de tres trillones de dólares, la devastación de nuestra otrora boyante infraestructura material y productiva y una guerra civil solapada que amenaza con la pérdida irreparable de dos siglos de República.

Puede que, incluso, la insurgencia que vive nuestro país, al saldo de 43 estudiantes asesinados y el brutal despliegue de una dictadura cruel e inhumana, haya servido de espejo anticipatorio de lo que podría esperarle a Colombia si no es capaz de sacudirse la traición que alienta Juan Manuel Santos en su descarnada y estúpida ambición de poder.

La concluyente victoria de Óscar Iván Zuluaga y la alta votación obtenida por quienes podrían sumarse a la campaña del Centro Democrático colombiano, auguran una victoria concluyente para el 15 de junio. Si así fuera, Colombia, a la cabeza de América Latina, habría dado un gigantesco paso hacia la libertad. El castrocomunismo habría recibido un golpe que, acompañado por el previsible desalojo de la satrapía venezolana en el curso de este año crucial y definitorio, abriría las puertas hacia una nueva y esperanzada América Latina.