• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Coincidencias

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Hablemos, otra vez, de malandros. De nuestras investigaciones –Centro de Investigaciones Populares– se deduce que la motivación principal que impulsa a nuestros malandros a ejercer su violencia no es ni la codicia ni el resentimiento social, ni salir de la pobreza, sino la búsqueda obsesiva de respeto. El adolescente Héctor descubre en vivo el respeto del que disfrutan los delincuentes violentos en su propio ambiente. Ellos someten a todos y nadie los somete. “A los malandros los respetaban”, dice. Y añade para explicar su iniciación al crimen: “To empezó porque me sometían. Me dieron una cachetá y le pegué cuatro tiros al chamo. Empecé a cometer bastantes homicidios”. Así recibe respeto pero a nadie respeta; no tiene nadie por encima a quien respetar.

“Tenía el poder”, dice Alfredo en la cumbre del respeto antes de que lo apuñalaran a la puerta de su casa. Ahí desemboca el respeto: en el poder. El respeto-poder es estar arriba, sobre todos. Se conquista y mantiene con la violencia porque “si alguno se equivoca, lo mato”, que diría José. Alguien estará esperando que él se equivoque para matarlo. Con violencia hay muerte y poder; sin violencia no hay poder sino muerte. El poder se convierte así en impotencia, la impotencia para hacer otra cosa. El poderoso está atrapado en su poder.

El sometimiento –¿respeto-poder? – es esencial a toda revolución. La revolución se define como la supresión de una sociedad vieja que muere para que nazca y crezca la nueva. Los verbos que significan la acción supresora son: eliminar, pulverizar, aniquilar. Verbos de acción violenta, presente y precisa, pues hay que tomarlos en sentido estricto, mientras que para lo nuevo se reservan términos vagos, imprecisables, como felicidad, y verbos de bien siempre conjugados en tiempo futuro, un futuro que nunca llega como ya nos ha enseñado la historia. La marcha de la revolución se expresa en términos de batalla y guerra en las que los vencidos –los que se equivocan, diría José— deben “pudrirse en la cárcel”. Hoy no se los mata; se los echa al pudridero. “El que se meta con… lo jodo”, dijo el general. No invento, sólo reproduzco y expongo a la luz.

¿Qué hay de extraño en que entre una violencia y otra haya coincidencia?

Al negro Ivancito ya lo mataron. Tenía una escuela de chamos a los que enseñaba a secuestrar. Apareció varias veces en público muy bien conectado con las más altas personalidades de la revolución a las que entregaba sus proyectos sociales de recuperación de delincuentes por los que era muy felicitado y puesto como ejemplo. Para ellos obtenía jugosa financiación. No hay delincuentes recuperados y sí niños bien entrenados. ¿Ingenuidad? ¿Apoyo gubernamental al delito o sólo coincidencias circunstanciales?

Los casos se pueden multiplicar y todo el mundo sabe que se multiplican. Proyectos millonarios asignados a delincuentes sobre los que no se investiga ni su conducta anterior ni la actual, pranes bien conocidos que se lucran de influyentes contactos, malandros que exhiben identificaciones policiales y las usan para el crimen. ¿Seguirán guapos y apoyados? Es lo esperable.

No, no se pueden documentar. Es la palabra de uno mismo. Por mucho tiempo intuí coincidencias y connivencias. Ahora las sé. No preguntemos más por la efectividad de planes de seguridad y añagazas por el estilo. No la habrá. No pidamos transparencia. No la habrá. No esperemos disminución de la delincuencia. No la habrá. Probablemente aparecerán índices, tasas, números absolutos y relativos con mejoras. No serán reales ni verdaderos.

El poder oficial no se ve interesado en someter al poder malandro; sólo a los ciudadanos pacíficos.