• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Mayobre

Cocuy sour

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¿Hay arroz en las tiendas de alimentos? Cuéntame del atún. ¿Es cierto que se puede comprar todos los días? ¿Existe mantequilla en las mesas de los restaurantes? ¿Son las lentejas un asunto de pudientes? (…) ¿Hay manzanas y ansiolíticos? ¿Hay presentimientos?

Leonardo Padrón, “Todo en prosa”, El Nacional. Domingo 3 de julio de 2016.

 


 

–Ya que no se puede comer ni comprar remedios, vamos a emborracharnos -me dice un amigo con el ánimo bajo.

–No es tan fácil –respondo.

–¿Cómo es eso?

–Antes, uno iba al bar o a la licorería, pedía su tequila y lloraba sus penas, ahora ya no está a nuestro alcance.

–Todavía hay bares y expendios.

–Son demasiado caros.

–Explícate.

–En el siglo pasado el Whisky llegó a considerarse la bebida nacional venezolana. El país era el primer importador mundial per cápita de ese licor. En lugar de tequila pedíamos “Juan el caminador” y emprendíamos la ruta de la alegría o del despecho. Pero ahora el whisky se ha ido por las nubes y resulta imposible pedir, aunque sea un solo trago. Significaría dejar sin comer a nuestros hijos.

–Pero existe el ron –me contesta el amigo– bebida nacional de larga tradición, cultivada por corsos y alemanes, aun no sometida al alza escandalosa del dólar.

–Los buenos son igual de costosos y los otros solamente pueden ser tolerados por jugadores de rugby capaces de soportar todo tormento. Estos últimos a mí me han creado todo tipo de problemas neurológicos.

–El problema –insiste mi amigo– es que necesito emborracharme. Como dice un tango, para que “termine la función, corriéndole un telón al corazón”.

–Para eso necesitas dos cosas, digo sensatamente: encontrar el licor y tener el dinero para comprarlo.

Mi amigo indica que ese no es un problema. Siempre hay alternativas. El vino ya resulta inalcanzable. Pero quizás los licores suaves europeos como el Campari, el Cynar y el Sambuca, esos que eran la ñapa en los restaurantes de la cuarta república, pudieran ayudar al escapismo.

Una rápida visita a las tiendas, sin embargo, nos muestra que estos “licores suaves” también están más allá de los presupuestos de la mayoría de los venezolanos. Cada uno cuesta al menos un salario mínimo la botella.

En vista de lo cual mi amigo, quien tiene ganas de beber y despecharse, se pregunta qué vamos a tomar ya que el whisky y el ron están fuera de nuestro alcance. Recurro entonces al consejo de otro amigo de larga y sólida tradición alcohólica, quien me dijo que el licor de Cocuy era la solución.

Según él, un trago de licor de Cocuy mezclado con agua de papelón solucionaba el problema de la falta de Whisky, vino y ron de calidad. Seguí el consejo. Pero debido a que entre otros problemas tampoco se consigue papelón busqué vías alternativas.

Una de ellas era la de aplicar mi experiencia internacional al problema. En Chile y el Perú habían logrado que un licor fuerte fuera aceptado prácticamente como una bebida nacional. El Pisco, fermento del hollejo de la uva, logró hacerse un licor respetable. En Estados Unidos el Whisky sour, cocktail de whisky con limón y algo de azúcar era muy popular. La margarita, a base de tequila, es casi lo mismo y ha adquirido popularidad universal. Con la diferencia de que en vez de aderezarla con azúcar (inconseguible) se le añade algo de sal.

De esta manera se me ocurrió que si se mezclaba el licor de Cocuy con los otros ingredientes que constituían el Whisky sour, el Pisco sour o la Margarita se podía llegar a una bebida nacional accesible que permitiera alejar las penas sin atormentar al bolsillo. Hicimos la prueba, con éxito, pero nos atormentó el estómago.