• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Claudio y Nicolás

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La pasada semana, Nicolás  Maduro –cuyo oficio pareciera ser el de aparentar que ejerce el poder y, de allí, tanta inanidad en sus alocuciones al país– anunció, como la gran cosa, que la estación que suplantó a RCTV se propone realizar y transmitir telenovelas socialistas, es decir, producir panfletos para  la “caja tonta” a fin de catequizar a un espectador que, afortunadamente, debe estar curado en salud a la luz de experiencias como el grotesco Caracazo de Chalbaud o la obligada exhibición de las dificultades con que Lamata magnificó su Bolívar de cartón, tan aburridas que –según se supo por boca del presidente  del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC)– un joven de apellido Ramos, vinculado a la Villa del Cine, se quedó dormido durante su proyección y fue sancionado “por irrespetar la memoria del Libertador”. Y es que lo que está a la vista no necesita anteojos: esta revolución no ha propiciado el surgimiento de manifestaciones artísticas trascendentes como lo hicieran, por ejemplo, la bolchevique con el constructivismo y el futurismo, o la cubana donde volaron muy alto la imaginación y creatividad de arquitectos, poetas y cineastas hasta que Fidel mandó a parar y les cortó las alas.

La amenaza madurista de producir espectáculos para resolver en la ficción lo que no puede solucionar en la realidad, cuyos cánones estéticos lo determinarán el gusto y preferencias de insensibles o ignaros comisarios políticos, para quienes las formas importan solo como empaque ornamental de contendidos doctrinarios, nos hizo recordar que, en 1976, para celebrar los 50 años de la cédula real que consagraba su total autonomía y absoluta independencia de controles políticos o comerciales, la British Broadcasting Corporation, mejor conocida por sus siglas BBC, encargó a Jack Pullman, guionista, y Herbert Wise, director, una miniserie reputada como “el mejor producto televisivo del siglo XX”, Yo, Claudio, basada en la novela homónima de Robert Graves y su secuela, Claudio, el Dios, y su esposa Mesalina.

Ese memorable regalo que la televisión británica le hizo a la teleaudiencia mundial difiere mucho de la píldora patriotera que, con el nombre de Guerreros y centauros, nos quieren hacer tragar los bolivarianos rojos por TVES; pero, como hay circunstancias en la obra de Graves versionada por Pullman que, en cierto modo, se asemejan, no al culebrón anunciado, sino a las que rodearon la repentina y desafortunada ascensión del señor Maduro, quisimos volver a ver sus 13 episodios.

Lo primero que sorprende de la serie es que no ha envejecido; hay en ella, sí, una cierta teatralidad que se entiende porque la misma fue totalmente rodada en estudio –no abundan, por eso, los planos generales– y, más importante, por la participación de un equipo actoral formado en el teatro shakespeariano; pero esto es anecdótica digresión, lo sustancial es la historia que allí se cuenta.

Considerado tonto por la mayoría de sus parientes y buena parte de sus conciudadanos, Tiberio Claudio César Augusto Germánico, o Claudio a secas, o Claudio el idiota era, tras la muerte de su sobrino, Calígula, el único adulto sobreviviente de su familia; esto, sumado a su cojera, tartamudez e inexperiencia, motivaron a la guardia pretoriana a proclamarlo emperador, pensando que sería una marioneta fácil de manipular, igual que conjeturaron los pretores cubanos y criollos cuando sugirieron a Chávez que  ungiera a Nicolás como su sucesor. Hasta aquí las analogías.

Claudio, hombre discreto, fue un brillante estratega militar, un intelectual que conocía a fondo la historia de Roma, un buen gobernante que supo manejarse en un nido de alevosas serpientes donde la zancadillas acechaban en cada rincón y, sin embargo, logró erigirse como el hombre más poderoso del mundo conocido durante 13 largos años, hasta su muerte presumiblemente envenenado; Maduro no merece ser calificado de estadista y su reprensible tendencia a opinar de lo que no sabe, creyendo que el solo hecho de gobernar le otorga carta blanca para dictar cátedra sobre lo que ignora, lo compele a decir disparates como que “el fascismo intenta, desde la colonia, convertir al pueblo venezolano en una sociedad racista” y otras barbaridades de igual calado que evidencian el profundo desconocimiento que de nuestra historia tiene este sujeto. No se ha enterado de que los indios caribes, pobladores de esta Tierra de Gracia, al grito de “Ana karina rote”, pregonaban que solo ellos eran gente.

Claudio era paranoico y con razón: su abuela Livia se había cargado a un gentío para que su hijo Tiberio (tío del minusválido), sucediese a Octavio y terminase de enterrar la república; Nicolás teme y lo disimula inventando conspiraciones para burlarse de los supuestos conjurados; Brecht, ñángara como él, dijo algo que ni pintado: “Reía porque sus enemigos no podían alcanzarlo, ignoraba que ejercitaban para errar el tiro”.

 rfuentesx@gmail.com