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Carlos Paolillo

Clásicos en el nuevo mundo

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El ballet clásico se reedita de continuo venerando la tradición y anunciando su vigencia. Se trata de un arte escénico que sorprende por su brillantez y perfección escénicas al igual que por las bajas pasiones suscitadas a su alrededor que, como en todos los ámbitos, emergen eventualmente mostrando el lado oscuro del fasto. Tal contradicción ha cautivado a amplios públicos y ha atraído la atención de escritores, pintores y cineastas.

El ballet, nacido en cuna de oro, en su evolución llegó a convertirse en un arte popular dentro de sistemas sociales y coyunturas culturales propicias para tal fin. Exalta el gesto sofisticado, surgido, por paradoja, de la observación recreadora de la sabia naturaleza. Se identifica con su origen europeo, aunque llegó  a penetrar con fuerza en otros contextos lejanos, algunos tenidos como primitivos, por ejemplo América Latina, reimpulsándose con fuerza y sentido de pertenencia.

El ballet encontró un terreno apropiado para su afianzamiento en Cuba, Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, México y Venezuela, países a los que a partir del siglo XIX llegaron bailarines, maestros y conjuntos extranjeros, algunos descollantes dentro del panorama europeo del ballet clásico. México, incluso, registra en su historia cultural una destacable actividad nacional alrededor de la danza clásica durante la época colonial.

La primera mitad del siglo XX fue pródiga en presencia del ballet internacional y sus hacedores en los territorios del llamado nuevo mundo. Los conflictos bélicos mundiales trajeron hasta estas tierras a creadores improbables, convirtiéndose en precursores de un movimiento artístico llamado a tener repercusión notable.

Cuba logró desarrollar la más reciente escuela de la especialidad con reconocimiento e influencia en el mundo. Las características de su perfil artístico, junto con una metodología de enseñanza de logros nunca pensados, han determinado su proyección e influencia.

Los países del Cono Sur, a su vez, poseen una tradición de danza clásica de larga data. En ellos se formaron los más antiguos conjuntos y compañías del continente: el Ballet del Teatro Colón de Buenos Aires, el Ballet del Sodre de Montevideo y el Ballet del Teatro Municipal de Río de Janeiro.

Argentina constituye un centro fundamental de desarrollo del ballet académico, que cuenta con una sólida tradición, además del aporte de un neoclásico de profundo espíritu porteño. El ballet en Uruguay vive en la actualidad un singular momento de vitalidad que se ha traducido en un audaz relanzamiento de su histórica agrupación.

Brasil registra presencia de la danza clásica desde la mitad de la centuria del XIX y logró desarrollar un movimiento alrededor del Teatro Municipal de Río de Janeiro de repercusiones internacionales. El ballet en Chile, por su parte, es consecuencia directa de la influencia ejercida en ese país por la danza expresionista alemana. Lo académico país tiene en el Ballet de Santiago su espacio de cultivo más destacable.

El ballet venezolano ha poseído vocación de modernidad, no obstante los basamentos académicos sobre los que se estableció. De allí que su aporte fundamental haya sido  dentro de la expresión neoclásica, con un señalado énfasis en la contemporánea. Vicente Nebreda se erigió como el representante cimero de este movimiento, con características aún hegemónicas. No fue un creador que pregonara un nacionalismo a ultranza, pero tuvo arraigos con su país al que legó su patrimonio creativo.

Hoy la realidad es diferente. Los momentos actuales del ballet en Venezuela, tristes y deficitarios, mantienen a sus hacedores entre el vilo y el desánimo.