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A tres manos por Alex Fergusson

Civilización o barbarie (I)

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La humanidad se debate hoy ante el dilema: ¡civilización o barbarie!

Por un lado, pesa sobre nosotros la barbarie que procede de las edades históricas que nos han aportado la guerra, la esclavitud, la desigualdad y la discriminación, la injusticia social, la explotación del hombre y el fanatismo político o religioso. Por otro lado, nos acosan las realidades de nuestra cultura tecno-económica e industrial, que solo conoce el cálculo de la rentabilidad y desconoce a las personas y a la comunidad de la vida que conforma el planeta, con su legado: las guerras asimétricas y no convencionales, la amenaza de la destrucción nuclear, el tráfico de drogas y de personas, la destrucción de la trama de la vida por vía de las extinciones, el deterioro ambiental, la pobreza y la injusticia social extrema.

El siglo XXI nos revela, con toda claridad, la magnitud del impasse al que hemos llegado y nos advierte, a gritos, que no podemos seguir transitando el mismo camino ni en la misma dirección. El problema que se nos plantea es a la vez local, regional y global; fundamental y general, práctico y filosófico, y en definitiva: ético. ¿Seremos capaces de avanzar hacia el cambio (de paradigmas y modelos), o seguiremos caminando hacia la catástrofe (ambiental y socio-política-económica) que ya dejó de ser una amenaza retórica?

Mientras enfrentamos realidades terribles y peores amenazas, los pueblos del mundo comienzan a desarrollar un cierto sentido de comunidad que comparte un destino, y encuentra elementos, factores y criterios que lo fortalecen. Comenzamos a comprender que somos parte de algo más grande que nuestras individualidades, etnias, pueblos y naciones y que compartimos un destino común con el planeta (la madre tierra, la pachamama, la tierra-patria) y la comunidad de la vida que lo constituye.

La comunidad de destino no es una abstracción, pues hemos surgido de los mismos ancestros, compartimos el mismo planeta y la misma vida; somos una unidad hologramática en la que cada individuo, pueblo o nación reproduce la esencia de todos los pueblos y naciones, es decir de la humanidad.

El tiempo de banderas que recorre el mundo nos invita a la recuperación de la fraternidad y la solidaridad, a la ampliación y consolidación de nuestra conciencia histórica y política, al despertar de todas las potencialidades que la condición humana nos ofrece, a la conciencia de una identidad original y colectiva compartida. También alienta la esperanza de que la naturaleza y magnitud de la fuerza de los cambios que se han puesto en marcha en casi todas partes presagie una transformación sin precedentes en los ámbitos técnicos, biológicos, sociales, económicos y políticos.

Estamos, pues, en los umbrales de un nuevo modelo civilizatorio, incierto pero posible, en que la humanidad se re-encuentre consigo misma y con el planeta-naturaleza que le da soporte.

En tal sentido, asumir una ética planetaria, pasa por:

-Asumir nuestra condición ambigua (dialógica) inherente egocéntrica/altruista.

-Asumir la inseparabilidad entre pasión/razón; es decir, salvaguardar la capacidad racional en el ardor de la pasión y la emoción e instalar la pasión en el corazón de la racionalidad. Esto es, integrar dialógicamente razón e intuición, para construir una razón sensible.

-Civilizar la relación interior entre nuestras ideas rectoras (paradigmas, creencias y referentes), desarrollando la sabiduría para comprender la verdadera naturaleza de las cosas.

-Sobreponernos a la condición prosaica del mundo en que vivimos, incorporando el amor y la poética.

-Reconocer en el otro, al mismo tiempo, la diferencia de la diversidad y la identidad en la diversidad.

-Mantener la conciencia que nos permita autocriticarnos, entre-criticarnos y entre-comprendernos.

-Mantener la conciencia de la relación entre la ética de lo universal y la ética de lo singular, de manera que la primera sea capaz de reconocer y respetar, en cada ser humano, la identidad y la diferencia.