• Caracas (Venezuela)

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Carlos Delgado Flores

Civil

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Hay que ser optimistas, porque siempre se puede estar peor.

El lector compartirá el asombro de este escribidor por el vaivén que esta semana ha tenido la vida civil y militar de la república. El ministro de Relaciones Interiores –militar y prócer revolucionario– es destituido luego de que el lumpen organizado en forma de colectivos exigiera su renuncia; en su sustitución va la anterior ministra de la Defensa, y en remplazo de esta va el jefe del Comando Estratégico Operacional, que ahora pasa al nuevo despacho sin abandonar el anterior, acumulando cargos como casas y hoteles en el monopolio. Cuando se lea esta nota estará cumpliéndose el plazo del ultimátum que el colectivo 5 de Marzo le hiciera al militar y primer tribuno de esta nación, exigiendo su abandono del gobierno… en noche de Halloween. (¡Susto!) Un diputado, antiguo policía –también prócer del alzamiento original– pasa ahora a reorganizar los cuerpos de seguridad ciudadana, no es amigo del insigne tribuno, ni del supremo conductor de los destinos del país, pero prócer al fin, heredero de los esfuerzos de los héroes de nuestras mitologías patrias, es capaz de sacrificarse en nombre de la revolución y compartir el mismo aire acondicionado de las oficinas, incluso, moderar sus opiniones, ahora que el gobierno ha hecho acompañar los movimientos en el tablero (y pensar que lo que se esperaba eran anuncios para la banca) con un aumento salarial de 45% a todo el estamento militar, con lo cual logra que se acumule un heroico 505% acumulado desde 1999.

En paralelo y para que no quede duda aquello de que “en democracia somos iguales”, pero en esta “hay unos que son más iguales que otros”, se estima que para el presupuesto 2015 la reducción presupuestaria colocará a las universidades públicas en cierre técnico para julio, que un profesor titular a tiempo completo en una universidad autónoma a lo sumo gana 15.000 bolívares mensuales, 10 menos que el valor de la canasta normativa según el cálculo del Cendas; que si las universidades privadas no pueden implementar el aumento de la matrícula denunciado –o no autorizado– por el gobierno se verán mermadas en su capacidad de prestar el servicio… La buena noticia es que el gobierno finalmente reconoció –aunque no de manera expresa– la diáspora de profesionales, para lo cual anunció un programa de becas para que 50.000 estudiantes puedan hacer posgrados en el exterior, para formarse y regresar al país porque “no los estamos enviando para que terminen captados y trabajando para una transnacional mientras la patria invirtió en ellos. ¡No! Es para que vengan y entreguen su conocimiento y amor a Venezuela” (ponga aquí el lector su palabrota de rigor, pero sotto voce).

En síntesis: aumentos para los militares, becas para paliar la diáspora y cerco a las universidades. Más fuerza concentrada en menos manos y menos inteligencia que pueda crear alternativas.

Por otra parte, comienza a aparecer en estudios recientes de opinión pública, un cuerpo de señalamientos críticos hacia la actuación de la Fuerza Armada tanto en sus roles de gobierno, como en sus actuaciones durante los procesos electorales. El Estudio Percepciones ciudadanas del sistema electoral venezolano realizado por el Centro de Estudios Políticos de la UCAB presentado recientemente, advierte un deterioro general de las organizaciones involucradas en los procesos comiciales. ¿La desconfianza institucional? FANB, 53,4%; Cne, 56,2%; gobierno nacional, 60,1%; Asamblea Nacional, 62,6%. ¿Las actuaciones de la FANB? 60,4% considera que en la Fuerza Armada hay proselitismo político; incluso 72,3% considera que favorecen al gobierno. La buena noticia: que pese a estas valoraciones, 69,8% considera que mediante el voto es posible producir los cambios.

Es de señalar que tal nivel de crítica a los militares en un país crecido en el personalismo político, bien por la impronta populista o bien por el pesimismo antropológico de los positivistas, que al afiliarse a la idea de que este pueblo no tiene capacidad de darse su propio gobierno ha pervivido en la base del pensamiento de burócratas y tecnócratas (sean militantes o militares, por un momento asumamos que da igual); esta crítica, supone un paso a favor de la civilidad, justo en el momento en que el gobierno va por las instituciones que la fomentan, dando una nueva vuelta de tuerca sobre la cultura con la designación en el despacho de cultura del anterior ministro para las comunas, o una nueva embestida contra la universidad por la vía de la asfixia financiera para provocar la intervención estadal.

Y, por supuesto, a estas alturas surgen las preguntas. ¿Por qué hemos dejado que el procerato castrense monopolice la noción de héroe? ¿Es que acaso este país no ha tenido héroes civiles? ¿Quién ha contribuido más a la causa de la libertad, de la igualdad y de la dignidad humana en el país, los militares o los civiles? ¿Quién ha liberado a más gente: una charretera sudorosa en un desfile o un profesor universitario en su aula de clases? ¿Tenemos acaso una república militar? ¿Y qué sentido tiene tener una si los militares no deliberan, solo ordenan o cumplen órdenes?

Como bien sabe el lector, las preguntas que este escribidor formula no suelen ser respondidas en el mismo texto. Sin embargo, en abono a la búsqueda de respuestas, este mismo escribidor es de la idea de que ese pesimismo antropológico –contra el cual surgió el proyecto de la modernización nacional– nos puede llevar a preferir al césar democrático antes que a la comunidad que discute y se pone de acuerdo, no solo en el alto gobierno: en las organizaciones y quizás incluso en los hogares. Pero la solución política no puede plantearse entre elegir un césar grande con quien negociar, en vez de muchos pequeños que compitan por parcelas, porque eso sí significaría, en cualquiera de los casos, para nuestras organizaciones políticas –desde las más antiguas hasta las más jóvenes– desandar la historia. Y esas sí serían muy malas noticias.

 

@cardelf