• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Francisco Suniaga

Ciudadanos contra caudillos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En la medida en que los pobladores de un territorio alcanzan cotas superiores de educación, incorporan en términos conductuales la condición de ciudadanos. Este estadio personal y colectivo lleva a valorizar la existencia y la convivencia de manera  cónsona con los estándares que progresivamente alcanza la humanidad. El silogismo es sencillo: a más educación, más ciudadanía y, con esto último, mayor desarrollo y calidad de vida.

Sobre esa evolución del simple habitante a ciudadano se ha construido la institucionalidad democrática, base fundamental del desarrollo de las sociedades más adelantadas del mundo moderno. Pero así como existe esta nítida identidad entre ciudadanía y democracia, existe una contradicción absoluta entre ciudadanía y autoritarismo, en particular, el ejercido por un caudillo rural.

Juan Vicente Gómez, caudillo sin carisma pero caudillo al fin y al cabo, entendió que la educación de la población, y su tránsito a la ciudadanía, era el peor enemigo de su régimen. Cuando terminó su larga dictadura de veintisiete años, las estadísticas demostraban cuán claro tuvo esa idea y cuán eficaz fue en ponerla en práctica: Venezuela en 1935, tenía menos escuelas y menos maestros, en términos absolutos, que en 1870, cuando Guzmán Blanco ascendía al poder.

La precaria Venezuela de los ciudadanos de aquel entonces, no obstante el peligro que ello significaba, enfrentó de manera sostenida esa concepción tan atrasada y primitiva de la sociedad. Los encierros y exilios de los universitarios, lejos de amilanarlos, forjaron una generación brillante que abriría para el resto del país, los menos educados, los menos ciudadanos, los hermosos espacios de la libertad.

Desde sus primeros días, la historia de Venezuela ha sido eso: una larga guerra entre quienes entienden la necesidad de la civilización –y por tanto de educar y desarrollar ciudadanos– y quienes consistentemente la han negado. Entre quienes han propugnado que la vida nacional discurra por el cauce del Estado de Derecho y quienes se han empeñado en gobernar por encima de las leyes, con la voluntad propia como árbitro, con una visión paternalista premoderna del ejercicio del poder.

Gómez gobernó cobijado por el manto de Bolívar, como lo han hecho todos nuestros caudillos desde Guzmán, y fue fiel al lema de su régimen: Unión, paz y trabajo. Que para él significaba, ustedes trabajen que yo me encargo magnánimamente de darles el resto. Ay de quien pretendiera promover organizaciones sociales para participar de manera responsable en la conducción de su propio destino (como hacen los ciudadanos) o quien aspirara existir sin el paternalismo del taita.

En esta larga confrontación entre ciudadanos y bárbaros, si comenzáramos a sacar cuentas desde 1945, el avance de los primeros ha sido ostensible. Sin embargo, nunca ha sido constante el movimiento ni recto el camino. En ocasiones, como en el trienio de 1945-1948, se avanzó mucho en poco tiempo, pero entonces vinieron diez años de dictadura que obligaron a detener la marcha o, por lo menos, forzó su demora. Entre 1958 y 1998 se avanzó a buen ritmo, tan bueno que, erróneamente, se pensó que ya habíamos alcanzado estadios de civilidad irreversibles.

A partir de 1998, ante la insurgencia de un nuevo caudillo y el autoritarismo de su régimen, la marcha de los ciudadanos se ha visto entorpecida y, a ratos, obstruida desde el poder. Este régimen, apoyándose en un aparato de propaganda de proporciones y métodos cubano-soviéticos, ha sido particularmente activo en el ámbito de la educación.

Ya no se trata de formar ciudadanos sino “socialistas” al servicio de la particular idea que de eso tiene el régimen. Ofrece patria, pero no abre las posibilidades de participación de los venezolanos, en cuanto que ciudadanos, para construirla. De hecho, el término ciudadano ni siquiera está en el vocabulario oficial.

Al final, vano será esfuerzo porque, como ha sido la historia en todo el planeta, el movimiento por ser hombres y ciudadanos, que ha impulsado a la humanidad por siglos, volverá a tomar su cauce y su buen paso en este país.